011 - 24 de Octubre de 2008
Uno
de los grandes dilemas que
enfrenta el hombre es el de ser justo. Y es
que, por principio, nos
sentimos “justos”: siempre creemos que estamos del lado correcto. Es
por ello
que nos aferramos a nuestras posiciones, es por ello que no cedemos.
Así, dueños
de la verdad, en todo momento estamos emitiendo juicios sobre lo que
debería
ser y lo que no debería ser. Vivimos inmersos en un permanente
calificar de los
comportamientos, actitudes o acciones de quienes nos rodean. Nos
erigimos en
jueces de nuestro prójimo.
Perdidos
en el océano de nuestros
juicios hemos construido nuestra insatisfacción, porque aquel que no
actúa de
conformidad con mi criterio, ese tal, me causa molestia. Entonces,
desarrollo
aversión y rechazo. Como consecuencia de mis juicios, me siento
rechazado
porque interpreto que aquel que obra tal como considero que no debe
obrarse, lo
hace contra mí.
Creyéndome
“la medida de las
cosas”, el injusto es el otro, aquel que actúa afectando mis intereses.
Esa es
la justicia del hombre. De esa justicia no surge el perdón. ¿Cómo
podría
perdonar si mi juicio está fundamentado en la afrenta?
¿Cómo perdonar
al que
viola si ha causado tanto daño? ¿Cómo perdonar al que asesina si ha
cortado la
vida? ¿Cómo perdonar al que me ha golpeado si ello me ha causado dolor?
¿Cómo
perdonar al que me ha robado si me ha despojado de lo que en justicia
era mío?
Y así no hay cómo perdonar.
Otra
cosa es lo que nos propone
el Evangelio:
“Pedro se
acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar
las
ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No
te digo
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»” (Mt 18, 21-22)
Es
decir, siempre. Esto nos ubica la justicia divina bajo
otra dimensión.
Ya
que identificamos con tanta facilidad el pecado ajeno,
sigamos buscando en esta fuente. Por un lado tenemos los pecados que
juzgamos.
Por otro lado tenemos la Ley
de Moisés, dictada directamente por Dios en el Sinaí. Mediante este
paralelo
podemos intentar algún análisis comparativo.
¿Qué
pecado le aplica, dentro de la Ley divina al violador
que
tanto detestamos? Es fácil, su acción quebranta el sexto
mandamiento: “no
cometerás actos impuros” (Cf. Ex 20, 14; Mt 5, 27-28; Mt 19, 6; Ga 5,
19; Gn 19
1-24; Rm 1, 24-27).
Este
mandamiento incluye también como pecados: lujuria,
fornicación,
pornografía,
prostitución, violación, homosexualidad, adulterio, divorcio. Bajo la
ley de
Dios nos hacemos iguales al violador cada que cometemos una de estas
faltas, ya que todos estos actos están bajo el mismo desacato.
¿Qué
pecado le aplica al asesino? Resulta obvio, quebranta
el quinto mandamiento: “no matarás” (Cf. Ex 20, 13; Mt 5, 21-22).
Igualmente
mata quien aborta o induce al aborto, quien
aplica o conciente la eutanasia y quien comete o intenta el suicidio.
Pero, hay
más: no está en mejor posición quien escandaliza o se convierte en
tentador
(Cf. Mt 18, 6), y aún quien maltrata a su semejante (Cf. Mt 5, 20-22).
¿Y
qué del que ha robado? Cae en incumplimiento del
séptimo mandamiento: “no robarás” (Cf. Ex 20, 15; Dt 5, 19; Mt 19, 18).
Cuando
obramos fraudulentamente (engaño en la venta, en
los contratos o promesas, o sacamos provecho de la ignorancia o
necesidad
ajena), cuando pagamos mal los salarios, cuando pagamos por favores
injustos,
cuando nos apropiamos de un bien del Estado o de una empresa, cuando
hacemos mal
un trabajo, cuando falsificamos cheques, facturas o dinero, cuando
incurrimos
en gastos excesivos, cuando exponemos a juegos de azar los bienes
comunitarios,
cuando atentamos contra el respeto o la integridad de la creación,
entre otras
muchas actitudes, cuando alguna de estas cosas hacemos, nos hacemos
infractores
del séptimo mandamiento.
Con
este
rápido recorrido sobre tres de los mandamientos,
vemos cómo, ante Dios, estamos en igualdad de condiciones con aquellos
a
quienes señalamos porque consideramos atroces sus delitos. ¿Quén ha
hecho nimios los nuestros? Por nuestros juicios, vemos leve nuestro
pecado y grande la culpa ajena.
Dios,
por medio del apóstol Pablo nos dice:
¿No sabéis
acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis!
Ni los
impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los
ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y
tales fuisteis
algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido
santificados, habéis
sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de
nuestro
Dios. (1Co 6, 9-11).
¿Qué
esperanza nos quedaría si la justicia de Dios no
fuera la misericordia? La propuesta que Dios nos hace a través del
Evangelio es
sencilla: no cabe el juicio contra aquellos que hacen lo mismo que
hemos hecho
nosotros (Cf. Mt 18, 23-35). Porque, con toda seguridad, cada uno de
nosotros
ha infringido la totalidad de la Ley.
Entonces, arropados por la misericordia de Dios,
perdonar al
prójimo ya no es una obligación, es una necesidad imperiosa a través de
la cual
reconocemos nuestra aceptación del amor de Dios.
Héctor E. Roldán
24-Octubre-2008 |
010 - 01 de Octubre de 2008
ACONTECIMIENTOS PARA REFLEXIONAR
Comienza el llamado “mes de los
niños”. Y en Colombia lo empezamos con un acontecimiento bien fuerte que ha
despertado el sentimiento de toda la
Nación: Luís Santiago, un bebé de once meses ha sido
asesinado por su padre. Un hecho verdaderamente deplorable, que, gracias al
interés de los medios de comunicación, ha alcanzado una difusión verdaderamente
gigantesca, despertando la atención y el rechazo de todos.
Y es que este acto de barbarie
realmente nos ha conmovido como pocos hechos lo logran ya, hasta el punto que
ha merecido el desplazamiento de políticos de todos los niveles e ideologías.
Es un campanazo de alerta para una sociedad altamente descompuesta, para la
cual la vida no tiene ningún sentido, una sociedad en la que el precio de la
vida se regatea como si se tratase de cualquier mercancía. Ciertamente, la vida
no es vista como un don de Dios, como el más maravilloso de todos los dones.
Nos quedamos impávidos ante el comercio que con ella se hace ante nuestros ojos
y con nuestra anuencia. Y no son solo las transacciones que se realizan en las “ollas” de las
ciudades, en las cuales contratantes y sicarios, comerciantes de la muerte,
deciden quienes deben morir, por cuánto se realiza “la vuelta” y hasta quiénes
deben quedar implicados. Está el comercio de las clínicas clandestinas que
realizan abortos, asesinando a niños aún mas indefensos que Luís Santiago,
Doctores de la muerte que han prostituido su profesión para enriquecerse
mediante la aniquilación en lugar de propender por el mantenimiento y
conservación de la vida, políticos amorales que comercian con la opinión
pública y el voto, pescando incautos mediante proyectos de eutanasia y aborto.
Y, finalmente, millares de padres y madres que, igual que aquel desdichado
hombre al que tantos quieren aplicarle la pena de muerte, han matado a sus
hijos desde el vientre, lugar en el que nadie ha podido escuchar un quejido ni
un reclamo. De esta lista no se pueden quedar por fuera quienes han aconsejado
a alguna madre gestante que acabe con la vida de ese ser que ha comenzado a
formarse en su vientre. Son muchos los hombres y mujeres de nuestra sociedad
que han actuado como el padre de Santiago. ¿Seremos concientes de la
destrucción que hemos estado forjando a nuestro alrededor? La tristeza de este
caso se ve multiplicada en una espiral que se eleva hasta perderse en las
estadísticas frías que la misma prensa nos presenta. Son cientos de miles los
casos de niños que han perdido la vida por las manos de sus padres. Estamos absurdamente
inmersos en una sociedad asesina, en la que todos matamos, porque queremos
responder con la misma muerte, ya que la solución que se nos ocurre es “la pena
de muerte”.
Son necesarias, por el contrario,
acciones de vida, acciones que nos permitan recuperar el respeto por ese don
tan maravilloso, por ese regalo de Dios que no valoramos en su verdadera
dimensión, acciones que reafirmen los principios de respeto por la vida y por
las buenas costumbres. Porque toda actitud de muerte conlleva a multiplicar la
muerte.
El relato Bíblico de Caín matando
a su hermano Abel nos pone de frente con esta realidad, presente en la historia
de la humanidad desde los albores. Tenemos una inclinación por la muerte, por
acabar con el otro, por quedarnos en nosotros mismos. Porque parece más fácil
destruir que construir, parece más fácil ignorar que atender con solicitud, parece
más fácil rechazar que acoger. Dicen algunos exégetas que el asesinato de Abel
comenzó a gestarse desde su nacimiento, cuando su madre, Eva, le borró. De Caín
había dicho: "He
procreado un varón, con la ayuda del Señor" (Gen 4, 1). De Abel no dijo
nada, estaba colmada con su primogénito, así que lo ignoró. Es bien
significativo que en este relato quede expresada la psicología del ser humano:
borramos a quien no nos interesa o nos estorba. Continuamente estamos
desapareciendo al que no actúa como a nosotros nos parece que debería ser. Así,
en un mismo día, con nuestro desprecio matamos a nuestra madre, a nuestro
padre, a nuestros hermanos, a nuestro conyugue, a nuestros hijos. Con el
desprecio eliminamos a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Es un
proceso continuo de muerte. Porque nosotros también morimos momento a momento.
Nuestras células caen a montones. La muerte es la realidad que siempre está
presente, y nosotros parecemos estar dispuestos a acelerarla siempre.
Pero Cristo vino a poner por
delante la Vida:
quien crea en Él, manarán de su interior ríos de agua viva (Cf. Jn 7, 38). Porque
Cristo es la Vida.
Él mismo ha dicho:
«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues
yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín;
y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. » (Mt 5, 21s)
Así, pues, estamos llamados a tener actitudes de vida,
incluso a morir por la vida, como lo hizo Jesús, colgado de aquel madero, para
que, siendo Él el único justo por sus méritos, todos nosotros, muertos por el
pecado, alcanzáramos la vida por la misericordia de Dios. Actitudes de vida que
son actitudes de perdón, de respeto, de justicia según la voluntad de Dios.
Es hora de despertar, de estar atentos a la realidad, de
despabilarnos para discernir los acontecimientos y ponernos al servicio de la
vida. La vida, que antes que un derecho nuestro es un regalo de Dios.
Héctor E. Roldán
01-Octubre-2008
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009 - 05 de Julio de 2008
UNA IGLESIA EN MOVIMIENTO Dos
acontecimientos importantes para la Iglesia
en Colombia tuvieron efecto durante los días pasados.
El mes de junio cerró con el encuentro en Bogotá de los jóvenes del
Camino
Neocatecumenal (27 al 30 de junio). El soplo refrescante del Espíritu
Santo se sintió
con fuerza, no solo en esta ciudad, sino en todas aquellas
que vivieron el paso
de las caravanas de todas las diócesis del país que con cerca de ocho
mil
muchachos se desplazaron hasta la capital. En muchas poblaciones los
jóvenes
compartieron la experiencia de Dios en sus vidas marchando al encuentro
de
cientos de personas ansiosas por ser evangelizadas. Porque, más que con
citas,
Dios conquista los corazones con su presencia, con su acción. Y es
verdad:
miles de jóvenes compartieron su experiencia de la obra de Dios, de
cómo Dios
ha dado sentido a sus vidas, en un mundo paganizado, desbordado en la
idolatría
al sexo, al dinero, a los placeres. No de otra forma se explica que
estos jóvenes pierdan el miedo a
“hacer el oso”, marchando sin temores, danzando por
las calles, cantando
en las esquinas. Porque el Espíritu es quien arrebata para
que demos testimonio, es el Espíritu mismo quien vence nuestros temores
y nos
pone a gritar por las calles. Cada uno de estos jóvenes ha salido con
el temor
de enfrentar la evangelización. “¿Qué hablar si no soy capaz?” Y han
experimentado algo grandioso: Dios lo ha hecho por ellos. Han terminado
en
medio de una gran alegría, viendo verdaderamente cómo Dios transforma
los
corazones, viendo cómo Dios, a partir de la necedad de la predicación,
cambia
pueblos enteros, viendo cómo Dios mueve montañas y hace posible lo
imposible.
Pero
no se trató simplemente de un encuentro de jóvenes, ya que este fue,
realmente,
el acto final de toda una peregrinación que incluyó una etapa de
testimonio o
evangelización, vivencia de la eucaristía, peregrinación al Santuario
de Nuestra
Señora de Guadalupe y al Santuario de la Peña
en Bogotá, y el encuentro en el coliseo
cubierto de El Campín. En este último acto los jóvenes sintieron la
compañía y
el apoyo de sus pastores, los Obispos, quienes acudieron al coliseo y
manifestaron su alegría por esta vida que se manifiesta en la Iglesia.
El Cardenal Pedro
Rubiano, Al igual que los Obispos de muchas diócesis, hicieron un alto
en su
agitada actividad dentro de la Conferencia
Episcopal Colombiana, para compartir momentos de
gran
intensidad en la vivencia del evangelio. Como resultado de toda la
peregrinación se manifestaron más de quinientos jóvenes interesados en
la vida
sacerdotal y más de ochocientas niñas que sienten el llamado a la vida
contemplativa. Sabemos que no todos ellos acogerán estas vocaciones,
pero es
importante que
tantos jóvenes sientan que esta es una opción en sus vidas y
que, en alguna etapa, la sientan también como la opción más importante.
Es
importantísimo, porque comienza entonces una batalla por descubrir el
papel a
que están llamados y podrán entender más tarde, así elijan otra opción,
la
renuncia y el amor que hay en sus pastores, valorando lo que han hecho
por
dedicar su vida al servicio de la evangelización.
El
segundo acontecimiento que ya se ha soslayado es la realización de la LXXXV
Asamblea del Episcopado
Colombiano, desde el 29 de junio hasta el 5 de julio, convocada bajo el
tema
“La memoria histórica de la Conferencia
Episcopal de Colombia en la celebración de su
primer
centenario”
Dentro
de las muchas actividades desplegadas por la Conferencia,
se
realizó la entrega de 14 galardones de la condecoración Inter Mirífica.
Este
premio reconoce a instituciones o personas de los medios de
comunicación
social, que promuevan la auténtica y responsable libertad de expresión,
y los
valores de la persona humana. Tuportalcatolico.info tuvo la honrosa
invitación
para asistir a este evento, durante el cual se entregaron las
siguientes
distinciones:
Los ganadores en
2008 fueron:
MEDALLA INTER MIRÍFICA
Emisora Ecos de Pasto: por sus 65 años de servicio a la
evangelización
ESTATUILLA
Antonio José Caballero - RCN Radio 
Canal
Televida - Medellín
Universidad Católica del Norte - Santa Rosa de Osos
Oficina de Comunicaciones – Arquidiócesis de Barranquilla
Periódico Puente Boyacense – Arquidiócesis de Tunja
PERGAMINO
Marisol Ortega – Diario El Tiempo
Oficina de Comunicaciones – Diócesis de Quibdó
Salud Hernández – Columnista de El Tiempo
Andrés Gil – RCN Televisión
Emisora Armonías del Caquetá – Florencia
P. Carlos Novoa - Universidad Javeriana
Ernesto Ochoa - Periódico El Colombiano
Programa Voces del Secuestro - Caracol Radio
Tuportalcatolico.info
felicita a todos los galardonados y les anima a seguir realizando el
mejor
esfuerzo por hacer del trabajo una constante oportunidad de
evangelización.
REFLEXIÓN
Viendo
la actividad de los jóvenes, el trabajo y la oración de nuestros
Pastores, la
oración de toda una Iglesia que viva clama a Dios por la liberación de
los
secuestrados, escuchando cómo quienes han sido liberados han encontrado
en Dios su fortaleza y
le han clamado con oraciones y Rosarios a la Virgen desde el
corazón de la selva, es como
entendemos por qué se han comenzado a ver los resultados después de
tantos años
de abandono y olvido. Durante mucho tiempo hemos oído a las madres
implorar a
los guerrilleros, apelando al “buen corazón”, sin ningún otro resultado
que la
sevicia, la impiedad y la tortura. Cuando el corazón del hombre está
cerrado,
sus frutos son destrucción y muerte. Sólo cuando hemos vuelto nuestro
clamor a
Dios, hemos obtenido respuestas. Porque sólo Dios puede realizar los
imposibles.
Dirijamos nuestro clamor a Dios, imploremos su misericordia, invoquemos
su amor
y su perdón. Sólo Él lo puede hacer. No invoquemos ni roguemos a los
hombres,
ya que nada pueden dar. Esa triste experiencia de las madres implorando
a los
guerrilleros una clemencia que no pueden dar porque simplemente no la
tienen en
su corazón, cambiémosla por implorar a quien sí escucha, a Dios. Hace
muchos
años unos pocos sacerdotes (el cura Pérez, el padre Camilo Torres y
quizás
otros), despreciaron a Dios y su misión y tomaron las armas. Ellos
confiaron en
el corazón de los hombres, de aquellos que les siguieron y que ahora
hacen
parte del comando de la guerrilla. Dios ha permitido que vivamos el
resultado
de esta elección equivocada por muchos años. Démonos la oportunidad de
experimentar el poder de la oración. Es una misión de todos y es algo
con lo
que todos podemos aportar. No nos excluyamos de esta misión, no
evadamos esta
responsabilidad. La liberación de los secuestrados es posible sólo con
la
oración: Dios hará el resto.
HÉCTOR E.
ROLDÁN H.
05 de julio de 2008 |
008 - 14 de Junio de 2008
HAN SIDO APROBADOS DE MANERA DEFINITIVA LOS ESTATUTOS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL POR LA SANTA SEDE
¡Estamos de plácemes! Han sido aprobados
definitivamente los Estatutos del Camino Neocatecumenal. El Cardenal Stanislaw Rylko, presidente del
Consejo Pontificio para los Laicos, hizo público el 13 de junio de 2008 el
decreto de aprobación, durante un acto celebrado en el dicasterio. Durante la
ceremonia convocada para tal fin, el purpurado entregó el decreto de aprobación
junto con el texto final de los Estatutos a los iniciadores del Camino, Kiko
Argüello y Carmen Hernández y al sacerdote italiano Mario Pezzi.
Esta noticia maravillosa para toda la Iglesia ha sido difundida
por las principales cadenas noticiosas católicas, y aún por algunos medios sin
ninguna vinculación a la
Iglesia.
Recordemos que el Camino Neocatecumenal
había sido reconocido por el Papa Juan Pablo II “como un itinerario de
formación católica, válida para la sociedad y para los tiempos de hoy”. Ahora
el Papa Benedicto XVI ha puesto su sello definitivo sobre la validez de este
camino, fiel al Magisterio de la
Iglesia.
En el comunicado difundido por
el Pontificio Consejo para los Laicos se expone que "La aprobación
definitiva del estatuto constituye, sin duda, una importante etapa en la vida
de esta realidad eclesiales, nacida en España en 1964. Este acto ha exigido
varias consultas a distintos niveles. Durante el periodo de aprobación ad
experimentum del estatuto, el Pontificio Consejo ha tenido el modo de constatar
los numerosos frutos que el Camino
Neocatecumenal aporta a la
Iglesia en vista de la nueva evangelización,
mediante una praxis catequético-litúrgica y valorada en sus más de cuarenta
años de vida. Por lo tanto, tras una atenta revisión del texto estatutario y tras realizar algunas modificaciones
que han sido consideradas necesarias, el Pontificio Consejo
para los Laicos decidió conceder la aprobación definitiva del estatuto".
Como todas las manifestaciones inspiradas
por el Espíritu Santo, el Camino Neocatecumenal no ha estado exento de
persecución, incluso dentro del mismo seno de la Iglesia. Recordamos
la reacción de los Obispos del Japón rechazando la actividad del Camino en sus
Diócesis, y realizando varias visitas al Vaticano para promover su
desaprobación. No obstante, los Papas han tenido siempre en cuenta las palabras
del Señor: “por sus frutos los conoceréis”. Y en este sentido, el Camino
Neocatecumenal ha mostrado inmensos frutos durante cuarenta y cuatro años de
obediencia y fidelidad a los lineamientos del Concilio Vaticano II: Familias en
misión, catequistas itinerantes, renovación de las parroquias, creación y
mantenimiento de mas de setenta seminarios diocesanos "Redemptoris
Mater" diseminados por todo el mundo, surgimiento de gran cantidad de
vocaciones al sacerdocio y a la vida contemplativa, además de la nueva
experiencia de la "missio ad gentes", todo ello bajo la supervisión
de los dicasterios vaticanos. Y tan importante como todo esto, el compromiso de
los catequizados con testimonios de vida que mueven la misma Jerarquía, que
exigen un enorme compromiso de los sacerdotes con su misión, que conlleva a
niveles de renuncia poco envidiables desde el punto de vista humano. Eso mismo
causa que muchos ministros se sientan intimidados ante la seriedad con que debe
ser enfrentado el compromiso vocacional por el que han optado libremente.
Los Obispos de América Latina, en el
documento generado con motivo de la Conferencia General
de Aparecida, expreron:
“Para aprovechar mejor los carismas y
servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los
laicos, deseamos respetar sus carismas y su originalidad, procurando que se
integren más plenamente a la estructura originaria que se da en la diócesis. A
la vez, es necesario que la comunidad diocesana acoja la riqueza espiritual y
apostólica de los movimientos. Es verdad que los movimientos deben mantener su
especificidad, pero dentro de una profunda unidad con la Iglesia particular, no
sólo de fe sino de acción. Mientras más se multiplique la riqueza de los
carismas, más están llamados los obispos a ejercer el discernimiento pastoral
para favorecer la necesaria integración de los movimientos en la vida
diocesana, apreciando la riqueza de su experiencia comunitaria, formativa y
misionera. Conviene prestar especial acogida y valorización a aquellos movimientos
eclesiales que han pasado ya por el reconocimiento y discernimiento de la Santa Sede,
considerados como dones y bienes para la Iglesia universal.” (Num. 313, documento
conclusivo de la V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL
CARIBE. Aparecida, 13-31 de mayo de 2007).
En consonancia con estas palabras, después
del "reconocimiento jurídico formal" y de hacerlo "patrimonio
universal de la Iglesia",
el Camino Neocatecumenal es acogido y valorado con especial interés por la Jerarquía de la Iglesia. Y para todos
los fieles es una garantía de que su actuar se corresponde con el Magisterio de
la Iglesia.
TuPortalCatolico.info felicita y se
congratula con todos los fieles que han encontrado su conversión en este camino
y agradece a sus fundadores, Kiko Argüello, Carmen Hernández y Padre Mario
Pezzi por su labor incansable y su entrega al servicio de la Iglesia.
HÉCTOR E.
ROLDÁN H.
14 de junio de 2008
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NECESITAMOS URGENTEMENTE UN PENTECOSTÉS
Hay
un peligroso diálogo que entablamos con el demonio cuando nos afectan
los
sinsabores de la vida, un peligroso diálogo que nos arroja en una
vertiginosa
espiral de caída hacia la desazón, hacia el sinsentido de la existencia.
Porque
una cosa sabemos cierta: sin una esperanza, la vida no tiene ningún
sentido,
sin la esperanza cristiana, este lapso de unos cuantos años en que
tenemos
conciencia de nosotros mismos es un absurdo, sin una esperanza
escatológica
esta aparición de nuestro ser es totalmente ilógica. ¿Qué sentido tiene
vivir
para morir? ¿Qué sentido tiene que el universo cree o invente
un ser con
conciencia de su existencia para que solo dure un
infinitesimal instante
y luego desaparezca? ¿Qué sentido tiene que formemos parte de
un orden establecido
por unos seres intrascendentes, moribundos, sin otro objetivo que la
muerte,
qué sentido tiene que cumplamos con un trabajo, con el respeto a unas
normas,
que tengamos que mirar cómo unos pocos disfrutan de riquezas y que los
demás
deban conformarse con ser sus servidores, cuando lo que nos espera a
todos es
el mismo destino de desaparecer en pocos años? Esto, ciertamente, es un
absurdo. Esta es la razón que encuentran los suicidas para desdeñar la
vida: el
sinsentido.
Cuando
estamos frente a un momento de desesperación, quizás de tristeza o de
angustia,
comienza este diálogo con el demonio. Porque él tiene una misión, la
tarea que
se impuso por su soberbia: borrarnos el amor de Dios. Cuando sufres
llega a ti
con sigilo y te plantea la pregunta: ¿cómo puedes creer que Dios te ama
si te
deja en medio de este sufrimiento? En definitiva, es la misma pregunta
que en
el Génesis plantea la serpiente: ¿Cómo puedes creer que Dios te ama, si
no
puedes ser como Él, si te pone a sufrir prohibiéndote comer del árbol
del bien
y del mal, si te limita?
Cuando
le das cabida en tu corazón a este interrogante, se desata
inmediatamente la
espiral de dudas que conduce a una encrucijada de sombras y de muerte.
¿Por qué
esto me pasa a mí? Y esta experiencia la viven con más fuerza los que
están en
la misión de extender la Buena Nueva
de la
Salvación.
Porque allí ha habido una vida de renuncia, de
entrega: ¿Si
yo he dedicado toda mi vida a difundir el Evangelio, por qué mi hijo
está en
las drogas o por qué mi hija ha caído en la prostitución? ¿Por qué mis
hermanos
o parientes, o qué se yo, mis allegados, caen en desgracia o se
enferman, si yo
soy tan bueno? ¿Por qué me atormenta la concupiscencia y la lujuria si
quiero
ser sal y luz para el mundo? ¿Acaso no sirve de nada todo cuanto he
hecho o
todo aquello a lo que he renunciado? ¿Es que Dios no valora mi esfuerzo?
No
se, son muchísimas preguntas que pueden surgir desde el fondo de
nuestra
desesperación cuando abrimos nuestra mente a este diálogo mezquino. No
entiendes, por ejemplo, cómo otros van a creer en lo que difundes si tu
hogar
está zozobrando. Y entonces crees que cuanto has hecho no tiene
sentido: el
demonio te borra el amor de Dios. Esa es su misión: decirte que Dios no
te ama,
que estás solo, que eres un fracasado, que el mundo ha tenido razón,
que no has
tenido éxito, que si hoy no tienes pertenencias, que si tu trabajo es
inestable
y no ves cerca una buena pensión, que si los que te rodean no han
seguido tu
ejemplo, eres un fracasado y tu vida no tiene ningún sentido. Su misión
es
conducirte a la desesperanza, llevarte al desaliento, sembrarte
el pesimismo, sumergirte en la
muerte óntica. Porque el demonio sólo puede ofrecerte la muerte, la
misma que
te ha entregado en el pecado.
¿Qué
hay frente a esto? Si no hay un Pentecostés en tu vida, es realmente
muy
difícil reaccionar. Porque se necesita la luz del Espíritu Santo para
romper
este diálogo perverso. Cuando la persona que está desesperada clama a
Dios y
desde el fondo de su alma le grita “Si verdaderamente existes,
sálvame”, es el
Espíritu el que inunda el ser y le rescata. Hemos escuchado muchas
historias de
estas: drogadictos,
asesinos, prostitutas, desesperanzados de todas las clases que han
clamado
desde el fondo de la sin-salida, después de luchar infructuosamente
toda la
vida, y han obtenido una respuesta que las ha transformado porque algo
superior
a ellos ha venido a su rescate.
Esa es la fuerza que
necesitamos, la fuerza del
Espíritu Santo, el Paráclito que prometió Jesús:
…y yo pediré
al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para
siempre, el
Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le
ve ni le
conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. (Jn
14, 16-17)
¿Le
conocemos
realmente? ¿Hemos tenido un Pentecostés en nuestra vida? Sólo por la
acción del
Espíritu Santo podemos reconocer el amor de Dios. Si no es así,
estaremos bajo
el engaño del demonio, dando por cierto que lo que el mundo nos ofrece
es todo
a cuanto podemos aspirar: confort, riqueza, éxito, y pare de contar.
Pero el
Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre
enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo
os he
dicho.(Jn 14,26)
¿Qué nos ha
dicho Jesús?: algo totalmente diferente a lo del mundo: “no
solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios”. Entonces, nos invita a dejarlo todo por su
amor. El Espíritu
tiene la misión de recordarnos todo cuanto Jesús nos ha dicho. Y lo que
Jesús
nos ha dicho no es palabra muerta, es palabra viva. Sin lugar a dudas,
Jesús
nos ha hablado en nuestras vidas. A cada uno de nosotros ha hablado. En
algún
momento nos ha llevado al desierto y allí ha sido claro. Pero
necesitamos la
fuerza del Espíritu para reconocerle y recordarle, para ver. Porque
hemos
andado como ciegos, no vemos el amor de Dios presente en nuestras
vidas. No
reconocemos que en la enfermedad, en la cárcel, en la quiebra, en ese
desierto,
Jesús nos ha despojado de los ídolos y nos ha mostrado su rostro para
que le
reconozcamos como nuestro único salvador. Hemos tenido mil desiertos y
no le
hemos visto, le hemos dejado pasar de largo, no hemos clamado como
Abraham: “Si te he caído en gracia, no pases
de largo
cerca de tu servidor” (Gn 18, 3). Abraham reconoció al Señor
y le clamó.
Nosotros le dejamos pasar de largo. Necesitamos un Pentecostés.
Cuando
venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al
Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará
testimonio de
mí. (Jn 15, 26)
Necesitamos
un
Pentecostés, necesitamos que el Espíritu de testimonio de Jesús. Porque
el
demonio nos tiene bajo su engaño.
Señor,
quiero ver.
Estoy ciego, Señor, devuélveme la vista. Porque en esta ceguera sólo
veo lo que
el demonio me muestra: que nada tiene sentido, que no tengo el amor de
Dios; no
veo el amor de Dios. Señor, se que tú has actuado en mi vida, pero
pronto lo he
olvidado. Envíame tu Espíritu para que Él me recuerde siempre lo que
has hecho,
para que me permita tener presente el amor de Dios que ha estado por
siempre.
No pases de largo, detente en mi puerta. Te daré lo mejor, todo cuanto
me has
dado es tuyo: mis bienes te pertenecen, todo eso lo desprecio por
tenerte a ti.
Con
el Espíritu Santo,
Jesús me ha regalado memoriales, sólidas manifestaciones del amor de
Dios,
sellos indelebles, que permanecen intactos en medio de la tormenta,
testimonios
del amor de Dios para romper el diálogo que el demonio me presenta.
Así, la
tarea de engaño del demonio es más difícil.
…y
cuando él [el
Paráclito] venga,
convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la
justicia y
en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen
en mí; en
lo referente a la justicia porque
me voy
al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el
Príncipe de
este mundo está juzgado. (Jn 16, 8-11)
Cuando el
engaño del demonio obra, se borra el
amor de Dios, no lo vemos, nos invade la duda y no creemos en Cristo.
La vida
pierde su sentido y nos inunda la convicción de que no es justo vivir
así, de
que esta existencia es injusta; se nos borra Cristo, olvidamos su
redención y
ya no le vemos. Y caemos en la desgracia del juicio, porque quedamos
juzgados
con el que nos ha engañado: al hacer las obras del mundo y al
conformarnos con
la visión que nos presenta Satanás, nos unimos a su destino de
condenación.
Necesitamos
urgentemente un Pentecostés en
nuestra vida, que el Espíritu Santo pase recordándonos los memoriales
que el
amor de Dios ha sembrado en nuestras vidas. Un Pentecostés que nos
manifieste
el amor de Dios, que contrarreste la catequesis del demonio.
Frente al
“Dios no te ama” que te susurra
Satanás, está la palabra que llevan los que anuncian la Buena
Nueva: “DIOS TE AMA. Hay
un sentido para tu vida, Cristo te ha redimido, ha dado su vida por ti,
ha
pagado con su sangre. No sigas anclado a tu pecado; levántate, toma los
memoriales que Dios te ha regalado y combate contra el enemigo.”
Hay un
combate. Es cierto que hay un combate.
Y es contra un enemigo que es más fuerte que tú. Pero no estás sólo,
tienes el
aliado que tiene garantizada la victoria, acepta su alianza y vencerás
con Él.
HÉCTOR E.
ROLDÁN H.
04 de mayo de 2008 |
006 - 12 de Abril de 2008
He pasado por mi existencia juzgando sobre lo humano
y lo divino, sintiéndome con el derecho de opinar y controvertir sobre las
acciones de cada hombre. Eso es lo que he hecho todo el tiempo. Así, he
condenado al guerrillero y al paramilitar que han matado, al narcotraficante que
ha destruido la juventud, al que ha fornicado y al que ha adulterado, al que me
ha incumplido, al que no me ha entendido, al que no ha estado de acuerdo
conmigo, al que no me ha permitido hacer lo que he querido, al que me ha cobrado
y al que no me ha prestado, al que no me ha obedecido, al que me ha querido
enseñar y al que no ha querido aprender lo que le he enseñado, a mis jefes que
no valoran mi trabajo y a mis subalternos que desprecian mis órdenes, a mis
hijos y a mi esposa (y a todos los que me rodean), que no son como yo quiero que
sean...
Es una lista muy grande, con la cual he acumulado lo
peor de mi vida: tristeza e insatisfacción. Esa es la razón por la cual no he
podido ser feliz; he estado atado a tantas cosas que no me permiten ver al
projimo como Creación de Dios, sino que, por el
contrario, me lo señala como el impedimento para la realización de mi voluntad.
En definitiva, durante todo el tiempo he antepuesto mi voluntad a la voluntad de
Dios, mientras que repito, de boca, "hágase tu
voluntad..."
Me he llenado de bienes, he acumulado
riquezas. Además de lo material, he cargado sobre mí un ego impresionante, que
no puede ser vulnerado, una serie de razones, de principios y de valoraciones
inamovibles, títulos, logros, posición social, reconocimiento, jerarquía,
gustos, apetencias e inclinaciones; es decir, he forjado mi riqueza sobre una
base endeble, incapaz de trascender la muerte. He levantado tan alto el poder de
mi criterio que el otro simplemente tiene que sucumbir, anonadarse, morir,
desaparecer, diluirse en lo que yo soy. He levantado una torre tan alta que
oculta el cielo a quienes están frente a mí. En este reino no hay espacio para
el otro: es el reino de la soledad, del infierno desde ahora.
El Señor me invita a despojarme de mis
bienes, a descargar todo este edificio que llevo sobre mis espaldas y que no me
permite levantarme. Él me dice "Levántate, coge tu camilla y no peques más". Y
me ayuda con acontecimientos. Porque permite que mi sabiduría se vea pisoteada,
que mi nombre se vea mancillado, que mi reputación cojee, que mis hijos se
equivoquen, que todo cuanto hago vaya contra lo que he planeado, que,
finalmente, se haga su voluntad y no la mía. Todos mis juicios se han devuelto
contra mí. Me quiere devolver la vista poniendo barro sobre mis
ojos.
Todos estos acontecimientos me dicen
claramente: "Jesucristo te devuelve la salud: levántate, y arregla tú mismo la
cama"(Cf. Act 9, 31-42). Porque el peso de todas mis pertenencias me ha tenido
postrado, quejándome de los demás, lamentándome por mi suerte. Mis juicios me
han aplastado. Ahora debo levantarme y arreglar la cama, tenderla y adornarla
para que no quede en ella muestra alguna de mi postración. Mi hacienda está
erigida sobre mis juicios. Para poder remover mis juicios es necesario que me
despoje, que renuncie a mi hacienda: “anda, vende lo que tienes y dáselo a los
pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21).
Porque no puedo seguir a Cristo mientras tenga ese peso encima, mientras esté
postrado. Primero necesito arreglar mi cama.
El Señor se ha metido conmigo y me quiere
sanar. Ha dado ya la orden para que me levante. Ahora todo depende de que yo
crea que tiene el poder y de que acepte su orden. Ahora tengo una esperanza, veo
la luz al final del túnel.
Jesús es el Buen
Pastor. Él, conocedor de la naturaleza humana, bien conoce mi debilidad. Porque
desde la Creación supo que acepté del demonio la oferta de querer hacerme dios y
juzgar, decidí tomar del fruto del árbol del bien y del mal y me erigí como juez
implacable. Esa, hermano, es nuestra mayor debilidad. Jesús nos ve tendidos,
destruidos, abatridos por el enorme peso de esos juicios que brotan y se
multiplican, que nos apartan del amor de Dios porque, entre otras cosas, también
a Él lo juzgamos. Jesús, el Buen Pastor nos muestra la puerta por la cual el
mismo entra y sale del redil. Es la puerta del amor extremo: la caridad que todo
lo da y nada exige, que no juzga, que perdona, que tiende siempre la mano para
ayudar al que lo necesita, que da limosna sin preguntarse a quien ni para qué,
que da la vida a pesar del oprobio y del rechazo, despojado Él mismo del oprobio
y del rechazo. Él ha entrado y salido por esa puerta. Todo el que no utilice
esta puerta no viene de parte de Dios, sinó del diablo.
Jesús, el Buen Pastor,
nos ha sanado con su vida. Está en nuestras manos aceptar esta
sanación.
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