ACONTECIMIENTOS PARA REFLEXIONAR
Comienza el llamado “mes de los
niños”. Y en Colombia lo empezamos con un acontecimiento bien fuerte que ha
despertado el sentimiento de toda la
Nación: Luís Santiago, un bebé de once meses ha sido
asesinado por su padre. Un hecho verdaderamente deplorable, que, gracias al
interés de los medios de comunicación, ha alcanzado una difusión verdaderamente
gigantesca, despertando la atención y el rechazo de todos.
Y es que este acto de barbarie
realmente nos ha conmovido como pocos hechos lo logran ya, hasta el punto que
ha merecido el desplazamiento de políticos de todos los niveles e ideologías.
Es un campanazo de alerta para una sociedad altamente descompuesta, para la
cual la vida no tiene ningún sentido, una sociedad en la que el precio de la
vida se regatea como si se tratase de cualquier mercancía. Ciertamente, la vida
no es vista como un don de Dios, como el más maravilloso de todos los dones.
Nos quedamos impávidos ante el comercio que con ella se hace ante nuestros ojos
y con nuestra anuencia. Y no son solo las transacciones que se realizan en las “ollas” de las
ciudades, en las cuales contratantes y sicarios, comerciantes de la muerte,
deciden quienes deben morir, por cuánto se realiza “la vuelta” y hasta quiénes
deben quedar implicados. Está el comercio de las clínicas clandestinas que
realizan abortos, asesinando a niños aún mas indefensos que Luís Santiago,
Doctores de la muerte que han prostituido su profesión para enriquecerse
mediante la aniquilación en lugar de propender por el mantenimiento y
conservación de la vida, políticos amorales que comercian con la opinión
pública y el voto, pescando incautos mediante proyectos de eutanasia y aborto.
Y, finalmente, millares de padres y madres que, igual que aquel desdichado
hombre al que tantos quieren aplicarle la pena de muerte, han matado a sus
hijos desde el vientre, lugar en el que nadie ha podido escuchar un quejido ni
un reclamo. De esta lista no se pueden quedar por fuera quienes han aconsejado
a alguna madre gestante que acabe con la vida de ese ser que ha comenzado a
formarse en su vientre. Son muchos los hombres y mujeres de nuestra sociedad
que han actuado como el padre de Santiago.
¿Seremos concientes de la
destrucción que hemos estado forjando a nuestro alrededor? La tristeza de este
caso se ve multiplicada en una espiral que se eleva hasta perderse en las
estadísticas frías que la misma prensa nos presenta. Son cientos de miles los
casos de niños que han perdido la vida por las manos de sus padres. Estamos absurdamente
inmersos en una sociedad asesina, en la que todos matamos, porque queremos
responder con la misma muerte, ya que la solución que se nos ocurre es “la pena
de muerte”.
Son necesarias, por el contrario,
acciones de vida, acciones que nos permitan recuperar el respeto por ese don
tan maravilloso, por ese regalo de Dios que no valoramos en su verdadera
dimensión, acciones que reafirmen los principios de respeto por la vida y por
las buenas costumbres. Porque toda actitud de muerte conlleva a multiplicar la
muerte.
El relato Bíblico de Caín matando
a su hermano Abel nos pone de frente con esta realidad, presente en la historia
de la humanidad desde los albores. Tenemos una inclinación por la muerte, por
acabar con el otro, por quedarnos en nosotros mismos. Porque parece más fácil
destruir que construir, parece más fácil ignorar que atender con solicitud, parece
más fácil rechazar que acoger. Dicen algunos exégetas que el asesinato de Abel
comenzó a gestarse desde su nacimiento, cuando su madre, Eva, le borró. De Caín
había dicho: "He
procreado un varón, con la ayuda del Señor" (Gen 4, 1). De Abel no dijo
nada, estaba colmada con su primogénito, así que lo ignoró. Es bien
significativo que en este relato quede expresada la psicología del ser humano:
borramos a quien no nos interesa o nos estorba. Continuamente estamos
desapareciendo al que no actúa como a nosotros nos parece que debería ser. Así,
en un mismo día, con nuestro desprecio matamos a nuestra madre, a nuestro
padre, a nuestros hermanos, a nuestro conyugue, a nuestros hijos. Con el
desprecio eliminamos a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Es un
proceso continuo de muerte. Porque nosotros también morimos momento a momento.
Nuestras células caen a montones. La muerte es la realidad que siempre está
presente, y nosotros parecemos estar dispuestos a acelerarla siempre.
Pero Cristo vino a poner por
delante la Vida:
quien crea en Él, manarán de su interior ríos de agua viva (Cf. Jn 7, 38). Porque
Cristo es la Vida.
Él mismo ha dicho:
«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues
yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín;
y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. » (Mt 5, 21s)
Así, pues, estamos llamados a tener actitudes de vida,
incluso a morir por la vida, como lo hizo Jesús, colgado de aquel madero, para
que, siendo Él el único justo por sus méritos, todos nosotros, muertos por el
pecado, alcanzáramos la vida por la misericordia de Dios. Actitudes de vida que
son actitudes de perdón, de respeto, de justicia según la voluntad de Dios.
Es hora de despertar, de estar atentos a la realidad, de
despabilarnos para discernir los acontecimientos y ponernos al servicio de la
vida. La vida, que antes que un derecho nuestro es un regalo de Dios.
Héctor E. Roldán
01-Octubre-2008
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