LA COHERENCIA EN EL CATÓLICO
¿Qué podemos pensar de un líder
que está dispuesto a sacrificar sus creencias por sus intereses personales?
Ha creído en la
inmaculada concepción de la Virgen María.
Ha creído en la infalibilidad
del Papa.
Ha creído en la
transustanciación del pan y Del vino en la Eucaristía que tantas veces celebró
como ministro de este sacramento.
Ha creído en la asunción de la
Virgen.
Y
ahora, después de escandalizar con su comportamiento, renuncia a todo ello y a
la belleza de su ministerio, y busca ser ministro de una iglesia (la
episcopaliana), no por que no crea en estos dogmas que ellos no comparten, sino
por su propio interés: seguir ejerciendo un ministerio que en nuestra iglesia
no puede desempeñar hasta que no clarifique su situación personal.
Es
obvio que al aceptar ser miembro de la iglesia episcopaliana tiene que
renunciar a las creencias que profesó y enseño. ¿Será que de verdad Alberto
Cutié ha dejado de creer en las enseñanzas de la Iglesia Católica? ¿Será que ha
habido una conversión de principios a la iglesia episcopaliana? O simplemente,
como podemos intuir, renuncia a lo que cree por acomodarse en una comunidad en
la cual puede mantener la posibilidad de ejercer un ministerio al cual no es
capaz de renunciar. Porque renunciar a tener programas de televisión, a ser
líder de una comunidad, a sobresalir, a tener fama, es algo que ha estado por
encima de su vocación. En cambio ha renunciado a su Iglesia. Renuncia a
consagrar el pan y el vino, elevándolos a la condición de carne y sangre de
Cristo, para mantener la posibilidad de celebrar con un pan y un vino insulsos,
simplemente metafóricos de una última cena en la que Cristo no se dona.
¿No
fue acaso esta la actitud de Judas? Es bueno plantearse esto para no dejarnos
engañar. ¿Cuán grande será en este momento el sufrimiento de quien fuera su
Obispo? Recojo a continuación lo que ha expresado el Arzobispo de Miami, John
Favarola, y que ha sido consignado por ACIPRENSA:
"el
Padre Cutié se separa a sí mismo de la comunión de la Iglesia Católica Romana
al profesar fe y morales erróneas, y rehusar la sumisión al Santo Padre.
También se separa del ejercicio de las órdenes sagradas como sacerdote, deja de
tener las facultades de la Arquidiócesis de Miami para celebrar los
sacramentos, y tampoco puede predicar
o enseñar sobre la fe y la moral católicas. Sus acciones
pueden llevarle a ser separado del estado clerical".
Esto
significa, agregó, "que el Padre Cutié se destituye a sí mismo de la completa
comunión con la Iglesia Católica y, por lo tanto, pierde sus derechos como
clérigo. Los católicos romanos no pueden solicitarle los sacramentos al Padre
Cutié. Cualquier intento de su parte para administrar los sacramentos sería
ilícito. Cualquier misa que celebre sería válida, pero ilícita, pues no reúne
los requisitos para que un católico cumpla con su obligación. El Padre Cutié no puede oficiar matrimonios válidos de católicos
romanos en la Arquidiócesis de Miami, o en cualquier otro
lugar".
Asimismo,
explicó que "el Padre Cutié aún se encuentra obligado por su promesa de
vivir una vida célibe, la cual él
asumió con absoluta libertad en la ordenación. Sólo el Santo
Padre puede dispensarle de dicha obligación".
¿Estarás
dispuesto a tener como líder a un hombre que, nadando en medias aguas, renuncia
a lo que cree por acomodarse en el nicho que le conviene?
Pero
nuestro líder no es un hombre. Un hombre puede fallar. Nuestro líder es
Cristo.
No podemos poner nuestra confianza en los hombres, seres de carne y
hueso como
nosotros, que pecan como nosotros. Nuestra confianza plena debe estar
puesta en
el Señor. Seguiremos presenciando ministros que con su vida desdicen de
su
ministerio. Veremos aquellos que los medios de comunicación logran
publicar. Muchos
otros seguirán horadando la fe de la Iglesia con su comportamiento
aunque su pecado nunca salga a la luz. Igual, ese pecado oculto puede
hacer mucho más daño.
Todo nuestro pecado hace daño a la Iglesia. Porque el sacerdocio,
desafortunadamente muchas veces se convierte en un medio de vida, en
una forma
de alcanzar reconocimiento, remuneración, fama. Por Dios, ¿cómo puedo
evangelizar desde un púlpito si con mi vida anuncio a todas direcciones
que no
creo en lo que digo? Es importante que nos declaremos de una vez. Todos
los que
estamos en esta tarea de la evangelización necesitamos revisar nuestro
compromiso con la fe. Si realmente creo en lo que mi Santa Madre, la
Iglesia,
enseña, debo hacerlo primero un hecho en mi vida, porque la primera
evangelización
se hace con la vida. Las palabras sin hechos se las lleva el viento, en
el
mejor de los casos. Si como hombre caigo en las garras del demonio, si
me dejo
vencer por el pecado (de lo cual nadie está exento), debo afrontarlo
reconociéndome pecador, viviendo el dolor de haber caído, debo
confesarlo como
parte importante de mi arrepentimiento y debo tener el doble
propósito de
enmendarlo y de no volverlo a cometer. Reconocemos que Cristo es la
verdad,
entonces no podemos vivir en la mentira y el engaño (Cf. 1Jn 1, 6-10).
El
cuestionamiento más importante que nos deja toda esta historia es ¿Por qué pasa
esto? Le sucedió a un sacerdote, ¿me puede pasar a mí?
Es
indudable que la acción del demonio está encaminada a destruir la Iglesia.
Seguiremos presenciando estos embates, ya que estamos inmersos en una guerra
sin cuartel contra el maligno. A la segunda pregunta que acabo de plantear, la
respuesta es obvia: me puede pasar a mí, como le puede pasar a cualquiera. Es
sólo cuestión de abandonar las armas que la Iglesia nos ha dado (ayuno, oración
y limosna) para desfallecer.
Además
de estas armas que he mencionado, hay algo muy importante, algo que sostiene a
todo creyente en época de crisis espiritual, en aquellos desiertos de combate
abierto: los memoriales. Desfallecemos porque nos olvidamos de esos memoriales
que Dios ha impreso con letra indeleble en nuestro corazón. No puede haber
cristiano sin memoriales: no puedo creer en un Cristo que no ha pasado por mi
vida, que no ha dejado su huella. Porque la fe no es estrellarse contra el
vacío, la fe es reconocer que Dios tiene poder. Y este poder tiene que
manifestarse realmente en la vida. Si estoy llamado a ser testigo, algo tiene
que haber pasado. No puedo ser testigo de una letra muerta, que no transforma
mi vida; estoy llamado a ser testigo del poder de Dios en mi vida, de la
vivencia personal de la Pascua.
Cuando
me he sentido amado por el Papa, cuando he visto su entrega abnegada, su
renuncia a las comodidades de la vida, cuando sigo sus vidas (Pablo VI, Juan
Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, para nombrar sólo aquellos que Dios nos
ha regalado desde que tengo uso de razón) y encuentro que se extienden en
oración más allá de lo que las fuerzas del cuerpo permiten, cuando los he visto
entregar todas las energías de su juventud y seguir trabajando mas allá de lo
que la avanzada edad lo tolera, cuando he visto la dedicación y la sabiduría,
aún sobre las cosas del mundo, no puedo dudar de que en el Papa Dios ha
depositado una iluminación especial que le confiere infalibilidad en el manejo
de su grey.
Cuando
tengo presente que la virgen María ha actuado en mi vida, cuando he sido
testigo de que Dios le ha dado poder para ser intermediaria y para acogerme
amorosamente y revestirme con su pureza, no puedo renunciar a mi convicción de
que es inmaculada. Cuando he sido asunto por ella de la esfera del pecado a la
vivencia de una sexualidad en santidad, no puedo dudar de que ella fue asunta
al cielo y que por ese don que Dios le concedió, ha podido rescatarme de las garras
de la lujuria desenfrenada. Para renunciar a creer en estos dogmas tendría que
pasar por encima de estos memoriales que están gravados en mí ser.
Y
qué decir de la Eucaristía, ¿cómo pasar por sobre la transustanciación, el don
más maravilloso que Dios ha dejado a sus ministros, ese poder misterioso e
incomprensible de elevar el pan y el vino a la condición real de cuerpo y
sangre de Cristo?, ¿cómo negarlo cuando Cristo mismo ha dicho: “El que come
mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día”
(Jn 6, 54), sellando esta promesa con su propia vida? No puedo ser cristiano
pensando que todo lo que Jesús dijo fue una metáfora. Y todo esto lo respaldan
los memoriales que manifiestan que Jesús ha tenido poder en mi vida. Porque si
no hubiera actuado, no podría creer que tiene poder, estaría lleno de dudas y
posiblemente renegando de mi religión. ¿Cómo no dolerme de serle infiel al
Señor negando ser testigo de las maravillas que ha hecho en mi vida?
¡Claro
que le soy infiel! Soy un pecador, soy un hombre de carne y hueso. Pero me
duele serle infiel, me duele pecar, me duele maltratar a sus criaturas y
separarme de Él, y no reconocer su presencia. No borro mi pecado cambiando de
religión. Es cierto, peco. Todos los días peco, pero todos los días busco mi
conversión. Todos los días me encomiendo a la misericordia de Dios, porque sin
esa misericordia, sin su perdón, no puedo.
La
Iglesia está en medio de una persecución feroz: afuera de la Iglesia hay una
jauría que lanza mordizcos sobre cada una de las fallas que desde adentro se
cometen. Y desde adentro, una jauría de pecadores atentamos continuamente
contra su unidad. Pero hay una promesa inmensa: “las puertas de hades no
prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Hay que creer en las profecías
consignadas en las Sagradas Escrituras, el Señor habla de un pequeño rebaño
(Cf. Lc 12, 32), Así que no se trata de una gran masa, se trata de unos
elegidos que deben combatir contra los enemigos del cordero (Cf. Mt 24, 22-24;
Ap 17, 14). Estamos llamados a combatir contra el demonio y sus aliados.
Estamos llamados a deponer nuestros intereses particulares, a dar la vida como
Cristo la dio en la cruz, a renunciar a los deleites de la fama, de la
comodidad, del reconocimiento, al poder del dinero, en aras del testimoniar a
Cristo Resucitado.
HÉCTOR EMILIO ROLDÁN H.
MAYO 29 DE 2009
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