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| REFLEXIONES |
Una realidad nos abruma: por donde quiera que miremos encontramos familias destrozadas. En todos los estratos, a todos los niveles, la familia se reciente, se desmorona, se resquebraja. Esgrimimos mil razones, todos tienen su explicación: “Encontré el amor de mi vida”, “Aún puedo realizarme”, “Dios no puede desear mi infelicidad”, “Me casé sin amarla (amarlo)”, “Tengo derecho a ser feliz”, “Tengo derecho a reconstruir mi vida”. En algunas ocasiones se manejan razones económicas “Dejo mis hijos con sus abuelos mientras logro estabilidad económica”, “Me voy del país para buscar un mejor futuro, luego mandaré por mi esposa (esposo) e hijos”. Todas estas expresiones son la manifestación de un mismo principio en el cual se fundamenta la sociedad hedonista en que vivimos: “No tengo por qué aceptar el sufrimiento”. Voy a ir directamente al grano: ¿qué derecho tiene el hombre para rechazar el sufrimiento? Es una pregunta contundente, la cual solo se puede lanzar con propiedad desde la perspectiva del cristianismo. Porque te tengo una noticia: Dios mismo no le evitó el sufrimiento a su Hijo, Jesucristo. Aunque Jesús le rogó en el huerto de Getsemaní, sudando gotas de sangre: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa» (Lc 22, 42), la voluntad del Padre fue, finalmente, que su Hijo padeciera. Si Dios mismo no se ha escandalizado con el sufrimiento, ¿Crees aún que la voluntad del hombre tiene algún valor? Por supuesto que tiene valor. Tiene el valor de poner al hombre en conformidad con Dios o contra Dios. Tiene el valor de conducir al hombre a la salvación en el primer caso o a la condenación eterna, en el segundo. Pero fuera de ahí, más que eso, no tiene ningún sentido. Porque si la voluntad del hombre es huirle al dolor, solo uno es el resultado: más dolor. Volviendo a la reflexión original, cuando alguien acepta la razón para escabullirse de sus responsabilidades, sólo puede multiplicar el dolor, aumentando el propio y conduciendo a los demás al sufrimiento. Cuando alguien destruye la familia en “aras” de su propia realización, arrastra en su espiral a su conyugue y a sus hijos, hacia un sufrimiento que no es poco. El resultado del hedonismo no es placer y satisfacción sino, por el contrario, sufrimiento, destrucción y muerte. El hedonismo es el camino directo a la muerte óntica, porque niega al otro, creatura como tu y como yo. Si niegas al otro, no trasciendes, te quedas estacionado en tu egoísmo, rechazas el amor de Dios y, simplemente, estás muerto. Si no tienes amor, estás muerto. Y ese es el mal de nuestra sociedad: está en muerte. Por eso el dolor se multiplica: hijos abandonados que crecerán repudiando a sus padres por el sufrimiento que llevan, que no estarán dispuestos a entrar en la voluntad de Dios, que negarán a Dios y que repetirán la historia para traer hijos a los cuales abandonarán, en el mejor de los casos, o abortarán o evitarán para poder realizar sus vidas según sus voluntades individuales. Así que, romper un hogar no es simplemente ejercer el derecho a rehacer una vida. La vida del cristiano está hecha, no se rehace por la propia voluntad de cambiar una o dos personas, es Cristo quien la reivindica, es Cristo quien construye el hombre nuevo. La vida del hombre hedonista es bien diferente, transcurre bajo una máscara que muestra una sonrisa irreal, una felicidad inexistente, porque está fundamentada en el egoísmo, una mueca que muchos se creen pero que no engaña a quienes tienen el discernimiento de la Voluntad del Padre. Ante todo, el hedonista cree que la felicidad se compra, que si cumple con tener alimento, vestido, vivienda y estudio para sus hijos, ya todo está bien. Este hombre está de espaldas al sufrimiento. Para él, el dolor desaparece si no lo ve. No importa que esté allí, es suficiente con no verlo: si no lo ve no existe. Pero él mismo está destruido, porque noche tras noche se encuentra vacío, envuelto en la tormenta de sus propias decisiones, ahogado por su propia imposibilidad de tapar lo que no se puede ocultar, porque, igual, envejece, se enferma y, también, morirá. Si, igual está abocado a la muerte, pero ésta, una muerte sin esperanza, porque todo depende de sus fuerzas. Apenas tapa un roto, se abre un boquete más grande, entonces necesita más. Pero los boquetes serán cada vez más grandes. Tal vez descubra que no puede nada, que el dolor manejado por sus manos sigue creciendo a pesar de todos sus esfuerzos por ser feliz. Ese egoísmo, esa miopía del alma tiene destruida la familia. Y ¿el resultado?, Estas son algunas imágenes reales de la destrucción de la familia. Imágenes que se ven en televisión, en programas de MTV: - Dos jóvenes, “homres”, discutiendo porque uno de ellos saldrá de fiesta con un tercero (otro "hombre"). - Una adolescente que le presenta a su “novio” la “novia” que tiene, ya que su relación es “polisexual”. Imágenes de la calle: - Chicos de 13 y 14 años colándose en las fiestas, con botellas en sus manos, drogándose y buscando aparearse como animales. - Jóvenes sin esperanza que tienen sus metas puestas en un arma, para empezar a escalar en la carrera de “sicariato” que llevará a algunos a ser capos y tener mucho dinero. - Jovencitas cuyo único valor es la cara bonita y un cuerpo exuberante, dispuestas a entregarse al mejor postor, sin ningún aprecio por su dignidad. - Adolescentes con uno o dos hijos, botadas de sus casas y arrastrando criaturas por las aceras. - Travestis que se exhiben por las calles con ademanes exagerados, pretendiendo ser lo que no son. ¿Quieres saber a dónde empujas a tus hijos cuando destruyes tu hogar?, ¿Quieres saber hacia donde confluye la fuerza de la masonería con la destrucción de la familia? ¿Hacia donde los llevas cuando dejas tu hogar en las manos de la empleada doméstica o del televisor, cuando no hay control porque se debe potenciar el libre desarrollo de la personalidad, cuando quieres ser un cero a la izquierda para no molestar con tus decisiones, cuando haces de la tolerancia una virtud, cuando crees que la felicidad es la anulación del sufrimiento, cuando dices que debes ser amigo de tus hijos?... Amigos se consiguen en la calle, padres ¿dónde? Hay todo un dispositivo montado
para atacar a la familia, para destruirla. 1- Se relativiza su concepto, ampliando sus alcances, derrumbando sus límites: -Familias extendidas, conformadas, además de por los padres, por los nuevos compañeros de estos y sus hijos, -“Parejas” homosexuales que reclaman “derecho” a tener hijos, -Familias sin padre, en las que la mujer ha decidido ser padre y madre a la vez, 2- Se suprime la autoridad de los padres y se suplanta por un acompañamiento del estado sin herramientas para formar y corregir. 3- Se empuja a la juventud hacia el desenfreno y el libertinaje bajo conceptos falsos de “desarrollo de la personalidad” y de “experimentación para el aprendizaje” 4- Se proclama la libertad de los padres para reconstruir sus vidas cuando no han encontrado en el otro la “pareja ideal” o el “alma gemela”, derrumbando el valor de la constancia, de la fidelidad y del empeño. 5- Se inculca que la felicidad está en los logros económicos y que su consecución bien vale el riesgo de desmoronar la unidad familiar. No se advierte el riesgo de la ruptura por la separación temporal y se presenta simplemente como el aplazamiento de un disfrute que se logrará en el futuro, cuando se haya amasado bastante fortuna. 6- Se ignoran las consecuencias de la ruptura familiar sobre los hijos, bajo mantos de madurez y de comprensión inexistentes. 7- Se coarta la libertad de los padres para tener más de uno o dos hijos, mediante planes de presión “profamilia”, conllevando a la pareja a recurrir a metodos anticonceptivos o para mutilar el propio organismo del hombre y la mujer. Etc., etc., etc. No podemos dejar sola a la familia. La Iglesia ha emprendido una lucha titánica defendiendo su unidad, contra todo tipo de ataques, sabiéndose muchas veces contrariada desde su mismo interior, pero con la certeza de estar del lado de la verdad. Abracémonos a la Iglesia, ella es verdadero instrumento de salvación puesta por el Señor para que no perdamos el rumbo, para soportar los embates del ir y venir del mundo y su dueño. La Iglesia, Madre y Maestra, nos conduce a Jesús, es instrumento de salvación. En todo momento estamos tomando pequeñas o grandes decisiones, conformemos estas decisiones a la Voluntad del Padre, para construir un mundo mejor. Que estas decisiones vayan siempre en defensa de la familia, de su unidad, de su indisolubilidad cuando está bendecida por Dios. No nos quedemos impávidos frente a esta situación. Hoy podemos estar en el lado fácil de la situación, con nuestros hijos bien organizados y encaminados correctamente, pero mañana serán nuestros nietos los que estarán enfrentados a estas presiones o situaciones, porque el mundo ha cambiado radicalmente. Así que tu testimonio es importante, tu actitud es importante. Héctor E. Roldán H.Febrero 10 de 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Navidad, maravillosa fiesta que ha ido perdiendo su sentido en nuestros corazones. Hay un profundo interés por el comercio, por las luces, por los turistas, por los festejos y desfiles, por el ocio. No es ni siquiera el interés por la familia, no es el anhelo de paz y de concordia, no son las oportunidades de convivencia, no es la caridad. Mucho menos es el nacimiento del Mesías. No, ésta no es la navidad a la que nos invita la Iglesia. Nuestra Madre y maestra nos llama a algo más trascendente. Sufres, porque en tu vida no hay vino, porque el pecado te ha robado la alegría. Hay un engaño que te ha robado la felicidad: no es verdad que los problemas son los responsables de tu infelicidad. Porque, con Cristo puedes ser feliz, a pesar de los problemas. Aquello que te ha robado la alegría es el pecado, por él estás abocado a la muerte, y te mueres día a día. Pero Cristo ha nacido para vencer al pecado; Él ha vencido al pecado. Él ha vencido la muerte. Pero en su infinito amor por la creatura, no te violenta. Él espera que le invites a pasar a tu vida, Él espera que le abras tu corazón. Y la navidad es el tiempo especial de la iglesia para dejar que Cristo nazca en el corazón. Pero no se trata de una actitud romántica, con suspiro y todo, sin actitudes visibles por las cuales te conviertas en un Cristo actual para todos los que te rodean. Que Cristo nazca en tu interior comporta una metanoia, un cambio de actitud, un modo diferente de ver, te conduce a abrir los ojos a una nueva realidad, a ser y a actuar como Cristo. Implica amar a Dios y amar al prójimo. Significa dar la vida por el otro. Mientras esto no ocurra, no habrás vivido la navidad. Lo que has experimentado es un sentimiento romántico, una amalgama confusa de estar conforme contigo mismo. Porque que Cristo nazca en mí significa que yo me haga otro Cristo, Se trata de una pascua, de un paso: por su nacimiento paso a ser parte del cuerpo místico de Cristo, me hago uno con Él, como el Padre y Él son uno. Mi deseo en esta navidad es que Cristo nazca en mí, que pueda despojarme de mis egoísmos y pueda amar, que pueda ser un Cristo, imagen de Dios, tal como fue su voluntad al crearme. Héctor E. Roldán H. Diciembre 19 de 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
N | El afán desmedido por el dinero lleva a quienes detentan el poder a buscar nuevos métodos para generar nuevos ingresos o aumentar los ya existentes. Es por esto que no nos debe extrañar que los legisladores, con un buen número de masones entre ellos, estén a la cabeza de la implantación de métodos contra la vida que abren nuevas posibilidades en todos los campos. ¿Se ha detenido a pensar cuántos millones de dólares mueven las campañas en contra de la concepción? Multi-millonarias sumas en ventas de condones, pastillas, inyecciones y todo tipo de anticonceptivos. Es por esto que las compañías que los producen destinan cantidades enormes de dinero para patrocinar grupos feministas y campañas publicitarias que desinforman a la sociedad. Tras tantos millones y millones en juego, queda manifiesto un interés común en quienes aspiran a tomar tajadas de este suculento pastel: generar desorden social. Piense usted en los legisladores: hay un mercado inmenso tras el desorden social. Para un abogado ávido de dinero, un sistema que prohíbe el aborto, por ejemplo, no genera mayores ganancias. Lo contrario ocurre en un sistema que aprueba el aborto bajo algunas condiciones. Los abogados tendrán campo extra para ejercer su profesión: demandas a quienes se niegan a prestar el “servicio”, a quienes se interponen en la decisión, demandas porque las instituciones o el Estado no destinan recursos para su ejecución, etc. En el primer caso, el universo de acción posible para los abogados se reduce a quienes intervinieron directamente en la ejecución del aborto. En el segundo caso este universo se expande a todos los ciudadanos. Quienes legislan, entonces, hombres por lo general deseosos de poder y dinero, están fuertemente tentados a crear y apoyar leyes que afinquen sus posibilidades. Además, con el interés de las multinacionales de la contracepción, el ofrecimiento de dinero para aprobar leyes que aumenten este desorden social, es obvio. En una sociedad que inculca valores de castidad pierden todas estas multinacionales: la moral no vende. Por el contrario, en una sociedad en donde las relaciones sexuales están disponibles sin ninguna limitación, sus ganancias se ven multiplicadas. Por eso, entonces, promueven todo tipo de relaciones y se deja de un lado la moral, presentándola como caduca y absurda. Hay un interés desbordado en aprobar y promover el desorden social: uniones homosexuales, paternidad homosexual, descomposición de la familia, aborto, anticoncepción, eutanasia… Las mismas entidades prestadoras del servicio de salud tienen un interés especial en reducir el número de los miembros de la familia. En la mayoría de las legislaciones está incluido todo el grupo familiar en el servicio de la salud para los trabajadores afiliados. Por lo tanto, una familia numerosa implica una pérdida para estas entidades, ya que deben atender a mayor cantidad de personas por el mismo valor. El negocio está en las familias con pocos miembros. Por eso promueven tan acuciosamente el control de la natalidad. No hay ningún humanismo ni ninguna solidaridad con los más pobres, es sólo un interés, el interés que mueve al mundo: el dinero. ¿Es de algún modo comparable la cantidad de recursos destinados por estas entidades al control natal con respecto, por ejemplo, a la destinada para el control de la epidemia AN1H1? No hay punto de comparación. Todas ellas tienen personal especializado que “informa” rápidamente a los afiliados sobre los “beneficios” de cualquiera de los métodos de control. Y las cirugías de ligadura de trompas o las vasectomías son rápidamente aprobadas y ejecutadas. Preséntese con fuertes síntomas de gripa para que compruebe si la respuesta es la misma, si hay similar celeridad en la atención y en la destinación de recursos. O, preséntese para una recanalización que permita recuperar su capacidad reproductiva. El real interés de estas entidades es castrar a la sociedad, dentro de unos límites razonables que permitan garantizar la renovación sostenible de los usuarios. Pero, no pensamos, no meditamos. Simplemente nos dejamos conducir como borregos, por las corrientes, las modas y las tendencias que manipulan nuestra libertad de seres morales. Nos quieren borrar a Dios, nos quieren borrar la conciencia. Nos cambian las palabras para presentar las cosas como “no tan malas” o hasta deseables. Juegan con nuestra capacidad de compasión, mostrándonos el dolor como aquello que hay que eliminar a toda costa: no podemos sufrir. Nada importa el dolor del no nacido, del abortado. No, lo que importa es la vida de la chica que aceptó tener relaciones con su novio, pero que no está en condiciones de afrontar el futuro con un hijo. Nos dicen que podemos ser Dios, que somos nosotros quienes construimos nuestro futuro y que Dios no provee y no tiene parte en nuestra existencia o que quizás ni existe. Y nosotros, simplemente no pensamos: para qué tanto evitar el dolor si todo termina con la muerte. No captamos lo absurdo del mensaje. Bebe, embriágate en tu lujuria, todo tiene solución: podemos evitar, asesinar con permiso. Consume, compra anticonceptivos y se feliz. ¡Qué falacias! La letra de las Constituciones que propenden por el derecho a la vida ha quedado sólo como relleno del contenido, porque la verdad es que se legisla para la muerte: las honorables cortes y los honorables magistrados en gran cantidad de países trabajan actualmente para regular el derecho a la muerte, cuándo aplicarla, cómo difundirla. Se objeta el derecho a nacer y se prohíbe ejercer el derecho de objeción de conciencia. Muy probablemente los grandes capitales de la industria de la muerte logran mover tan ilustres cabezas. Los gobiernos movilizan enormes caudales de los recursos públicos multiplicando el uso del condón y de los anticonceptivos, alimentando con el dinero del pueblo las grandes multinacionales de la muerte. Es un negocio enorme que compra conciencias y votos. He encontrado un artículo muy interesante en la siguiente página Web: http://www.armoniafamiliarperu.org/docs/transnacionalesdesorden.html Es importante que tomemos conciencia de la forma como quieren manipularnos, de las cosas a que quieren conducirnos a creer o pensar, de lo que nos quieren hacer comprar. Claro, nos ofrecen la comodidad, el no sufrir. Por otro lado experimentamos que tenemos que trabajar como burros, vendiendo no solo nuestra fuerza de trabajo, sino también nuestra conciencia y nuestra familia, nuestros derechos, para conservar el poder adquisitivo que, en últimas, es lo que importa. Experimentamos que, a pesar de las promesas de bienestar y satisfacción, no podemos desligarnos del sufrimiento, porque nos enfermamos, envejecemos y morimos, porque aquello que nos muestran como inocuo nos hace mas daño. Creo que todos hemos tenido la oportunidad de conversar alguna vez con una mujer que deseó abortar, pero que algo le detuvo. No se encuentran sino palabras de agradecimiento para con Dios por haberle dado esa oportunidad y estar disfrutando hoy de su hijo. O, en el caso contrario, de la amargura que queda marcando a quien neciamente ha abortado. En ambos casos las promesas de la sociedad de consumo han fallado, siempre, definitivamente. No podemos servir a dos señores. O servimos a Dios o servimos al dinero. La sociedad de consumo nos presenta el desorden social como alternativa para seguir adorando al Dios dinero, para que no salgamos de la idolatría. De otro lado la oración que nos enseñó Jesús nos invita al abandono en Dios: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. No nuestra voluntad sino la voluntad de Dios. Héctor E. Roldán H. Octubre 23 de 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Me entristece profundamente ver cómo la juventud se deja engañar por las veleidades que el mundo plantea por todos los medios como única respuesta al sentido de la vida. Hemos construido una sociedad para el placer, un mundo en que el hedonismo radical es el rey. Con frases como “vive y deja vivir”, “disfruta, la vida es corta”, “todo es lícito”, “pecado es privarse de un placer”, entre otras muchas, se bombardea continuamente la inteligencia de los jóvenes, despojándolos de razones verdaderas para enfrentar la realidad que es bien distinta. Por eso aparecen los grupos de raras expresiones y costumbres que tratan de responder a la falta de identidad, que no es más que el resultado del gran vacío de la sinrazón y del sinsentido de la vida. Porque el joven no es tonto, descubre en su interior el contrasentido del hedonismo en medio de una sociedad que sufre profundamente, porque la realidad de la guerra, de la pobreza, de la enfermedad es inevitable. El mensaje de “prohibido sufrir” no encuentra realización posible en un mundo que desfila, por el contrario, hacia el abismo del calentamiento global, del encarecimiento de las cosas, de la falta de oportunidades y de trabajo, de las grandes desigualdades, de la propagación de epidemias. Ese “prohibido sufrir” se ve truncado cuando la joven queda embarazada a temprana edad por hacer caso del mandato hedonista de seguir el placer; ese joven ve truncada su carrera porque debe responder por un hijo no deseado. Claro está, la sociedad siempre va adelante: “no importa, aborta”. Y sigue entonces la cadena en una espiral hacia el fondo de la insensatez. Es ahora el nonato quien ve interrumpida su oportunidad de vivir y de ser alguien. Si no compras, no eres, no existes, no vales. Entonces se ha creado toda una estrategia para motivar el gasto: todo lo superfluo se impulsa alimentando el deseo. Por eso es importantísimo para esta sociedad promover el hedonismo: el gusto, el disfrute es lo que más vende. En otras palabras, el sexo. Y entonces, es necesario explotarlo al máximo. Ya no podemos conformarnos con el desnudo de las revistas, con la pornografía, o con la promiscuidad, hay que impulsar el homosexualismo. ¡Ah!, ¡Cómo vende! Entonces hemos visto montones de artistas que han incrustado esta idea en las mentes de los jóvenes. Los canales de televisión y, en general todos los medios de comunicación, han hecho su aporte. Se encuentran expresiones y discusiones rarísimas, todas absolutamente irracionales, contra natura. Se habla de los derechos de los homosexuales, se quiere elevar a la dignidad de familia la conformación de apareados de un mismo genero. Se les quiere dar lo que no pueden tener: hijos. Porque tener un hijo es participar de la capacidad creadora de Dios, delegada por su voluntad, a la unión de un hombre y una mujer. Dios ha respetado tanto este acto entre un hombre y una mujer, que no ha desechado su fruto, que lo considera bendito aún si la pareja ha actuado en adulterio o en fornicación. Pero ahora esto no se respeta por la sociedad de consumo: los jóvenes no pueden ver estas verdades, sólo pueden responder al placer. La razón fundamental de todo es el placer: “si eres feliz, hazlo”. Como el sexo desenfrenado ha traído la producción de una gran cantidad de hijos no esperados, entonces, actuando en la misma dirección, es necesario promover el sexo entre el mismo género, llamémoslo el sexo estéril, que no deja “consecuencias”, que no trae “problemas”, que no “une”, que no crea “compromisos”. Esta es la realidad que no se le muestra a los jóvenes, esto es lo que no ven: toda la manipulación que se ha hecho de sus conciencias para atraerlos hacia la necesidad de disfrutar, de comprar, de gastar. El hedonismo es una actitud carente de moral, no porque aprecie
algún placer, sino porque lo antepone a las exigencias del amor a Dios y al
prójimo. Es una actitud egocéntrica que incapacita al sujeto para relacionarse
con otros a menos que sea para explotarlos y satisfacer su afán de placer. Jesucristo nos enseña valores muy superiores al placer, siendo el
amor el supremo entre ellos. Nos enseña además que para entrar por el
camino del amor hay que negarse a si mismo. Solo así encontramos la verdadera
felicidad. Mateo 16:24 "Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." Marcos 12:30-31 " y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El
segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro
mandamiento mayor que éstos.» Es falso que la felicidad se encuentra dentro de tí. Si no sales de ti mismo, si no pasas al otro, estás muerto. Por eso el hedonismo conduce a la muerte: te conviertes en una especie de “hoyo negro” que todo lo succiona y aplasta hasta hacerte desaparecer. Salir hacia el encuentro del otro te expande, te hace crecer hasta el punto de restaurar tu esencia de ser imagen de Dios. Héctor E. Roldán H. Octubre 08 de 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
El mundo de hoy marcha de espaldas a Dios. Y es así como desde la
familia estamos formando a nuestros niños y jóvenes. Un interés general parece
ser el culmen de la realización y en este principio estamos fundamentando toda
la educación: ¡el placer! Ante esto la respuesta es muy sencilla: licor, drogas, sexo y desidia.
Este es el producto que estamos obteniendo. ¡Qué panorama tan oscuro ofrecen
nuestros niños de 13 a 15 años congregados en sus fiestas incontroladas,
cargando botellas de licor, buscando contactos físicos para llegar al sexo sin
ningún afecto ni regla, con la aquiescencia de algunos adultos que no ven más
allá de sus narices y promueven el placer por el solo placer! Quien patrocina el licor para un joven está edificando al alcohólico y
al drogadicto de mañana. Pero esto no se ve, porque Dios no aparece por ninguna
parte en nuestras vidas. Tenemos un dios de juguete, si acaso de misa los
domingos, al que le pedimos como a un tótem, pero ante quien no necesitamos mostrar
ninguna actitud de obediencia y respeto. Nos contentamos con no robar ni matar. En el colmo de la
inconsciencia no vemos cuántas veces hemos robado y matado con nuestra actitud
displicente, con nuestra permisividad. Todo esto nos ocurre porque hacemos parte de una sociedad que
pertenece al reino de la muerte y de la destrucción, al reino del pecado. De
muy hermosas maneras el demonio nos disfraza el pecado: de solidaridad, de
tolerancia, de espíritu juvenil, de comprensión, de alegría y felicidad. Mientras
tanto no vemos que el mundo se destruye a nuestros pies. Todos pasamos por algún tipo de dificultad durante nuestro
crecimiento, y quienes han llegado lejos en su realización personal entienden
cuán importantes fueron esas piedras en el camino para haber obtenido tesón y
responsabilidad. Pero hoy les hemos quitado el sufrimiento a nuestros hijos y
los hemos enrolado en una desaforada carrera tras el placer. Obviamente
obtenemos adolescentes sin ganas por la vida, sin un sentido, sin metas.
Jóvenes que se pasman frente a los problemas y que no actúan, jóvenes que
buscan las vías “fáciles” para conseguir sus propósitos, jóvenes sin
compromiso. Tu vez a estos muchachos, y encuentras que en su vida no está Dios.
Todo lo explican con el Big Bang. Y si crees que esta es una respuesta
científica, pregúntales por el significado del Big-Bang. No saben nada,
simplemente creen en lo que algún profesor desinformado les ha transmitido, sin
ninguna profundidad, sin ningún interés. Pues, es cierto: sin Dios en la vida este es el camino que nos queda
por seguir. ¿Para qué luchar por nada si no hay algo tras la muerte, si
simplemente desaparezco? Los jóvenes no son tontos y, por el contrario, son muy
pragmáticos. Y están dispuestos a tomar la vida como viene. Les hemos mostrado
que el único sentido es el placer, pues buscan el placer. Pero muy pocos se han
dedicado a mostrarles que hay un sentido de trascendencia a la vida, que hubo
uno que murió por nuestros pecados y que no le tuvo miedo al sufrimiento, que
hay uno que dejó bien en claro que el placer debe estar subyugado a la voluntad
y, sobre todo, a la Voluntad de Dios, porque el control del placer es el
triunfo sobre el pecado que nos aparta de Dios. Esto no lo saben los jóvenes,
porque sus padres les tapan el sufrimiento, porque la sociedad les escandaliza
del dolor. Dios mismo no se escandalizó del dolor y sometió a su Hijo a la
muerte en la cruz para mostrarnos que el verdadero valor es el amor. Pero,
¿quién les muestra esto, hoy, a nuestros jóvenes? No parece lógico renunciar a
la comodidad por el bienestar del otro, no se ve ni se enseña desde el hogar.
Por el contrario, hay que ser alguien a cualquier costo. Por eso no es extraño
encontrar al muchacho que tiene como proyecto de vida ser sicario o ser
narcotraficante. Por supuesto, no es esta la situación de todos los
adolescentes. Pero si es preocupante la realidad. Dios nos ha ofrecido a su Hijo como pan de Vida. Cristo es el pan de
Vida. Quienes sólo han comido el pan del placer han muerto: “Vuestros padres comieron el
maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que
quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de
este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la
vida del mundo." (Jn 6:49-51) Nuestra actitud es ir tras el maná, tras el pan del desierto, el pan
que calma el dolor, que quita el sufrimiento, que aplaca las angustias. Pero el
mismo pueblo de Israel experimentó que este pan no les satisfacía plenamente (Cf. Nm 11,
6). Experimentamos el dolor y el sufrimiento como consecuencia del pecado por
el que adquirimos la muerte. Todo aquello material que trata de aliviar esta
situación es sólo un paliativo, no nos elimina el sufrimiento. Ante la realidad
del dolor, Cristo es la única respuesta: “El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi
sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha
enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es
el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre." (Jn 6:54-58) Hoy, como hace veinte siglos, nos
escandalizamos de estas palabras, porque preferimos el maná, andamos detrás de
la solución temporal a nuestros problemas, no nos interesa esto del amor, no
creemos que Dios nos ame de una forma tan desinteresada. Preferimos poner
nuestra fe en el Big-Bang, o en una lotería, o en un agorero, o en el licor y
el sexo. Creemos que el sentido de la vida es negar el sufrimiento y esto es lo
que transmitimos a nuestros hijos. Héctor E. Roldán H. Agosto 15 de 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Después de la vigilia de Pentecostés la iglesia celebra las fiestas especiales de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y Sangre de Cristo. Luego, retoma las celebraciones del tiempo ordinario. Este tiempo ordinario es también un tiempo muy especial. Durante él se toman, como su nombre lo indica, los aspectos ordinarios de la vida de Jesús. Aspectos tan ordinarios como calmar tempestades, curar enfermos, resucitar muertos, multiplicar el alimento para miles de personas, enviar a sus discípulos con el poder de expulsar demonios y sanar enfermos. Estos fueron los actos ordinarios en la vida de Jesús. Nos acostumbramos tanto a ellos que ya no nos parecen gracia o, peor aún, nos parecen tan sorprendentes que entonces los arrumamos como mitos, como exageraciones de los evangelistas, los tiramos al campo de la ficción. Tú puedes experimentar la fuerza de Cristo en tu vida y testimoniar si es mito o es realidad. ¿Qué necesitas? Hagamos un pequeño recorrido por los primeros hechos celebrados en esta continuación del tiempo ordinario. Comenzamos con la tempestad calmada. Dice San Marcos que después de enseñar desde una barca en el mar de Galilea, dio Jesús la orden de partir hacia la otra orilla. E iban otras barcas con Él. Entonces se desató una tempestad. Todos en su barca estaban temerosos mientras Él dormía. Le despertaron increpándole “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (Mc 4, 38). Jesús mandó sobre el viento y el mar, y calmó aquella tempestad. Algo sabían quienes iban en la barca, algo tenían que conocer sobre los poderes del Señor para haberse atrevido a hacerle frente hasta exigirle que hiciera algo. Nadie pide algo a quien no puede concederlo. Estos que viajaban con Él tenían una referencia, había una cierta confianza que les permitía reconocer que Jesús les podía salvar de aquella tormenta, que podían acudir a Él, que podían rogarle por su salvación. Pero, ¿Cuál era la situación de los que iban en las otras barcas, aquellos que no le podían despertar, aquellos que no le llamaron porque no le tenían consigo? Tal es la situación de aquellos que hoy navegan en otras barcas, de aquellos que acompañan de lejos el viaje de la barca del Señor. ¿A quién acuden? ¿Cómo suplican? Los de su barca le pudieron experimentar, sintieron su poder hasta exclamar “¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Finalmente, aquellos de otras barcas debieron conocer el poder del Señor por el testimonio de quienes lo experimentaron directamente. “Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?»” (Mc 4, 40). Jesús reconoció que en aquella súplica no hubo fe, allí actuó el miedo. Y es así, tal vez, como pedimos nosotros, por miedo, por temor a las circunstancias que nos envuelven, pero sin una gota de fe. Porque cuando hay fe hay abandono: si estoy con el Señor no pereceré, ni la tormenta, ni el dolor, ni la muerte tendrán poder contra mí. Continuando el Señor su periplo por Galilea, se encuentra con dos situaciones: la hemorroisa y la hija de Jairo. En la hemorroisa podemos ver a una mujer que sufría flujo de sangre,
posiblemente acaudalada, y que había gastado toda su fortuna en médicos sin
obtener la curación deseada. Una mujer que había puesto su confianza en el
dinero y en la ciencia, hasta encontrarse vacía: sin salud y sin recursos. Ante
este vacío, se humilla, siente que ya no está en sus fuerzas obtener la
curación y, entonces, decide arriesgar lo que le queda, su imagen, para tocar
al Señor. Y al hacerlo queda curada. Dice San Marcos que el Señor sintió que una
fuerza había salido de Él e inquirió por el que le había tocado los vestidos.
Los discípulos que le acompañan en el tumulto no entienden, porque todos le tocan,
todos se apretujan contra Él: “Estás
viendo que la gente te oprime y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»” (Mc 5, 31).
Muchos le tocaron, pero sólo una persona obtuvo la fuerza que le sanó. ¿Por
qué? “El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado;
vete en paz y queda curada de tu enfermedad.»” (Mc 5, 34). Si tienes fe, se te nota porque
amas, se sabe que amas porque sirves a tu prójimo sin medida, como Cristo en la
Cruz. Se sabe que sirves porque en tu vida hay paz. Cualquiera que sea la
tormenta que te agite, no perderás la
paz. HÉCTOR EMILIO ROLDÁN H. JUNIO 29 DE 2009 Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
¿Qué podemos pensar de un líder
que está dispuesto a sacrificar sus creencias por sus intereses personales? Ha creído en la infalibilidad
del Papa. Ha creído en la
transustanciación del pan y Del vino en la Eucaristía que tantas veces celebró
como ministro de este sacramento. Ha creído en la asunción de la
Virgen. "el
Padre Cutié se separa a sí mismo de la comunión de la Iglesia Católica Romana
al profesar fe y morales erróneas, y rehusar la sumisión al Santo Padre.
También se separa del ejercicio de las órdenes sagradas como sacerdote, deja de
tener las facultades de la Arquidiócesis de Miami para celebrar los
sacramentos, y tampoco puede predicar
o enseñar sobre la fe y la moral católicas. Sus acciones
pueden llevarle a ser separado del estado clerical". Esto
significa, agregó, "que el Padre Cutié se destituye a sí mismo de la completa
comunión con la Iglesia Católica y, por lo tanto, pierde sus derechos como
clérigo. Los católicos romanos no pueden solicitarle los sacramentos al Padre
Cutié. Cualquier intento de su parte para administrar los sacramentos sería
ilícito. Cualquier misa que celebre sería válida, pero ilícita, pues no reúne
los requisitos para que un católico cumpla con su obligación. El Padre Cutié no puede oficiar matrimonios válidos de católicos
romanos en la Arquidiócesis de Miami, o en cualquier otro
lugar". Asimismo,
explicó que "el Padre Cutié aún se encuentra obligado por su promesa de
vivir una vida célibe, la cual él
asumió con absoluta libertad en la ordenación. Sólo el Santo
Padre puede dispensarle de dicha obligación". La Iglesia está en medio de una persecución feroz: afuera de la Iglesia hay una jauría que lanza mordizcos sobre cada una de las fallas que desde adentro se cometen. Y desde adentro, una jauría de pecadores atentamos continuamente contra su unidad. Pero hay una promesa inmensa: “las puertas de hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Hay que creer en las profecías consignadas en las Sagradas Escrituras, el Señor habla de un pequeño rebaño (Cf. Lc 12, 32), Así que no se trata de una gran masa, se trata de unos elegidos que deben combatir contra los enemigos del cordero (Cf. Mt 24, 22-24; Ap 17, 14). Estamos llamados a combatir contra el demonio y sus aliados. Estamos llamados a deponer nuestros intereses particulares, a dar la vida como Cristo la dio en la cruz, a renunciar a los deleites de la fama, de la comodidad, del reconocimiento, al poder del dinero, en aras del testimoniar a Cristo Resucitado. [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Quienes estamos empeñados en la tarea de la Evangelización tenemos una responsabilidad muy grande frente al mundo: estamos llamados a ser sal y luz (Cf. Mt 5, 13-14). No se trata de evangelizar con nuestra predicación, se trata de poner la vida, de ser diáfanos, transparentes. Tiene que haber una coherencia entre nuestra fe y nuestra vida. Nuestros sacerdotes muchas veces están muy solos. Nosotros, los laicos, estamos muy ocupados organizando nuestras casas y nos olvidamos del párroco, lo dejamos sólo o, peor aún, mal acompañado. Nos cabe una gran responsabilidad en todo esto. Porque habrá alrededor de ellos un gran número de aduladores que les estarán haciendo creer que son santos, que tienen derecho de echar canas al aire, que no pasa nada si nadie les ve… O los dejamos frente a la soledad de sus cuartos, con una botella de licor, pasando las historias que recogen de sus fieles durante todo el duro día. O les susurramos que cantan muy bonito, que tal vez esa debió ser su profesión, o que sus homilías son muy hermosas y que tal vez deberían dedicarse a la política, o que sus programas sociales o sus presentaciones en televisión son un excito y que eso es más importante que sus parroquias y sus feligresías. Y, entonces, estos pobres hombres empiezan a dudar de su ministerio, comienzan a flaquear, a encontrar excusas, a pecar. [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
1- MI PROPIA FALTA DE CONFIANZA EN EL SEÑOR Durante esta Semana Santa que acabamos de celebrar pude experimentar mi falta de confianza en el Señor. A la luz de la reflexión sobre el sometimiento del Señor a la Voluntad del Padre, pude ver que estoy postrado, que no es verdad que cuando rezo el Padre Nuestro dejo mis asuntos en las manos de Dios. Todo lo contrario, en todo momento estoy tratando de decidir mi propia historia y, aún, las historias de quienes me rodean. No acepto que mis hijos tengan sus propios sufrimientos y quiero intervenir continuamente, quiero solucionar todos sus problemas, quiero hacer las cosas en mis fuerzas; me mortifica todo cuanto no está en mis manos, todo lo que se sale de mis planes me causa desconcierto. Olvido por completo la catequesis de Abraham, nuestro padre en la fe. Él depuso su propio interés, todos sus afectos y sus seguridades en la Voluntad del Padre. Él se fió, creyó y esto se le reputó por justicia. Entró en la absoluta voluntad de Dios. Ante lo inaceptable se abandonó confiado en el Señor, no se guardó para sí mismo, no defendió sus intereses, no razonó la orden de Dios. Y se puso en marcha, hasta levantar su mano con el cuchillo para dar cumplimiento a la prueba. Sólo se detuvo cuando la voz de Dios se lo ordenó. Olvido por completo la catequesis de María. Ella, una adolescente pura, inmaculada, acepta lo inaceptable: la posibilidad de ser apedreada por concebir sin estar dentro de una relación aprobada. Aún en nuestros días esta es una prueba dura para cualquier mujer. Cuántas prefieren asesinar que enfrentar la nueva realidad de su historia. María, por el contrario, consintió llevar en su vientre lo que no estaba en sus manos explicar. ¿Que viniera de un hombre, pasaba, pero esa historia de un embarazo porque al Espíritu Santo le había dado la gana? Sin embargo se sometió a la Voluntad del Padre y supo esperar a que Él mismo despejara las dudas en el corazón de José. Y no sólo de José, de toda su familia. Dio un sí sin vacilación, sin titubeos; no se detuvo a pensar en los pros y los contras, no se quedó en razonamientos sobre el desarrollo de la personalidad y sobre los derechos propios. Se desarmó por completo ante Dios y expresó “hágase en mí según tu palabra”(Lc 1, 38). Olvido también la catequesis de Jesús. Él aceptó una historia que culminaba con su muerte en la cruz, tras dolores inimaginables, desfigurado, anonadado hasta el extremo, vituperado, presentado como un deshecho, cuando Él mismo era el Rey. Aceptó pasar por todo esto, no para gloria suya, pues ya la tenía toda, sino para cumplir la Voluntad del Padre, una voluntad que se desarrolla en el amor absoluto, en la misericordia extrema. Ante esta Voluntad inexplicable para hombre alguno, Jesús exclamó: “Hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22, 42). Lo expresó y lo aceptó, se sometió y fue crucificado para resucitar glorioso. Porque la Voluntad del Padre conduce a la Gloria. Como si esto fuera poco, olvido por completo los propios memoriales que el Señor ha escrito en mi vida, cuando me ha puesto a prueba y he podido experimentar que pasa victorioso por sobre todas mis angustias. Lo he visto potente derribar imposibles y cambiar mi vida, rescatarme de los lazos del seol, de las profundidades del infierno. Y aún así no me fío. Esa es la voluntad que me niego a aceptar. Se que la Voluntad del Padre conduce a la gloria, pero entro en razonamientos que ponen en evidencia mi desconfianza absoluta: “¿cómo puedo permitir que esto pase?”, “haré todo cuanto esté en mis manos para que esto no suceda”. Me aterrorizo del sufrimiento, el cual el propio Hijo de Dios no rechazó. Olvido por completo que los designios de Dios pasan por sobre mi razón, la cual de nada sirve. De nada sirven, tampoco mis actos para evitar que quienes me rodeen, y hasta yo mismo, tengamos un encuentro personal con Dios a través del cumplimiento de sus proyectos. Así, pues, he descubierto mi absoluta falta de fe, mi confianza desmedida en mis flacas fuerzas. Esto me permite clamar como el salmista: “¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!” (Sal 22, 1). 2- CONFIANZA EN LA INSPIRACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO Algunas veces nos alejamos de la voluntad de Dios en forma grave, cuando no aceptamos la inspiración del Espíritu Santo. Viendo la película “la Pasión de Cristo” de Mel Gibson, me llamaba la atención una escena: Caifás frente al rostro desfigurado de Cristo. Este hombre conocía al dedillo las Escrituras, ¿Cómo no identificó este rostro con el rostro mostrado por el profeta Isaías en el Cuarto Canto del Siervo? (Cf. Is 53). Muchas veces nos enceguecemos, no queremos ver la realidad, nos erigimos en dioses y negamos la misma revelación de Dios. Eso le pasó a este hombre, quien no reconoció al Mesías en el rostro de Cristo, siendo él (al menos nominalmente, porque Jesús ya había erigido a Pedro como cabeza de su rebaño) el Sumo Sacerdote. Eso pasa en nuestros días cuando muchos de nuestros pastores se resisten a la autoridad del Papa y al soplo del Espíritu Santo, impidiendo la difusión de los carismas que el mismo Espíritu Santo ha concedido a la Iglesia. Hay mucho de la soberbia de Caifás en estos ministros que se dejan engañar, que se niegan a la Revelación y a las Escrituras por sostener razonamientos fuera de la unidad de la Iglesia. Pero es bien sabido que el rebaño del Señor es un pequeño rebaño (Lc 12,32). Un pequeño rebaño que obedece a su pastor (Jn 21, 16), un pequeño rebaño que es perseguido (Mc 10, 29-30; Cf Rm 8, 35; Gl 6,12-13; 2Ts 1, 4-5), pero que recibirá como recompensa vida eterna (Cf. Jn 5, 24.39-41; 10, 27-29; Rm 6, 2-8). La fidelidad al Evangelio se manifiesta en la obediencia: el Santo Padre obedece la inspiración del Espíritu Santo y los fieles estamos llamados a obedecer su enseñanza y su dirección. La obediencia a la cabeza es garantía de fidelidad y de unidad en el Cuerpo Místico de Cristo. He sentido impotencia y profunda tristeza ante el rechazo, no solo por mi orgullo, sino también por el daño que se le hace a la difusión del Evangelio, y por el propio daño que se infringe el propio perseguidor. Y quisiera poder cambiar esto, pero, he aquí que esta persecución está también permitida por el Señor, y es Él quien finalmente hablará. ¡Cuánta persecución no han tenido los que hoy son declarados como santos!: Padre Pío, Madre Teresa de Calcuta, los pastorcitos de Fátima, y, en general, todos los santos… todos han sufrido la persecución, incluso desde dentro del mismo seno de la Iglesia. Y ha sido voluntad de Dios, para que se sepa que esto no viene de los hombres. Finalmente una cosa habla y es la definitiva: “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16; Cf. Mc 9, 38-40). [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Vivimos en un mundo de constantes cambios. Nos hemos acostumbrado a que lo que hoy es mañana no es. Exigimos la adrenalina de lo novedoso y hemos desarrollado una especie de aversión por lo que permanece inmutable. Rechazamos los inamovibles, nos incomoda lo que perdura y preferimos lo desechable. Así ha hecho carrera todo lo que es “Express”: matrimonio Express, divorcio Express, relaciones Express, como si se tratara de un simple juego en el que se quita y se pone. Ante este aparente anquilosamiento y siguiendo el modo de pensar relativista que se impone en nuestro tiempo, ¿Por qué la Iglesia no se acerca a la posición del sufriente, del necesitado readaptando su contenido moral? Héctor E. Roldán Marzo 16 de 2009 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
La
cuaresma es, por excelencia un tiempo de conversión a través de la
penitencia y
la reflexión, como quiera que con él Así
comienza la cuaresma, con esta lectura maravillosa que conocemos como
las tres
tentaciones. Y estas tentaciones siguen vigentes, porque son las armas
del
demonio para hacernos esclavos del pecado: 1-
La
tentación del pan: El
mundo nos grita que debemos asegurarnos el pan, el bienestar, la
comodidad.
Estás en peligro continuo de perder el trabajo, lo que ganas no es
suficiente,
no tienes hijos porque no te alcanza para alimentarlos. En otras
palabras, te
gritan que Dios no tiene poder para darte el pan de cada día, tú eres
quien
tiene que hacer el esfuerzo. No puedes traer hijos a sufrir, no puedes
quedarte
en casa cuidando a tus hijos, debes producir para ayudarle a tu marido.
¿Acaso
han asegurado su pan quienes lo tienen todo? ¿A quiénes ves padeciendo
de
anorexia? ¿Qué pueden hacer los padres millonarios por sus hijos
drogadictos?
¿Qué logra el hombre cuando no confía en Dios? Yo tengo hijos, y he
visto cómo
Dios los rescata, como los conduce y los libra de la esclavitud del
sexo o de
la rebeldía, como a pesar del sufrimiento los ha llevado a madurar y a
confiar
en su poder. Cuando ya no podía más, cuando ví que habían escapado de
mis
manos, clamé al Señor y Él los tomó y ahora los tiene andando por sus
sendas. Y
mi esposa y yo estamos tranquilos porque están en buenas manos, y nos
pesa no
haber tenido más hijos para el Reino de Dios. Pero, bueno, ahora
andamos en su
Voluntad, confiamos porque hemos visto, porque hemos experimentado su
poder. Se
que el poder de los hombres es nulo, se que mi poder es nulo, se que
Dios lo
puede todo. Y,
como soy débil, tiendo a despreciar todas estas victorias del Señor.
Pero allí
hay unos memoriales que me recuerdan cómo Dios ha pasado por mi vida en
esas y
en muchas otras ocasiones. Sí, soy tentado por el pan. A veces me
angustio,
pero recuerdo entonces que mi trabajo no lo debo a mis patrones, ni a
mis
amigos, sólo a Dios quien nunca ha permitido que me falte el pan.
Siempre tengo
lo que necesito y Dios me tiene como a un rey. ¿Acaso
los lirios del campo no visten mejor que el rey Salomón en todo su
esplendor? Y
ellos ni se fatigan ni hilan. ¿Acaso las aves del cielo no se alimentan
opíparamente?
Y ellas ni siembran, ni cosechan, ni almacenan en graneros (Cf. Mt 6,
26-29). Posiblemente
esto te parece absurdo, porque ni te has dado la oportunidad de
experimentarlo.
¿Quieres tener la seguridad? El bebé sabe que si se arroja, los brazos
de su
padre no lo dejarán caer. Si quieres experimentar que tu Padre
celestial no te
dejará caer, arrójate. Si no lo experimentas, no sabrás que es verdad.
Por eso,
ante la angustia por el pan, está el ayuno, que nos ayuda a entender la
necesidad del otro y a confiar en el Padre Celestial. 2-
La
tentación del prestigio Tienes
que ser alguien en la vida, y esto lo logras esforzándote, trabajando
doble
jornada, estudiando aunque faltes en tu hogar. El mundo te llama a
tener
títulos, papeles que te certifiquen como alguien, que te den valor,
porque así
no vales nada. Nada vale el concebido que debe ser abortado porque
estorba a
sus padres, nada vale el pordiosero a quien llamamos “desechable”, nada
vale el
anciano o el enfermo a quienes se les puede aplicar la eutanasia. Sólo
si
tienes títulos, certificados, solo si eres reconocido, si logras
despertar
admiración y respeto, sólo así eres alguien. ¡Qué difícil es escapar a
esta
tentación! Si no tienes una figura aceptable, requieres sacrificarte
hasta
lograrla: gimnasio, lipoescultura, dieta. Si tu cara no es la adecuada,
necesitas someterte a cirugía estética. Si tienes poder adquisitivo,
puedes
comprar el prestigio, el ser: puedes ser como la estrella de cine,
puedes
vestir como el galán promocionado del momento, puedes conquistar a
quienes
quieras. Es más, puedes negar tu ser, porque, en el colmo del
autoengaño,
puedes “cambiar” de sexo. ¿Y
qué decir de la edad? Hay tanta ignorancia que hasta creemos que quitar
los
años nos hace jóvenes. ¿Qué no estamos dispuestos a pagar por alargar
la vida?
Tantas cosas se ven: tráfico de órganos, tráfico de medicamentos
adulterados,
curanderos, pitonisas y adivinos para asegurarnos el futuro.
Verdaderamente se
vende el alma al diablo. Frente
a la oferta del prestigio, Jesús presenta su humildad: “no tentarás al
Señor tu
Dios”. Jesús cierra sus oídos al diablo y sigue en comunión
con Dios.
Ante la tentación del ser está la oración para poder resistir no con
las
propias fuerzas, sino con la fuerza de Dios. Si
no somos como niños, no heredaremos el reino de Dios (Cf. Lc 18, 17).
No es con
prestigio y fama como entraremos al reino de los cielos.
Definitivamente no,
porque para lograr prestigio y fama debemos aplastar a nuestro prójimo.
Jesús
nos invita a todo lo contrario: niégate a ti mismo (Cf. Mc 8, 34) 3-
La
tentación del poder: ¿No
es cierto que trabajas para poder? Para poder comprarte una casa, para
poder
comprarte un carro, para poder pagar unas vacaciones, para poder
sobresalir,
para poder… Estudias
para poder tener un título, para poder ser reconocido, para poder ser
alguien.
Y hasta vives para poder. Queremos
tenerlo todo, apoderarnos de todo. Es el sentido de nuestra vida: tener
casa,
carro y beca, como decía un antiguo comercial. Queremos que nos sirvan
en todo,
que los demás nos corran. Exijo que me hagan bien lo que he mandado a
hacer,
pero cuando soy yo quien se equivoca, entonces me hago el desentendido.
No
soporto que no se cumplan mis órdenes y si alguien no las entiende ese
tal está
incapacitado mental o físicamente. No entiendo la diferencia ni acepto
que
otros piensen o hagan diferente (distinto esto a ser transigente con
quienes
van contra la moral dictada por Dios). Jesús
responderá mas adelante: "¡El Hijo del Hombre no ha venido
para ser
servido, sino para servir y dar su vida por la redención de muchos!"
(Mt 20, 28). La
respuesta a esta tentación es el servicio. Hay que dar y darse. Es
por eso que, en este
tiempo de cuaresma, Héctor E. Roldán Marzo 02 de 2009 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Muchas veces es difícil escribir sobre los temas de nuestro credo, fundamentalmente porque para hacerlo es necesario que el Espíritu Santo permita el discernimiento e ilumine. Es por eso que en tantos días no he redactado algo nuevo en este cuadro de meditación. Sin embargo, no quiere decir que Dios haya dejado de estar presente. Por el contrario, puedo ver momento a momento cómo Dios actúa en mi vida, como me protege y resguarda del pecado, cómo me busca y me llama a su servicio. Y estoy seguro de que así es para cada uno de sus hijos. Son tantos los temas que deja la navidad, pero es necesario también afrontar los cotidianos, los que nos pellizcan y torturan. Como es el caso de los secuestrados en mi país (Colombia). Es muy triste comprobar cómo se convierte la vida humana en un objeto de mercado. Tiene que estar muy perdida la razón en los embelesos propios del hedonismo y del egocentrismo para apartar el impacto del dolor ajeno. ¿Cómo puedo, en aras de algún ideal, cualquiera sea él, subyugar el derecho a la vida de los demás? Y, aunque parece claro formular esta pregunta desde el lado en que me encuentro, habría que preguntar en su lugar, ¿qué ha sido capaz de producir en algunos seres humanos la idea de que extorsionar y secuestrar está dentro de los caudales que se pueden manejar para desarrollar ideales o intereses particulares? ¿Cómo puedo yo llegar a creer que tengo el derecho de disponer sobre la vida de otros? Y hay una sola respuesta: se necesita haber crecido en medio de la más lamentable carencia de amor. Cuando se lee algo sobre la vida de los más sanguinarios guerrilleros, paramilitares, o criminales, se encuentra este punto común: infancias desgarradas, llenas de violencia. Seres que han presenciado el asesinato de sus padres, seres que han sentido el abandono, la soledad, desde sus más tempranas infancias. Es la misma respuesta que se encuentra en la motivación del violador. Porque el terrorista y el secuestrador no son más que violadores: violan no solo la carne que se toman, también el espíritu, al que tratan de aprisionar en un acto que continúa, que se prolonga hasta que sus víctimas mueren o logran la libertad. Y
la pregunta que sigue para
quien no se conforma con quedarse expectante es ¿qué hacer? ¿Cómo
lograr que
una espiral de secuestro, tortura y extorsión pare? En medio de tanta
guerra
absurda se ha generado un dolor inmenso, una cadena que se robustece
tras cada
eslabón, porque cada vez son mayores las atrocidades, los niños
mutilados, las
familias sin padre o sin madre, cada vez se “refinan” mas los métodos
para
causar el dolor, cada vez es mayor la saña con que se ataca o se cobra o
se exige.
¿Qué hacer ante tanto daño? Es
una misión titánica, que
supera la fuerza de cualquier ser, que va mas allá de las posibilidades
de
cualquier fundación de ayuda, e incluso del Estado mismo. Porque si
se lograra parar el
secuestro y la extorsión, si se detuviera el derramamiento de sangre,
incluso
así quedaría el daño sobre tantos seres que han sido mutilados física y
emocionalmente. Esto no lo pueden reparar los psicólogos, porque las
marcas están
en el interior del alma, no se puede pagar con indemnizaciones, porque el dinero no sana el espíritu, no se
puede
borrar a punto de solicitudes de perdón y olvido porque se requiere más que el esfuerzo interior del afectado. Sólo
una transformación de unos y
otros puede lograr el saneamiento de esta situación. Y esta esperada
transformación solo es posible cuando aquello que ha generado la
deformación
del ser, la falta de amor, quede iluminada por el amor de Dios. Es
decir,
cuando el Espíritu Santo transforme nuestros corazones de piedra por
corazones
de carne. Por eso aquí juega un papel preponderante el evangelizador.
Es aquí
cuando la tarea de llevar el amor de Dios a todos los hombres se hace
relevante,
es bajo estas circunstancias cuando podemos realizar nuestra misión: en
medio
del desamor sembrado por años y años de odio, de asesinato, de miseria,
el
cristiano está llamado a implantar el amor de Dios, primero, expresado
como
realidad en su vida y luego, manifestado como entrega, como donación de
su ser
en el cumplimiento de la pasión de Cristo. Esas personas actúan así
porque no
han experimentado el amor de Dios, no se han sentido amadas, lo único
que han
recibido es desprecio, humillación y no alcanzan a ver el amor de Dios
por
ningún lado. Es más, creen que Dios no puede amarlos. Nuestra tarea es
llevarles este amor de Dios. Ahora
el interrogante es,
entonces, este: ¿cómo llevar el amor de Dios a aquellos hombres
perdidos en la
selva? Una primera impresión nos muestra que es poco probable que yo,
padre de
familia, arriesgue mi vida para penetrar en la selva y llevar un amor
que
difícilmente puedo presentar en mi hogar, en mi empresa, en mi círculo
más
inmediato. Porque tampoco me creo esto, tampoco quiero ver que el amor
de Dios
alcanza para todos. Es cierto que la tarea del evangelizador empieza
cada día
consigo mismo, recordando los memoriales que Dios le ha sembrado en su
vida,
como lo hacía el pueblo de Israel, recordando el paso del mar Rojo. Así
el
Señor ha pasado por nuestras vidas, rescatándonos del faraón: El pecado
que ha
reinado sobre nosotros. Y todo eso nos recuerda que es Cristo quien
ahora
reina. Así, pues, hemos de despojarnos de nuestros prejuicios e ir al
encuentro
de aquellos que no ven el amor de Dios. Salir al encuentro del otro,
que no
está en la selva pero que está necesitado de conocer el amor de Dios,
ese otro
que es mi vecino, mi compañero de trabajo, mi jefe, mi alumno… Allí
está la misión del
cristiano. La proeza no está en internarse en la selva, la proeza es
testimoniar el amor de Cristo por encima de los prejuicios sociales, de
las
limitaciones del trabajo, y a pesar del desdeño por todo lo que
signifique
religión. Este acto de cada cristiano se puede sumar en un gran acto de
la
humanidad para mostrar el amor de Dios. ¡Cómo nos catequizan aquellos
secuestrados que salen de la selva convencidos de que el amor de Dios
les ha
devuelto la libertad! ¿No has sentido como un “gozo” en el corazón
cuando
expresan que han realizado un encuentro con Dios en medio de todas las
dificultades que han soportado? Estos, en verdad, no han perdido sus
años en la
selva, porque han encontrado lo que otros no encuentran en toda su vida
en
medio de las comodidades. Y comprender esto es lo que nos llena de
gozo, porque
vemos una vez más como Dios se manifiesta a través de lo inesperado en
medio de
los pobres, los humildes y los oprimidos. ¿No vemos la amargura en la
cara de
los guerrilleros que son aprisionados, al ver que todo el desangre que
han
causado no tiene ningún sentido? Verdaderos rostros invadidos por la
muerte,
por el sinsentido, vaciados por el engaño del demonio. Estamos llamados a cambiar esto con la sencillez del amor. Tres armas poderosas: oración, ayuno y limosna nos ha dejado Dios para enfrentar la falta de amor. Estas tres herramientas nos permiten asumir la misión desde la casa, desde el sitio en que cada uno está ubicado, sin dejar las obligaciones diarias. ¿No nos invitan frecuentemente a no dar limosna? ¿No nos llaman a vivir en el despilfarro y en la glotonería? ¿No nos dicen que rezar es cosa de viejitas y de monjas? No obstante han sido el ayuno y la oración de estos secuestrados y sus familias, y su propio sufrimiento, las herramientas que han permitido que estén de nuevo con sus familias. Pero ¡Tengamos cuidado!, no quiere decir que quienes no han sido liberados o han sido masacrados no han orado. No, porque en los insondables designios de Dios está primero la salvación del alma que la salud del cuerpo. Así, pues, siempre estará por encima el poner nuestras necesidades bajo la voluntad de Dios que es quien, en definitiva, conoce lo que conviene para nuestra salvación. Héctor E. Roldán Febrero 06 de 2009 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Es increíble cómo se han trastocado los valores en el orden actual de las cosas. En Colombia acaban de nombrar al nuevo Procurador General, un hombre que se declara Católico practicante. E inmediatamente han saltado las voces de “alerta” por tal designación, ya que, según los sectores afectados, no hay garantía de que este hombre no defienda sus creencias personales desde el cargo que ocupará. ¡Qué ironía!, en un país donde se ha indultado a guerrilleros que causaron la masacre del Palacio de Justicia, la desaparición de miles de compatriotas y cientos de otros hechos atroces, a parapolíticos que han masacrado a los campesinos para apoderarse de sus tierras y para el usufructo de los cultivos ilícitos. Unos y otros ahora detentan cargos Públicos, se desempeñan en la dirección de partidos políticos, o dirigen el País desde el Senado. Hombres que se autodenominan librepensadores, agnósticos y que dicen defender el libre ejercicio de las libertades. Personajes que han llevado a la aprobación de leyes tan perniciosas para la sociedad como la legalización de la “dosis personal”, o que han abogado por despenalizar el aborto y la eutanasia. Estos son, ahora, los que pueden señalar quienes son moralmente aptos para ejercer los cargos de dirección y control del país. Estas cosas ocurren precisamente
porque estamos cimentados sobre frágiles valores, porque nuestras convicciones
son bien flojas y porque corremos detrás de la vida fácil (dinero,
oportunidades, cargos, etc.), sin pensar que construir requiere realmente un esfuerzo.
En un país que se proclama de mayorías católicas esto no podría ocurrir. Pero
pasa aquí en Colombia, porque los que se autodenominan católicos lo son, en su
mayoría, sólo de nombre: no hay convicción, y mucho menos coherencia entre “fe”
y “vida”. Carecemos de firmeza, nos da miedo levantar nuestra voz y denunciar:
denunciar la manipulación de las fuerzas oscuras interesadas en atacar a Poco o nada dicen ahora nuestras autoridades Eclesiales. Antes se denunciaba desde los púlpitos, algunas veces con exagerado vigor, a las personas que querían ocupar alguna dignidad pública pero que por alguna condición moral no estaban de acuerdo con la moral católica. Ahora pasamos al otro extremo: nada se ha dicho. Ni en las homilías, ni en los medios de comunicación, ni en ninguna parte se ha salido a defender el derecho de los Católicos practicantes a detentar cargos públicos sin ser discriminados por sus creencias. Y nosotros tampoco somos capaces de expresarnos. Porque nos parece normal que se hable mal del ser católico: ya como que nos hemos acostumbrados a que eso esta bien. La palabra es “discriminación”.
¿Cuántas veces la hemos oído para criticar a Católicos de todo el mundo,
despertemos, nos están metiendo la mano en la boca y no decimos nada. Es cierto
que estamos llamados a poner la otra mejilla, pero denunciar no es responder al
mal, es poner la verdad por delante, como siempre lo hizo Cristo, como lo han
hecho los apóstoles y como lo han hecho nuestros Papas. No está bien permanecer
adormilados. Nuestro voto elige. Por eso es importante saber por quien votamos.
Es importante participar en el gobierno de nuestros Países, eligiendo personas
que compartan nuestras creencias. Es cierto que muchas veces es difícil
distinguir entre quien comulga con nuestra forma de pensar y quien se camufla
para allegarse electores. Pero debemos hacer nuestro mejor esfuerzo. Y hay que
empezar por el principio: no apoyar a quienes están abiertamente contra los
principios y las costumbres morales que profesamos en el cristianismo. Y lo
segundo es denunciar el desbordamiento de los derechos sobre los deberes
morales de todo ciudadano, estar atentos a señalar aquello que desdice de Tenemos una misión inmensa como cristianos: defender la dignidad humana. Y esta no se cumple cuando nos tomamos derechos que no nos corresponden, como decidir sobre la vida y sobre la muerte. La dignidad humana, que nos sobrepone a toda la creación como hijos de Dios. La dignidad humana que resalta nuestra imagen y semejanza con el Creador. La dignidad humana que exige nuestro respeto por la integridad del semejante. Es muy cierto, un cristiano no legislará como un agnóstico: defenderá sus principios, porque los conoce superiores a la ley humana. Pero, ¿es que acaso el agnóstico no legisla según su “leal saber y entender”? ¿Es que todos están llamados a legislar o a ejercer como agnósticos? ¿Es que el agnosticismo es el único modo de pensar que puede regir, así esté totalmente equivocado? Estamos en navidad, fiesta que
precisamente el descreimiento imperante ha trocado por jolgorio, luces, regalos
y una serie de banalidades que han robado el verdadero sentido. Porque para la
sociedad de consumo es importante que no pensemos, que hagamos como hacen los
que actúan sin criterio. Y nosotros, los autoproclamados “Católicos”, nos
sumergimos en todos estos festejos, olvidando el verdadero sentido de esta
época. Hagamos un alto, reflexionemos sobre todo lo que nos presenta el mundo
con una imagen deleitosa, para permitir la metanoia,
un verdadero cambio de actitud que nos lleve a ser coherentes: que nuestra vida
refleje nuestra fe. No podemos pensar una cosa y ser y actuar otra distinta. El
cristianismo no es de pensamiento, es de actitud. “Pruebame tu fe sin obras y
yo te probaré por las obras mi fe” decía el apóstol Santiago (Cf. Snt 2, 18). A
esto es a lo que temen los gobiernos agnósticos del mundo, a los cristianos
comprometidos con su fe, hombres capaces de morir por Cristo, como tantos
mártires, por los cuales se ha difundido el cristianismo por todo el mundo.
Porque Dejemos que Cristo nazca en nosotros, que Él nos haga uno con la voluntad del Padre. Seamos nosotros mismos un pesebre, un Belén, un nacimiento. Qué la luz de Cristo brille en nosotros para ser sal y luz, para no acobardarnos ante quienes pretenden conducirnos como borregos hacia el abismo del infierno. Que esta navidad, querido lector, Cristo pueda penetrar en tu alma y transfigurarte para hacerte testigo de su amor. FELIZ NAVIDAD. Héctor E. RoldánDiciembre 16 de 2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Esta sociedad consumista y laicista nos quiere borrar hasta la navidad. No debe extrañarnos: es uno de los cometidos de la masonería que domina los medios de comunicación. Por ello no es raro que en Oxford se pretenda eliminar por parte del ayuntamiento la palabra “navidad” o “Christmas” del vocabulario, cambiándola por Winter Light Fest (Festividad de las luces de invierno), con el pretexto de hacer un reconocimiento a la identidad multiétnica y multiconfesional inglesa. Grosero reconocimiento cuando las mismas autoridades del judaísmo y de los musulmanes asentadas allí han protestado por esta decisión. De verdad, para muchos de nosotros, esto podrá no significar mucho, porque lo que nos importa de la navidad es la fiesta y el jolgorio. Mientras no sea tocado el circo, mientras sigan las luces y las apariencias, no habrá pasado, seguramente, nada. Pero para el verdadero creyente, navidad es otra cosa. Navidad es el culmen de un tiempo litúrgico riquísimo: el Adviento. Por eso, para vivir plenamente la navidad tenemos que descubrir el adviento. Mientras gobiernos descreídos se
dan a la tarea de eliminar los crucifijos de los lugares públicos en aras de
una mal entendida tolerancia, la iglesia necesita cristianos que se hagan a sí
mismos crucifijos, cristianos que lleven en su cuerpo y en su vivir la cruz del
Señor, cristianos dispuestos a subirse a la cruz. Y este nivel de entrega no es
nada fácil. ¡Qué voy a decir yo, que gusto tanto de la comodidad y del buen
vivir! Pero a eso estamos llamados los cristianos: tendremos que ser crucifijos
públicos, que llevemos a Jesús por donde quiera que vamos, que seamos
testimonio de la acción de Dios en nuestras vidas, que hagamos exclamar a los
demás, como en tiempos remotos: “mirad cómo se aman”. Y para llegar a este nivel de
entrega, Cristo debe nacer en nosotros, necesitamos vivir un adviento y una
navidad plenos, en los que experimentemos las virtudes teologales o, en otras
palabras, el amor de Dios. Pero eso no es algo que podamos hacer nosotros si no
se nos es dado como un don, como un regalo de Dios. Este es el aguinaldo que
debemos esperar esta navidad. En Europa los niños católicos esperan sus
aguinaldos como un regalo de reyes, conmemorando la adoración al niño Dios. En
América Latina esa costumbre es más fuerte para el 25 de diciembre, como un
regalo de Dios a los hombres. En lo personal me parece un poco más práctico y
más acorde con la realidad esta última costumbre, porque es Dios quien con su
Hijo ha dado un regalo a los hombres, un regalo verdaderamente maravilloso, el
mejor de todos. Bien sea que lo celebremos en Reyes o en navidad, los
aguinaldos a nuestros hijos son un modo de inculcar en ellos el misterio del
regalo inmenso de Dios que nos entregó a su Hijo para que, hechos uno con Él,
recuperemos la imagen y semejanza suya con que fuimos creados y que por el
pecado quedó desfigurada. Ese regalo inmenso nos devuelve la belleza que nos
hace dignos de estar en su presencia, la pureza que requiere la visita de Dios
a nuestro corazón. Héctor E. Roldán Diciembre 01 de 2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Me
sorprende evidenciar la ignorancia que me invadía cuando, en otro
tiempo, me atreví a criticar a la Iglesia y a su jerarquía. Desconocía
con cuanto amor me amaban y con cuanta sabiduría estaban dispuestos a
guiarme. Me duele haber desconocido cómo esa Jerarquía está compuesta
por hombres inteligentes, abnegados, estudiosos, preparados e
iluminados, y cómo yo, que apenas leía los Evangelios por pedazos y eso
esperando encontrar apoyo a mis ideas mediante citas fuera de contexto,
trataba de justificar mis pecados llamándola "obsoleta", "desenfocada",
"desactualizada", "conservadora". Pero es tanta la sabiduría y la
misericordia del Señor que esos mismos retazos, acumulados en el
tiempo, fueron tomando su unidad, aclarándose y complementándose entre
sí, confirmando que la Iglesia contenía toda la Verdad intacta y,
además, iluminada por la tradición. Una Iglesia ciertamente compuesta
por hombres pecadores como yo, pero asistida y santificada por el
Espíritu de Dios. Un día, por la gracia de Dios, se cayó el barro que me había enceguecido y pude ver cómo muchos hombres habían dedicado su vida a evangelizar sin otro interés que responder al llamado de Dios. La Iglesia, Madre y Maestra, anunciada por Cristo en Cesaréa de Filipo con Pedro como cabeza y fundada desde la cruz, con su autoridad garantizada por la sucesión apostólica, con una sabiduría inmutable iluminada por el Espíritu Santo. La Iglesia, no aparecida en ningún siglo posterior ni dependiente de la reforma de hombre alguno diferente a su fundador, Jesucristo. Porque la Iglesia de Cristo no le debe nada a ningún hombre ni depende de la inspiración o de la meditación o de los sueños de criatura alguna. No, intacta e inmutable desde Cristo, sobreviviente a los errores humanos y a los ataques del demonio, según la promesa de Jesús, es una, universal y apos [ Principio de Página ]tólica. La Iglesia de Cristo no se acomoda a los deseos ni a las pretensiones de quienes dominan los medios masivos de comunicación, ni se somete a la dictadura de la democracia que pretende confundir la historia del hombre con valores que mutan según el deseo de las mayorías que huyen despavoridas de la realidad por el miedo al sufrimiento, sin darse cuenta de que, en su alocada carrera, se arrojan sobre un sufrimiento mas grande: el sinsentido de la vida, la muerte óntica. Si rechazas a la Iglesia como sacramento de salvación es simplemente porque no ves cómo ella ha sido fiel al mandato del Señor: "Id y anunciad el Evangelio a todas las gentes". No podemos pretender que la Iglesia se convenga con nuestros pecados: no puede ella negar ni cambiar la Verdad, contenida toda ella en las Escrituras. Por eso no tiene ningún sentido la existencia de autodenominaciones que la niegan como "católicas abortistas" o "católicos pro eutanasia" o católicos que apoyen matrimonios o relaciones homosexuales. Simplemente se es o no se es. Se convertiría la Iglesia en "sacramento de condenación" (caso hipotético imposible por la garantía del Espíritu Santo), si no denunciara el pecado ¡No
os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de
Dios. (1 Co 6, 9-10). Le resulta muy fácil al alejado de la oración, del ayuno y de la limosna, a quien no se alimenta con regularidad de las Escrituras, a quien ni siquiera las tiene por libros iluminados, revelación de Dios, hablar cualquier cosa, sostener hipótesis pseudo-humanitarias, pretender supuestos derechos que olvidan el derecho fundamental de Dios sobre nuestras vidas. Hace poco escuchaba una propaganda a uno de estos derechos: el derecho a la felicidad. ¡Qué falacia! ¿tienes derecho a ser feliz? Mientras tengas la carne que tienes, carne que se descompone segundo a segundo, instante a instante, carne que muere permanentemente, ¡Cómo puede ser un derecho la felicidad!. Mientras tienes tu confianza en el dinero que nunca te colma, o en quienes amas, que nunca serán como tú quieres que sean; mientras esperas en el futuro que nunca llega como has soñado, que no puedes manejar a tu antojo; mientras te construyes planes que no se hacen realidad; mientras a pesar de que tu logras surgir otros se derrumban a tu alrededor, no podrás ser feliz, por mas que nos definan la felicidad como un derecho. Eso es una mentira, un sofisma más de esta sociedad que nos quiere borrar el sufrimiento. Borrarlo, pero de mentiras, porque el sufrimiento sigue. La felicidad no es un derecho, es un Don un regalo de Dios que llega con la santidad. Y
esto es lo que la Iglesia está dispuesta a denunciarte siempre: es
mentira que puedes acomodar la Verdad a tus deseos para ser feliz.
Porque el homosexual sufre por su realidad antinatura, pero cubre su
sufrimiento con una capa de diversión , de "orgullo" falso; el que
asesina cubre su falta con la dureza, pero en la soledad sufre cuando
evidencia que se ha erigido en verdugo; el que va contra los
mandamientos, el que, en definitiva, falta al amor cubre su desamor con
desdeño, con indiferencia, negando la existencia de la misma falta,
pero sufre porque lleva en su interior la culpa que le impide
sentirse amado. Sufrimos porque el pecado hace parte de nuestra
cotidianidad. La Iglesia te pone de frente con esta realidad: es verdad
que sufres por el pecado, pero Dios te ama a pesar de ese pecado.
Porque aunque Dios condena el pecado, ama profundamente al pecador, y
tratará por todos los medios de atraerlo para liberarle de esa
esclavitud. Es por eso que la Iglesia no se puede acomodar al pecado:
perdería su sentido. Ella está hecha, entre otras cosas para
denunciarlo, para mostrar el engaño del demonio, prolongado en los
hombres desde aquella falta original en la que el hombre, por su
soberbia, rechazó a Dios como el centro de la vida, y se constituyó en
centro de su propia vida. Por eso la Iglesia, con su Jerarquía estará en pie, cumpliendo su deber de mantener intacta la Palabra de Dios depositada en ella para la Salvación de los hombres. Héctor E. Roldán18-Noviembre-2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Uno de los grandes dilemas que enfrenta el hombre es el de ser justo. Y es que, por principio, nos sentimos “justos”: siempre creemos que estamos del lado correcto. Es por ello que nos aferramos a nuestras posiciones, es por ello que no cedemos. Así, dueños de la verdad, en todo momento estamos emitiendo juicios sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Vivimos inmersos en un permanente calificar de los comportamientos, actitudes o acciones de quienes nos rodean. Nos erigimos en jueces de nuestro prójimo. Dios, por medio del apóstol Pablo nos dice: ¿No sabéis
acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis!
Ni los
impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los
ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y
tales fuisteis
algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido
santificados, habéis
sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de
nuestro
Dios. (1Co 6, 9-11).
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Comienza el llamado “mes de los
niños”. Y en Colombia lo empezamos con un acontecimiento bien fuerte que ha
despertado el sentimiento de toda Héctor E. Roldán«Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. » (Mt 5, 21s) 01-Octubre-2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
¡Estamos de plácemes! Han sido aprobados
definitivamente los Estatutos del Camino Neocatecumenal. El Cardenal Stanislaw Rylko, presidente del
Consejo Pontificio para los Laicos, hizo público el 13 de junio de 2008 el
decreto de aprobación, durante un acto celebrado en el dicasterio. Durante la
ceremonia convocada para tal fin, el purpurado entregó el decreto de aprobación
junto con el texto final de los Estatutos a los iniciadores del Camino, Kiko
Argüello y Carmen Hernández y al sacerdote italiano Mario Pezzi. Esta noticia maravillosa para toda Recordemos que el Camino Neocatecumenal
había sido reconocido por el Papa Juan Pablo II “como un itinerario de
formación católica, válida para la sociedad y para los tiempos de hoy”. Ahora
el Papa Benedicto XVI ha puesto su sello definitivo sobre la validez de este
camino, fiel al Magisterio de En el comunicado difundido por
el Pontificio Consejo para los Laicos se expone que "La aprobación
definitiva del estatuto constituye, sin duda, una importante etapa en la vida
de esta realidad eclesiales, nacida en España en 1964. Este acto ha exigido
varias consultas a distintos niveles. Durante el periodo de aprobación ad
experimentum del estatuto, el Pontificio Consejo ha tenido el modo de constatar
los numerosos frutos que el Camino
Neocatecumenal aporta a Como todas las manifestaciones inspiradas
por el Espíritu Santo, el Camino Neocatecumenal no ha estado exento de
persecución, incluso dentro del mismo seno de Los Obispos de América Latina, en el
documento generado con motivo de “Para aprovechar mejor los carismas y
servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los
laicos, deseamos respetar sus carismas y su originalidad, procurando que se
integren más plenamente a la estructura originaria que se da en la diócesis. A
la vez, es necesario que la comunidad diocesana acoja la riqueza espiritual y
apostólica de los movimientos. Es verdad que los movimientos deben mantener su
especificidad, pero dentro de una profunda unidad con En consonancia con estas palabras, después
del "reconocimiento jurídico formal" y de hacerlo "patrimonio
universal de TuPortalCatolico.info felicita y se
congratula con todos los fieles que han encontrado su conversión en este camino
y agradece a sus fundadores, Kiko Argüello, Carmen Hernández y Padre Mario
Pezzi por su labor incansable y su entrega al servicio de HÉCTOR E. ROLDÁN H. 14 de junio de 2008 |
Hay un peligroso diálogo
que entablamos con el demonio cuando nos afectan los sinsabores de la vida, un
peligroso diálogo que nos arroja en una vertiginosa espiral de caída hacia la
desazón, hacia el sinsentido de la existencia. Porque una cosa sabemos
cierta: sin una esperanza, la vida no tiene ningún sentido, sin la esperanza
cristiana, este lapso de unos cuantos años en que tenemos conciencia de
nosotros mismos es un absurdo, sin una esperanza escatológica esta aparición de
nuestro ser es totalmente ilógica. ¿Qué sentido tiene vivir para morir? ¿Qué
sentido tiene que el universo cree o invente un ser con conciencia de su
existencia para que solo dure un infinitesimal instante y luego
desaparezca? ¿Qué sentido tiene que formemos parte de un orden establecido
por unos seres intrascendentes, moribundos, sin otro objetivo que la muerte,
qué sentido tiene que cumplamos con un trabajo, con el respeto a unas normas,
que tengamos que mirar cómo unos pocos disfrutan de riquezas y que los demás deban
conformarse con ser sus servidores, cuando lo que nos espera a todos es el
mismo destino de desaparecer en pocos años? Esto, ciertamente, es un absurdo.
Esta es la razón que encuentran los suicidas para desdeñar la vida: el
sinsentido. Cuando estamos frente a un
momento de desesperación, quizás de tristeza o de angustia, comienza este
diálogo con el demonio. Porque él tiene una misión, la tarea que se impuso por
su soberbia: borrarnos el amor de Dios. Cuando sufres llega a ti con sigilo y
te plantea la pregunta: ¿cómo puedes creer que Dios te ama si te deja en medio
de este sufrimiento? En definitiva, es la misma pregunta que en el Génesis
plantea la serpiente: ¿Cómo puedes creer que Dios te ama, si no puedes ser como
Él, si te pone a sufrir prohibiéndote comer del árbol del bien y del mal, si te
limita? Cuando le das cabida en tu
corazón a este interrogante, se desata inmediatamente la espiral de dudas que
conduce a una encrucijada de sombras y de muerte. ¿Por qué esto me pasa a mí? Y
esta experiencia la viven con más fuerza los que están en la misión de extender
No se, son muchísimas
preguntas que pueden surgir desde el fondo de nuestra desesperación cuando
abrimos nuestra mente a este diálogo mezquino. No entiendes, por ejemplo, cómo
otros van a creer en lo que difundes si tu hogar está zozobrando. Y entonces
crees que cuanto has hecho no tiene sentido: el demonio te borra el amor de
Dios. Esa es su misión: decirte que Dios no te ama, que estás solo, que eres un
fracasado, que el mundo ha tenido razón, que no has tenido éxito, que si hoy no
tienes pertenencias, que si tu trabajo es inestable y no ves cerca una buena
pensión, que si los que te rodean no han seguido tu ejemplo, eres un fracasado
y tu vida no tiene ningún sentido. Su misión es conducirte a la desesperanza,
llevarte al desaliento, sembrarte el pesimismo, sumergirte en la muerte
óntica. Porque el demonio sólo puede ofrecerte la muerte, la misma que te ha
entregado en el pecado. ¿Qué hay frente a esto? Si
no hay un Pentecostés en tu vida, es realmente muy difícil reaccionar. Porque
se necesita la luz del Espíritu Santo para romper este diálogo perverso. Cuando
la persona que está desesperada clama a Dios y desde el fondo de su alma le
grita “Si verdaderamente existes, sálvame”, es el Espíritu el que inunda el ser
y le rescata. Hemos escuchado muchas historias de estas: drogadictos, asesinos,
prostitutas, desesperanzados de todas las clases que han clamado desde el fondo
de la sin-salida, después de luchar infructuosamente toda la vida, y han
obtenido una respuesta que las ha transformado porque algo superior a ellos ha
venido a su rescate. Esa es la fuerza que
necesitamos, la fuerza del Espíritu Santo, el Paráclito que prometió Jesús: …y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito,
para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el
mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le
conocéis, porque mora con vosotros. (Jn
14, 16-17) Cuando el engaño del
demonio obra, se borra el amor de Dios, no lo vemos, nos invade la duda y no
creemos en Cristo. La vida pierde su sentido y nos inunda la convicción de que
no es justo vivir así, de que esta existencia es injusta; se nos borra Cristo,
olvidamos su redención y ya no le vemos. Y caemos en la desgracia del juicio,
porque quedamos juzgados con el que nos ha engañado: al hacer las obras del
mundo y al conformarnos con la visión que nos presenta Satanás, nos unimos a su
destino de condenación. Necesitamos urgentemente un
Pentecostés en nuestra vida, que el Espíritu Santo pase recordándonos los
memoriales que el amor de Dios ha sembrado en nuestras vidas. Un Pentecostés
que nos manifieste el amor de Dios, que contrarreste la catequesis del demonio. Frente al “Dios no te ama”
que te susurra Satanás, está la palabra que llevan los que anuncian Hay un combate. Es cierto
que hay un combate. Y es contra un enemigo que es más fuerte que tú. Pero no
estás sólo, tienes el aliado que tiene garantizada la victoria, acepta su
alianza y vencerás con Él. HÉCTOR E. ROLDÁN H. 04 de mayo de 2008 |
He pasado por mi existencia juzgando sobre lo humano
y lo divino, sintiéndome con el derecho de opinar y controvertir sobre las
acciones de cada hombre. Eso es lo que he hecho todo el tiempo. Así, he
condenado al guerrillero y al paramilitar que han matado, al narcotraficante que
ha destruido la juventud, al que ha fornicado y al que ha adulterado, al que me
ha incumplido, al que no me ha entendido, al que no ha estado de acuerdo
conmigo, al que no me ha permitido hacer lo que he querido, al que me ha cobrado
y al que no me ha prestado, al que no me ha obedecido, al que me ha querido
enseñar y al que no ha querido aprender lo que le he enseñado, a mis jefes que
no valoran mi trabajo y a mis subalternos que desprecian mis órdenes, a mis
hijos y a mi esposa (y a todos los que me rodean), que no son como yo quiero que
sean... |
El saludo de la Iglesia después
de la
resurrección del Señor es un corto diálogo: -
Verdaderamente
ha resucitado. Aleluya. Es muy frecuente que, mientras
meditamos en la
Pasión, o mientras vemos una de tantas películas que nos remontan a
aquellos
momentos en que se condena al Señor, sintamos algún tipo de aversión,
de
rechazo por la turba que gritaba “crucifícale, crucifícale”: unos
hombres
engañados, entre ellos los más santos de la época: los fariseos y el
Sanedrín
en pleno. ¿Cómo pudieron aquellos hombres santos buscar, presionar,
azuzar y
exigir la crucifixión de nuestro Señor? Entonces, nos sentimos como
apartados, como
alejados de aquella circunstancia. Nos parece que, de haber estado en
ese
lugar, nosotros no hubiésemos comulgado con esos hombres y, con toda
seguridad,
hubiésemos gritado “libérale, libérale”. Pero los hechos de la vida nos
muestran otra cosa. Al borde de algún conflicto,
¿cuántas veces
hemos gritado “bombardéale, destrúyele, mátale”?. Nos hemos sentido
como los
“buenos” de aquella época, poseedores de la razón, y hemos condenado al
otro. Y
en esa condena hemos sentenciado a Cristo. Eso es lo que me ha dejado la
meditación de
esta Semana Santa. Yo, que he sentido alegría por la muerte de otro,
del que me
estorbaba, del que era mi contradictor, del que hacía las cosas usando
los
métodos que yo no acepto, he sentido alegría, entonces, por la muerte
de Cristo,
porque en ese prójimo he matado a Cristo. Baste con recordar a Mt 5,
21-22: “Habéis oído que se dijo a los
antepasados:
No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os
digo: Todo
aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal;
pero el
que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que
le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.” Yo, que he llamado a mi hermano
“renegado”,
“irracional”, “insensato”, ya se de qué soy culpable ante el Señor.
Porque el
Señor mismo, desde la cruz, no condenó. En su lugar, perdonó y oró por
quienes le
condenaron: “Padre, perdónales porque no
saben lo que hacen.” (Lc 23, 34). No condenó Él mismo a
quienes le
quisieron destruir, ¿quién soy yo para destruir al otro? Mi único
derecho es el
derecho a morir sin defenderme, como Cristo, si es que creo en Cristo.
Por
supuesto, no es fácil. Nadie quiere ser mártir. Sin embargo, todos nos
sentimos
buenos. Mt 5, 20: “Porque os digo que,
si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis
en el Reino de los Cielos.” [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Todos los años, el pueblo
católico celebra Quizás hemos escuchado muchas
veces que “Pascua”
significa “paso”, pero esto por sí solo nada o poco nos dice. La
pregunta
recóndita que surge, aunque nos de un cierto temor plantearla, es ¿cómo
ha
pasado Dios por nuestras vidas para que celebremos una Pascua? ¿Por qué
celebramos una Pascua en términos religiosos, acudiendo a Dios,
pretendiendo
acercarnos a Él? Lo primero que hay que decir es
que al comienzo de Estando en muerte ninguna
esperanza había para el
hombre. Por nuestras propias fuerzas no podemos reconstruir la relación
con
Dios rota por nuestra voluntad. Es como un astronauta que ha decidido
separarse
de su nave: no tiene como regresar a ella. Está perdido, a menos que
desde la
misma nave se inicie su rescate. Y, por fortuna, esto es lo que ha
pasado: Dios
ha decidido iniciar la búsqueda. Él ha tomado la iniciativa para
rescatarnos de
la muerte en el infinito de la nada, de la muerte de nuestro ser. Y
para
mostrarnos su voluntad nos ha regalado signos que nos han hecho
presente esta
alianza. Así hizo su pacto con Noé, con Abraham y con Moisés. Mediante
sacrificios que sellasen esta alianza, Dios nos ha hablado de su
voluntad de
cambiar nuestro estado, de pasarnos de la muerte a la vida. Con Noé
hizo un
pacto de vida para no destruir a la creación por el pecado, con Abraham
hizo un
pacto de vida al prometerle una descendencia tan numerosa como las
estrellas
del cielo o como la arena del desierto, con Moisés, y con el pueblo
israelita
todo, hizo un pacto de vida al rescatarlos de la esclavitud de los
egipcios,
abriendo el Mar Rojo y cerrándolo detrás de ellos, alimentándolos con
maná,
codornices y agua abundante en el desierto. Y con la humanidad entera
ha
sellado su pacto de vida al enviarnos a su Hijo, a quien crucificamos y
matamos. Pues ha sido Él, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, quien con
su muerte
nos ha restaurado Bien, pero esto no tiene ningún
significado si no
experimentamos la pascua en nosotros mismos. No se trata de una
salvación
lejana, que no podemos sentir, que no pueda ver cada uno de nosotros en
su
propia vida. Se trata de la salvación que Dios ha hecho contigo y
conmigo, de
lo que ha hecho en ti y en mí. Porque si no lo veo, ¿qué pascua puedo
celebrar? Es claro, si no he experimentado
el poder de Dios en
mi vida, si no he experimentado su rescate, no tengo nada que celebrar
en estos
días. Pero una cosa es cierta: si no lo he experimentado no es porque
Dios no
haya pasado por mi vida. Si no lo he experimentado es porque mi
soberbia no me
deja ver la obra de Dios en mi historia. Si no lo he experimentado es
porque
estoy ciego, y ciego de nacimiento. Por eso rechazamos el sufrimiento,
por eso
nos escandalizamos del dolor, por eso creemos que es justa la eutanasia
cuando
alguien sufre sin esperanza, por eso creemos que es justo el matar a un
indefenso cuando el embarazo no es esperado. Pues, hermano, Jesús desde
su cruz
no pidió la eutanasia. Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre,
aceptó “Por
eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que
juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas”
(Rom 2,
1).
Feliz
Pascua de
Resurrección. HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS 20 de marzo de 2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
Esta semana la prensa, en todas sus formas, ha lanzado una nueva afirmación que se ha difundido como una explosión: - Los nuevos pecados capitales (Periodistadigital) - Quien no recicle basura irá al infierno: (El Mundo) - Vaticano hace lista de nuevos pecados capitales: (laprensahn) - Siete pecados capitales para nuevos pecadores: (lomas) Estos titulares se han repetido por todos los medios de comunicación, con largas encuestas y opiniones de los oyentes, muchas veces “ahondando” en discusiones teológicas de quienes nunca han cogido una Biblia. En definitiva se ha querido presentar, desde la privilegiada tarima del periodismo, utilizando el desconocimiento, la desinformación y citando fuera de su verdadero contexto algunas declaraciones, a una Iglesia preocupada por crear elementos de condenación. Esto, por supuesto, va contra la verdadera función de la Iglesia, la cual es “instrumento de salvación”. Algunos han llegado a afirmar que “Ahora el Papa Benedicto XVI se moderniza y apuesta por pecados más sociales, muy de moda con la globalización que hoy vivimos.” (lomas) LAS FUENTES DE LA INFORMACIÓN El diario oficial del Vaticano, "L'Osservatore Romano", publicó una entrevista a Monseñor Girotti, Obispo franciscano, regente de la Penitenciaría Apostólica del Papa, al concluir un seminario de una semana que se llevó a cabo en el Vaticano. En dicha entrevista, el alto prelado de la Iglesia Católica no hace una presentación de nuevos pecados capitales, sino que enumera "nuevas formas de pecados sociales", entre las cuales cita: - Pecados en el área de la bioética, "en la cual no podemos dejar de denunciar violaciones de los fundamentales derechos de la naturaleza humana, a través de experimentos y manipulaciones genéticas" - "Otra área propiamente social es la de la droga, a través de la cual se debilita la psiquis y se oscurece la inteligencia, al dejar a muchos jóvenes fuera del circuito eclesial". - Pecados en las áreas social y éconómica, que conducen a grandes desigualdades: "los pobres son cada vez más pobres y los ricos siempre más ricos, alimentando una insostenible injusticia social" - Pecados en el "área de la ecología, que hoy tiene una relevancia muy interesante". Monseñor Girotti destacó que para determinar qué es pecado siempre hay un mismo punto de referencia: "la violación de la alianza con Dios y con los hermanos". Agregó, además, que "Si ayer el pecado tenía una dimensión más bien individualista, hoy éste tiene un valor, además de individual, sobre todo social, debido al gran fenómeno de la globalización". Por tanto, no se trató de hacer una presentación de “Nuevos pecados capitales”, sino de enumerar “faltas modernas, consecuencia del proceso de globalización que vivimos hoy, pero que en rigor de verdad ya están contempladas no sólo en el Catecismo de la Iglesia Católica (de 1992), sino también en el último Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica (2004) y en varias encíclicas de Juan Pablo II”, como bien lo concluye el diario La Nación, de Argentina. ¿CUÁL ES, ENTONCES, LA VERDAD DE DICHA INFORMACIÓN? Hemos conocido la enumeración de los supuestos nuevos pecados capitales: - No realizarás manipulaciones genéticas. - No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones. - No contaminarás el medio ambiente. - No provocarás injusticia social. - No causarás pobreza. - No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común. - Y no consumirás drogas. La verdad es que dicha lista fue presentada con el carácter de “actitudes pecaminosas”, que la percepción popular tiene como situaciones que afectan los derechos individuales y sociales. Y más, como referencia a pecados mortales, que la prensa profana ha confundido con “pecados capitales”. Los pecados capitales son los mismos de siempre: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, y los pecados mortales (los relacionados en dicha lista y los demás) están enraizados en aquellos. Así, la manipulación genética y la realización de experimentos con seres humanos (incluidos embriones) cae en el campo de la soberbia, por cuanto nos hacemos dioses abrogándonos el derecho de manipular la vida. La contaminación del medio ambiente, la injusticia social, el causar pobreza y el enriquecimiento hasta límites obscenos están todos ellos enraizados en la avaricia, por cuanto obedecen al afán de usar los bienes que Dios ha dispuesto para el bien común, con la exclusiva función de poseerlos en beneficio propio. Es claro que todo pecado, aunque se puede identificar dentro de uno de los pecados capitales, tiene raices en los demás, porque, finalmente se trata, como ya se dijo, de un atentado contra la alianza con Dios y con los hombres. Por eso, la manipulación genética también se puede interpretar dentro del pecado de la avaricia, por cuanto obedece en muchos casos al interés de enriquecerse con el usufructo de estos nuevos conocimientos, más allá del debido respeto al ser humano, a su dignidad y a su integridad. Igual en los demás casos. Asi también sucede con el consumo de drogas, para el cual, a simple vista, es más difícil encontrar un pecado capital directo que sea su raíz. Obviamente, atenta contra el derecho exclusivo que tiene Dios sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. Al consumir drogas atentamos contra nuestra propia integridad, arrebatamos a Dios el derecho que tiene sobre nosotros, y nos erigimos como nuestro propio dios. Por tanto, cae en el campo de la soberbia. También tiene que ver con la lujuria y la gula, por cuanto quien consume drogas busca exclusivamente el placer, sin considerar las consecuencias para su integridad y la voluntad de Dios. CONCLUSIÓN Es evidente que no hay nuevos pecados capitales y que, mucho menos, la Iglesia dicta pecados por decreto o por bula. La Iglesia tiene una doble misión: anunciar y denunciar. Anunciar a Cristo, anunciar la salvación, anunciar el amor de Dios. Pero también está obligada a denunciar todo aquello que atenta contra el cumplimiento de la Alianza. Enriquecerse no es un nuevo pecado. Baste para ello recordar las palabras de Jesús al Joven rico: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos» Mt 19, 21-24. Y es también entendible que quienes se han enriquecido sientan miedo y quieran rechazar a la Iglesia cada vez que se denuncia esta actitud. Nuestra condición concupiscente y el engaño al que estamos sometidos por el demonio nos llevan a despreciar y refutar a quienes nos muestran nuestra condición de pecadores. HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS 12 de marzo de 2008 [ Regresar al inicio ] [ Principio de Página ] |
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