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Me
parece que tenemos dos reglas fundamentales, de las que usted ha
hablado. La primera regla nos la ha dado san Pablo en la primera carta
a los Tesalonicenses: ">no extingáis
los carismas. Si el Señor nos da
nuevos dones, debemos estar agradecidos, aunque a veces sean incómodos.
Y es algo hermoso que, sin iniciativa de la jerarquía, con una
iniciativa de la base, como se dice, pero también con una iniciativa
realmente de lo alto, es decir, como don del Espíritu Santo, nazcan
nuevas formas de vida en la Iglesia, como, por otra parte, han nacido
en todos los siglos.
En sus
comienzos fueron siempre incómodas: también san Francisco fue muy
incómodo, y para el Papa era muy difícil dar, finalmente, una forma
canónica a una realidad que era mucho más grande que los reglamentos
jurídicos. Para san Francisco era un grandísimo sacrificio dejarse
encastrar en este esqueleto jurídico, pero, al final, nació una
realidad que vive aún hoy y que vivirá en el futuro: da fuerza y nuevos
elementos a la vida de la Iglesia.
Sólo quiero
decir esto: en
todos los siglos han nacido movimientos. También san Benito,
inicialmente, era un Movimiento. Se insertan en la vida de la Iglesia
con sufrimiento, con dificultad. San Benito mismo debió corregir la
dirección inicial del monaquismo. Y así también en nuestro siglo el
Señor, el Espíritu Santo, nos ha dado nuevas iniciativas con nuevos
aspectos de la vida cristiana: vividos por personas humanas con sus
límites, crean también dificultades.
Así pues, la
primera regla: no
extinguir los carismas, estar agradecidos, aunque sean incómodos.
La segunda regla es esta:
la Iglesia es una; si los movimientos son realmente dones del Espíritu
Santo, se insertan y sirven a la Iglesia, y en el diálogo paciente entre
pastores y movimientos nace una forma fecunda, donde estos elementos
llegan a ser elementos edificantes para la Iglesia de hoy y de mañana...
Ahora, como
síntesis de las dos reglas fundamentales, diría: gratitud, paciencia y
aceptación incluso de los sufrimientos, que son inevitables. También en
un matrimonio existen siempre sufrimientos y tensiones. Y, sin embargo,
van adelante, y así madura el verdadero amor. Lo mismo sucede en la
comunidad de la Iglesia: juntos tengamos paciencia. También los
diversos niveles de la jerarquía —desde el párroco al obispo, hasta el
Sumo Pontífice— deben tener juntos un continuo intercambio de ideas,
deben promover el coloquio para encontrar juntos el camino mejor. Las
experiencias de los párrocos son fundamentales, pero también las
experiencias del obispo y, digamos, la perspectiva universal del Papa
tienen su lugar teológico y pastoral en la Iglesia.
En
consecuencia, por una parte, este conjunto de diversos niveles de la
jerarquía; por otra, la realidad vivida en las parroquias, con
paciencia y apertura, en obediencia al Señor, crean realmente la
vitalidad nueva de la Iglesia.
Estamos
agradecidos al Espíritu Santo por los dones que nos ha dado. Seamos
obedientes a la voz del Espíritu, pero seamos también claros al
integrar estos elementos en la vida: este criterio sirve, al fin, a la
Iglesia concreta, y así, con paciencia, con valentía y con generosidad
el Señor ciertamente nos guiará y nos ayudará.
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