TuPortal Tu Portal Católico
EDITORIALES ANTERIORES

011 - 24 de Octubre de 2008La Justicia
010 - 01 de Octubre de 2008Acontecimientos para reflexionar
009 - 05 de Julio de 2008Una Iglesia en Movimiento
008 - 14 de Junio de 2008
007 - 04 de Mayo de 2008Necesitamos urgentemente un Pentecostés
006 - 12 de Abril de 2008Jesús... El Buen Pastor
005 - 30 de Marzo de 2008Y después de la Pascua... ¿Qué?
004 - 20 de Marzo de 2008¿Qué es la Pascua?
003 - 12 de Marzo de 2008¿Hay siete nuevos pecados capitales?
002 - 24 de Febrero de 2008La Iglesia es instrumento de salvación
001 - 13 de Febrero de 2008Controversia por palabras de Su Santidad Benedicto XVI sobre el infierno

011 - 24 de Octubre de 2008

LA JUSTICIA

Uno de los grandes dilemas que enfrenta el hombre es el de ser justo. Y es que, por principio, nos sentimos “justos”: siempre creemos que estamos del lado correcto. Es por ello que nos aferramos a nuestras posiciones, es por ello que no cedemos. Así, dueños de la verdad, en todo momento estamos emitiendo juicios sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Vivimos inmersos en un permanente calificar de los comportamientos, actitudes o acciones de quienes nos rodean. Nos erigimos en jueces de nuestro prójimo.

Perdidos en el océano de nuestros juicios hemos construido nuestra insatisfacción, porque aquel que no actúa de conformidad con mi criterio, ese tal, me causa molestia. Entonces, desarrollo aversión y rechazo. Como consecuencia de mis juicios, me siento rechazado porque interpreto que aquel que obra tal como considero que no debe obrarse, lo hace contra mí.

Creyéndome “la medida de las cosas”, el injusto es el otro, aquel que actúa afectando mis intereses. Esa es la justicia del hombre. De esa justicia no surge el perdón. ¿Cómo podría perdonar si mi juicio está fundamentado en la afrenta?

¿Cómo perdonar al que viola si ha causado tanto daño? ¿Cómo perdonar al que asesina si ha cortado la vida? ¿Cómo perdonar al que me ha golpeado si ello me ha causado dolor? ¿Cómo perdonar al que me ha robado si me ha despojado de lo que en justicia era mío? Y así no hay cómo perdonar.

Otra cosa es lo que nos propone el Evangelio:

“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»” (Mt 18, 21-22)

Es decir, siempre. Esto nos ubica la justicia divina bajo otra dimensión.

Ya que identificamos con tanta facilidad el pecado ajeno, sigamos buscando en esta fuente. Por un lado tenemos los pecados que juzgamos. Por otro lado tenemos la Ley de Moisés, dictada directamente por Dios en el Sinaí. Mediante este paralelo podemos intentar algún análisis comparativo.

¿Qué pecado le aplica, dentro de la Ley divina al violador que tanto detestamos? Es fácil, su acción quebranta el sexto mandamiento: “no cometerás actos impuros” (Cf. Ex 20, 14; Mt 5, 27-28; Mt 19, 6; Ga 5, 19; Gn 19 1-24; Rm 1, 24-27).

Este mandamiento incluye también como pecados:  lujuria, fornicación, pornografía, prostitución, violación, homosexualidad, adulterio, divorcio. Bajo la ley de Dios nos hacemos iguales al violador cada que cometemos una de estas faltas, ya que todos estos actos están bajo el mismo desacato.

¿Qué pecado le aplica al asesino? Resulta obvio, quebranta el quinto mandamiento: “no matarás” (Cf. Ex 20, 13; Mt 5, 21-22).

Igualmente mata quien aborta o induce al aborto, quien aplica o conciente la eutanasia y quien comete o intenta el suicidio. Pero, hay más: no está en mejor posición quien escandaliza o se convierte en tentador (Cf. Mt 18, 6), y aún quien maltrata a su semejante (Cf. Mt 5, 20-22).

¿Y qué del que ha robado? Cae en incumplimiento del séptimo mandamiento: “no robarás” (Cf. Ex 20, 15; Dt 5, 19; Mt 19, 18).

Cuando obramos fraudulentamente (engaño en la venta, en los contratos o promesas, o sacamos provecho de la ignorancia o necesidad ajena), cuando pagamos mal los salarios, cuando pagamos por favores injustos, cuando nos apropiamos de un bien del Estado o de una empresa, cuando hacemos mal un trabajo, cuando falsificamos cheques, facturas o dinero, cuando incurrimos en gastos excesivos, cuando exponemos a juegos de azar los bienes comunitarios, cuando atentamos contra el respeto o la integridad de la creación, entre otras muchas actitudes, cuando alguna de estas cosas hacemos, nos hacemos infractores del séptimo mandamiento.

Con este rápido recorrido sobre tres de los mandamientos, vemos cómo, ante Dios, estamos en igualdad de condiciones con aquellos a quienes señalamos porque consideramos atroces sus delitos. ¿Quén ha hecho nimios los nuestros? Por nuestros juicios, vemos leve nuestro pecado y grande la culpa ajena.

Dios, por medio del apóstol Pablo nos dice:

¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales,  ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. (1Co 6, 9-11).

¿Qué esperanza nos quedaría si la justicia de Dios no fuera la misericordia? La propuesta que Dios nos hace a través del Evangelio es sencilla: no cabe el juicio contra aquellos que hacen lo mismo que hemos hecho nosotros (Cf. Mt 18, 23-35). Porque, con toda seguridad, cada uno de nosotros ha infringido la totalidad de la Ley. Entonces, arropados por la misericordia de Dios, perdonar al prójimo ya no es una obligación, es una necesidad imperiosa a través de la cual reconocemos nuestra aceptación del amor de Dios.


Héctor E. Roldán

24-Octubre-2008
010 - 01 de Octubre de 2008

ACONTECIMIENTOS PARA REFLEXIONAR

Comienza el llamado “mes de los niños”. Y en Colombia lo empezamos con un acontecimiento bien fuerte que ha despertado el sentimiento de toda la Nación: Luís Santiago, un bebé de once meses ha sido asesinado por su padre. Un hecho verdaderamente deplorable, que, gracias al interés de los medios de comunicación, ha alcanzado una difusión verdaderamente gigantesca, despertando la atención y el rechazo de todos.

Y es que este acto de barbarie realmente nos ha conmovido como pocos hechos lo logran ya, hasta el punto que ha merecido el desplazamiento de políticos de todos los niveles e ideologías. Es un campanazo de alerta para una sociedad altamente descompuesta, para la cual la vida no tiene ningún sentido, una sociedad en la que el precio de la vida se regatea como si se tratase de cualquier mercancía. Ciertamente, la vida no es vista como un don de Dios, como el más maravilloso de todos los dones. Nos quedamos impávidos ante el comercio que con ella se hace ante nuestros ojos y con nuestra anuencia. Y no son solo las transacciones  que se realizan en las “ollas” de las ciudades, en las cuales contratantes y sicarios, comerciantes de la muerte, deciden quienes deben morir, por cuánto se realiza “la vuelta” y hasta quiénes deben quedar implicados. Está el comercio de las clínicas clandestinas que realizan abortos, asesinando a niños aún mas indefensos que Luís Santiago, Doctores de la muerte que han prostituido su profesión para enriquecerse mediante la aniquilación en lugar de propender por el mantenimiento y conservación de la vida, políticos amorales que comercian con la opinión pública y el voto, pescando incautos mediante proyectos de eutanasia y aborto. Y, finalmente, millares de padres y madres que, igual que aquel desdichado hombre al que tantos quieren aplicarle la pena de muerte, han matado a sus hijos desde el vientre, lugar en el que nadie ha podido escuchar un quejido ni un reclamo. De esta lista no se pueden quedar por fuera quienes han aconsejado a alguna madre gestante que acabe con la vida de ese ser que ha comenzado a formarse en su vientre. Son muchos los hombres y mujeres de nuestra sociedad que han actuado como el padre de Santiago.
 
¿Seremos concientes de la destrucción que hemos estado forjando a nuestro alrededor? La tristeza de este caso se ve multiplicada en una espiral que se eleva hasta perderse en las estadísticas frías que la misma prensa nos presenta. Son cientos de miles los casos de niños que han perdido la vida por las manos de sus padres. Estamos absurdamente inmersos en una sociedad asesina, en la que todos matamos, porque queremos responder con la misma muerte, ya que la solución que se nos ocurre es “la pena de muerte”.

Son necesarias, por el contrario, acciones de vida, acciones que nos permitan recuperar el respeto por ese don tan maravilloso, por ese regalo de Dios que no valoramos en su verdadera dimensión, acciones que reafirmen los principios de respeto por la vida y por las buenas costumbres. Porque toda actitud de muerte conlleva a multiplicar la muerte.

El relato Bíblico de Caín matando a su hermano Abel nos pone de frente con esta realidad, presente en la historia de la humanidad desde los albores. Tenemos una inclinación por la muerte, por acabar con el otro, por quedarnos en nosotros mismos. Porque parece más fácil destruir que construir, parece más fácil ignorar que atender con solicitud, parece más fácil rechazar que acoger. Dicen algunos exégetas que el asesinato de Abel comenzó a gestarse desde su nacimiento, cuando su madre, Eva, le borró. De Caín había dicho: "He procreado un varón, con la ayuda del Señor" (Gen 4, 1). De Abel no dijo nada, estaba colmada con su primogénito, así que lo ignoró. Es bien significativo que en este relato quede expresada la psicología del ser humano: borramos a quien no nos interesa o nos estorba. Continuamente estamos desapareciendo al que no actúa como a nosotros nos parece que debería ser. Así, en un mismo día, con nuestro desprecio matamos a nuestra madre, a nuestro padre, a nuestros hermanos, a nuestro conyugue, a nuestros hijos. Con el desprecio eliminamos a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Es un proceso continuo de muerte. Porque nosotros también morimos momento a momento. Nuestras células caen a montones. La muerte es la realidad que siempre está presente, y nosotros parecemos estar dispuestos a acelerarla siempre.

Pero Cristo vino a poner por delante la Vida: quien crea en Él, manarán de su interior ríos de agua viva (Cf. Jn 7, 38). Porque Cristo es la Vida. Él mismo ha dicho:

«Habéis oído que se dijo a los antepasados:  No matarás;  y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. » (Mt 5, 21s)

Así, pues, estamos llamados a tener actitudes de vida, incluso a morir por la vida, como lo hizo Jesús, colgado de aquel madero, para que, siendo Él el único justo por sus méritos, todos nosotros, muertos por el pecado, alcanzáramos la vida por la misericordia de Dios. Actitudes de vida que son actitudes de perdón, de respeto, de justicia según la voluntad de Dios.

Es hora de despertar, de estar atentos a la realidad, de despabilarnos para discernir los acontecimientos y ponernos al servicio de la vida. La vida, que antes que un derecho nuestro es un regalo de Dios.
 
Héctor E. Roldán
01-Octubre-2008
009 - 05 de Julio de 2008

UNA IGLESIA EN MOVIMIENTO

Dos acontecimientos importantes para la Iglesia en Colombia tuvieron efecto durante los días pasados. El mes de junio cerró con el encuentro en Bogotá de los jóvenes del Camino Neocatecumenal (27 al 30 de junio). El soplo refrescante del Espíritu Santo se sintió con fuerza, no solo en esta Jóvenes marchando por las calles de Melgarciudad, sino en todas aquellas que vivieron el paso de las caravanas de todas las diócesis del país que con cerca de ocho mil muchachos se desplazaron hasta la capital. En muchas poblaciones los jóvenes compartieron la experiencia de Dios en sus vidas marchando al encuentro de cientos de personas ansiosas por ser evangelizadas. Porque, más que con citas, Dios conquista los corazones con su presencia, con su acción. Y es verdad: miles de jóvenes compartieron su experiencia de la obra de Dios, de cómo Dios ha dado sentido a sus vidas, en un mundo paganizado, desbordado en la idolatría al sexo, al dinero, a los placeres. No de otra forma se explica que estos jóvenes pierdan el miedo a “hacer el oso”, marchando sin temores, danzando por las calles, cantando en las esquinas. Porque el Espíritu es quien arrebata para que demos testimonio, es el Espíritu mismo quien vence nuestros temores y nos pone a gritar por las calles. Cada uno de estos jóvenes ha salido con el temor de enfrentar la evangelización. “¿Qué hablar si no soy capaz?” Y han experimentado algo grandioso: Dios lo ha hecho por ellos. Han terminado en medio de una gran alegría, viendo verdaderamente cómo Dios transforma los corazones, viendo cómo Dios, a partir de la necedad de la predicación, cambia pueblos enteros, viendo cómo Dios mueve montañas y hace posible lo imposible.

 Pero no se trató simplemente de un encuentro de jóvenes, ya que este fue, realmente, el acto final de toda una peregrinación que incluyó una etapa de testimonio o evangelización, vivencia de la eucaristía, peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y al Santuario de la Peña en Encuentro de Jóvenes en el CampínBogotá, y el encuentro en el coliseo cubierto de El Campín. En este último acto los jóvenes sintieron la compañía y el apoyo de sus pastores, los Obispos, quienes acudieron al coliseo y manifestaron su alegría por esta vida que se manifiesta en la Iglesia. El Cardenal Pedro Rubiano, Al igual que los Obispos de muchas diócesis, hicieron un alto en su agitada actividad dentro de la Conferencia Episcopal Colombiana, para compartir momentos de gran intensidad en la vivencia del evangelio. Como resultado de toda la peregrinación se manifestaron más de quinientos jóvenes interesados en la vida sacerdotal y más de ochocientas niñas que sienten el llamado a la vida contemplativa. Sabemos que no todos ellos acogerán estas vocaciones, pero es importante que tantos jóvenes sientan que esta es una opción en sus vidas y que, en alguna etapa, la sientan también como la opción más importante. Es importantísimo, porque comienza entonces una batalla por descubrir el papel a que están llamados y podrán entender más tarde, así elijan otra opción, la renuncia y el amor que hay en sus pastores, valorando lo que han hecho por dedicar su vida al servicio de la evangelización.

 
Obispos en la LXXXV Conferencia Episcopal de ColombiaEl segundo acontecimiento que ya se ha soslayado es la realización de la LXXXV Asamblea del Episcopado Colombiano, desde el 29 de junio hasta el 5 de julio, convocada bajo el tema “La memoria histórica de la Conferencia Episcopal de Colombia en la celebración de su primer centenario”

Dentro de las muchas actividades desplegadas por la Conferencia, se realizó la entrega de 14 galardones de la condecoración Inter Mirífica. Este premio reconoce a instituciones o personas de los medios de comunicación social, que promuevan la auténtica y responsable libertad de expresión, y los valores de la persona humana. Tuportalcatolico.info tuvo la honrosa invitación para asistir a este evento, durante el cual se entregaron las siguientes distinciones:

 
Los ganadores en 2008 fueron:

MEDALLA INTER MIRÍFICA

Emisora Ecos de Pasto: por sus 65 años de servicio a la evangelización 


ESTATUILLA
Antonio José Caballero - RCN Radio 
El periodista Antonio José Caballero recibe la estatuilla Inter Mirífica
Canal Televida - Medellín
Universidad Católica del Norte - Santa Rosa de Osos
Oficina de Comunicaciones – Arquidiócesis de Barranquilla
Periódico Puente Boyacense – Arquidiócesis de Tunja

PERGAMINO
Marisol Ortega – Diario El Tiempo
Oficina de Comunicaciones – Diócesis de Quibdó
Salud Hernández – Columnista de El Tiempo
Andrés Gil – RCN Televisión
Emisora Armonías del Caquetá – Florencia
P. Carlos Novoa - Universidad Javeriana
Ernesto Ochoa - Periódico El Colombiano
Programa Voces del Secuestro - Caracol Radio

 
Tuportalcatolico.info felicita a todos los galardonados y les anima a seguir realizando el mejor esfuerzo por hacer del trabajo una constante oportunidad de evangelización.

 
REFLEXIÓN

Viendo la actividad de los jóvenes, el trabajo y la oración de nuestros Pastores, la oración de toda una Iglesia que viva clama a Dios por la liberación de los secuestrados, escuchando cómo quienes han sido liberados han encontrado en Dios su fortaleza y le han clamado con oraciones y  Rosarios a la Virgen desde el corazón de la selva, es como entendemos por qué se han comenzado a ver los resultados después de tantos años de abandono y olvido. Durante mucho tiempo hemos oído a las madres implorar a los guerrilleros, apelando al “buen corazón”, sin ningún otro resultado que la sevicia, la impiedad y la tortura. Cuando el corazón del hombre está cerrado, sus frutos son destrucción y muerte. Sólo cuando hemos vuelto nuestro clamor a Dios, hemos obtenido respuestas. Porque sólo Dios puede realizar los imposibles. Dirijamos nuestro clamor a Dios, imploremos su misericordia, invoquemos su amor y su perdón. Sólo Él lo puede hacer. No invoquemos ni roguemos a los hombres, ya que nada pueden dar. Esa triste experiencia de las madres implorando a los guerrilleros una clemencia que no pueden dar porque simplemente no la tienen en su corazón, cambiémosla por implorar a quien sí escucha, a Dios. Hace muchos años unos pocos sacerdotes (el cura Pérez, el padre Camilo Torres y quizás otros), despreciaron a Dios y su misión y tomaron las armas. Ellos confiaron en el corazón de los hombres, de aquellos que les siguieron y que ahora hacen parte del comando de la guerrilla. Dios ha permitido que vivamos el resultado de esta elección equivocada por muchos años. Démonos la oportunidad de experimentar el poder de la oración. Es una misión de todos y es algo con lo que todos podemos aportar. No nos excluyamos de esta misión, no evadamos esta responsabilidad. La liberación de los secuestrados es posible sólo con la oración: Dios hará el resto.


HÉCTOR E. ROLDÁN H.

05 de julio de 2008

008 - 14 de Junio de 2008

HAN SIDO APROBADOS DE MANERA DEFINITIVA LOS ESTATUTOS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL POR LA SANTA SEDE

¡Estamos de plácemes! Han sido aprobados definitivamente los Estatutos del Camino Neocatecumenal.  El Cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, hizo público el 13 de junio de 2008 el decreto de aprobación, durante un acto celebrado en el dicasterio. Durante la ceremonia convocada para tal fin, el purpurado entregó el decreto de aprobación junto con el texto final de los Estatutos a los iniciadores del Camino, Kiko Argüello y Carmen Hernández y al sacerdote italiano Mario Pezzi.

Esta noticia maravillosa para toda la Iglesia ha sido difundida por las principales cadenas noticiosas católicas, y aún por algunos medios sin ninguna vinculación a la Iglesia.

Recordemos que el Camino Neocatecumenal había sido reconocido por el Papa Juan Pablo II “como un itinerario de formación católica, válida para la sociedad y para los tiempos de hoy”. Ahora el Papa Benedicto XVI ha puesto su sello definitivo sobre la validez de este camino, fiel al Magisterio de la Iglesia.

En el comunicado difundido por el Pontificio Consejo para los Laicos se expone que "La aprobación definitiva del estatuto constituye, sin duda, una importante etapa en la vida de esta realidad eclesiales, nacida en España en 1964. Este acto ha exigido varias consultas a distintos niveles. Durante el periodo de aprobación ad experimentum del estatuto, el Pontificio Consejo ha tenido el modo de constatar los numerosos frutos que el Camino Neocatecumenal aporta a la Iglesia en vista de la nueva evangelización, mediante una praxis catequético-litúrgica y valorada en sus más de cuarenta años de vida. Por lo tanto, tras una atenta revisión del texto estatutario y tras realizar algunas modificaciones que han sido consideradas necesarias, el Pontificio Consejo para los Laicos decidió conceder la aprobación definitiva del estatuto".

Como todas las manifestaciones inspiradas por el Espíritu Santo, el Camino Neocatecumenal no ha estado exento de persecución, incluso dentro del mismo seno de la Iglesia. Recordamos la reacción de los Obispos del Japón rechazando la actividad del Camino en sus Diócesis, y realizando varias visitas al Vaticano para promover su desaprobación. No obstante, los Papas han tenido siempre en cuenta las palabras del Señor: “por sus frutos los conoceréis”. Y en este sentido, el Camino Neocatecumenal ha mostrado inmensos frutos durante cuarenta y cuatro años de obediencia y fidelidad a los lineamientos del Concilio Vaticano II: Familias en misión, catequistas itinerantes, renovación de las parroquias, creación y mantenimiento de mas de setenta seminarios diocesanos "Redemptoris Mater" diseminados por todo el mundo, surgimiento de gran cantidad de vocaciones al sacerdocio y a la vida contemplativa, además de la nueva experiencia de la "missio ad gentes", todo ello bajo la supervisión de los dicasterios vaticanos. Y tan importante como todo esto, el compromiso de los catequizados con testimonios de vida que mueven la misma Jerarquía, que exigen un enorme compromiso de los sacerdotes con su misión, que conlleva a niveles de renuncia poco envidiables desde el punto de vista humano. Eso mismo causa que muchos ministros se sientan intimidados ante la seriedad con que debe ser enfrentado el compromiso vocacional por el que han optado libremente.

Los Obispos de América Latina, en el documento generado con motivo de la Conferencia General de Aparecida, expreron:

“Para aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos, deseamos respetar sus carismas y su originalidad, procurando que se integren más plenamente a la estructura originaria que se da en la diócesis. A la vez, es necesario que la comunidad diocesana acoja la riqueza espiritual y apostólica de los movimientos. Es verdad que los movimientos deben mantener su especificidad, pero dentro de una profunda unidad con la Iglesia particular, no sólo de fe sino de acción. Mientras más se multiplique la riqueza de los carismas, más están llamados los obispos a ejercer el discernimiento pastoral para favorecer la necesaria integración de los movimientos en la vida diocesana, apreciando la riqueza de su experiencia comunitaria, formativa y misionera. Conviene prestar especial acogida y valorización a aquellos movimientos eclesiales que han pasado ya por el reconocimiento y discernimiento de la Santa Sede, considerados como dones y bienes para la Iglesia universal.” (Num. 313, documento conclusivo de la V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE. Aparecida, 13-31 de mayo de 2007).

En consonancia con estas palabras, después del "reconocimiento jurídico formal" y de hacerlo "patrimonio universal de la Iglesia", el Camino Neocatecumenal es acogido y valorado con especial interés por la Jerarquía de la Iglesia. Y para todos los fieles es una garantía de que su actuar se corresponde con el Magisterio de la Iglesia.

TuPortalCatolico.info felicita y se congratula con todos los fieles que han encontrado su conversión en este camino y agradece a sus fundadores, Kiko Argüello, Carmen Hernández y Padre Mario Pezzi por su labor incansable y su entrega al servicio de la Iglesia.


HÉCTOR E. ROLDÁN H.

14 de junio de 2008


007 - 04 de Mayo de 2008

NECESITAMOS URGENTEMENTE UN PENTECOSTÉS

Hay un peligroso diálogo que entablamos con el demonio cuando nos afectan los sinsabores de la vida, un peligroso diálogo que nos arroja en una vertiginosa espiral de caída hacia la desazón, hacia el sinsentido de la existencia.

Porque una cosa sabemos cierta: sin una esperanza, la vida no tiene ningún sentido, sin la esperanza cristiana, este lapso de unos cuantos años en que tenemos conciencia de nosotros mismos es un absurdo, sin una esperanza escatológica esta aparición de nuestro ser es totalmente ilógica. ¿Qué sentido tiene vivir para morir? ¿Qué sentido tiene que el universo cree o invente un ser con conciencia de su existencia para que solo dure un infinitesimal instante y luego desaparezca? ¿Qué sentido tiene que formemos parte de un orden establecido por unos seres intrascendentes, moribundos, sin otro objetivo que la muerte, qué sentido tiene que cumplamos con un trabajo, con el respeto a unas normas, que tengamos que mirar cómo unos pocos disfrutan de riquezas y que los demás deban conformarse con ser sus servidores, cuando lo que nos espera a todos es el mismo destino de desaparecer en pocos años? Esto, ciertamente, es un absurdo. Esta es la razón que encuentran los suicidas para desdeñar la vida: el sinsentido.

Cuando estamos frente a un momento de desesperación, quizás de tristeza o de angustia, comienza este diálogo con el demonio. Porque él tiene una misión, la tarea que se impuso por su soberbia: borrarnos el amor de Dios. Cuando sufres llega a ti con sigilo y te plantea la pregunta: ¿cómo puedes creer que Dios te ama si te deja en medio de este sufrimiento? En definitiva, es la misma pregunta que en el Génesis plantea la serpiente: ¿Cómo puedes creer que Dios te ama, si no puedes ser como Él, si te pone a sufrir prohibiéndote comer del árbol del bien y del mal, si te limita?

Cuando le das cabida en tu corazón a este interrogante, se desata inmediatamente la espiral de dudas que conduce a una encrucijada de sombras y de muerte. ¿Por qué esto me pasa a mí? Y esta experiencia la viven con más fuerza los que están en la misión de extender la Buena Nueva de la Salvación. Porque allí ha habido una vida de renuncia, de entrega: ¿Si yo he dedicado toda mi vida a difundir el Evangelio, por qué mi hijo está en las drogas o por qué mi hija ha caído en la prostitución? ¿Por qué mis hermanos o parientes, o qué se yo, mis allegados, caen en desgracia o se enferman, si yo soy tan bueno? ¿Por qué me atormenta la concupiscencia y la lujuria si quiero ser sal y luz para el mundo? ¿Acaso no sirve de nada todo cuanto he hecho o todo aquello a lo que he renunciado? ¿Es que Dios no valora mi esfuerzo?

No se, son muchísimas preguntas que pueden surgir desde el fondo de nuestra desesperación cuando abrimos nuestra mente a este diálogo mezquino. No entiendes, por ejemplo, cómo otros van a creer en lo que difundes si tu hogar está zozobrando. Y entonces crees que cuanto has hecho no tiene sentido: el demonio te borra el amor de Dios. Esa es su misión: decirte que Dios no te ama, que estás solo, que eres un fracasado, que el mundo ha tenido razón, que no has tenido éxito, que si hoy no tienes pertenencias, que si tu trabajo es inestable y no ves cerca una buena pensión, que si los que te rodean no han seguido tu ejemplo, eres un fracasado y tu vida no tiene ningún sentido. Su misión es conducirte a la desesperanza, llevarte al desaliento,  sembrarte el pesimismo, sumergirte en la muerte óntica. Porque el demonio sólo puede ofrecerte la muerte, la misma que te ha entregado en el pecado.

¿Qué hay frente a esto? Si no hay un Pentecostés en tu vida, es realmente muy difícil reaccionar. Porque se necesita la luz del Espíritu Santo para romper este diálogo perverso. Cuando la persona que está desesperada clama a Dios y desde el fondo de su alma le grita “Si verdaderamente existes, sálvame”, es el Espíritu el que inunda el ser y le rescata. Hemos escuchado muchas historias de estas: drogadictos, asesinos, prostitutas, desesperanzados de todas las clases que han clamado desde el fondo de la sin-salida, después de luchar infructuosamente toda la vida, y han obtenido una respuesta que las ha transformado porque algo superior a ellos ha venido a su rescate.

Esa es la fuerza que necesitamos, la fuerza del Espíritu Santo, el Paráclito que prometió Jesús:

…y  yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. (Jn 14, 16-17)

¿Le conocemos realmente? ¿Hemos tenido un Pentecostés en nuestra vida? Sólo por la acción del Espíritu Santo podemos reconocer el amor de Dios. Si no es así, estaremos bajo el engaño del demonio, dando por cierto que lo que el mundo nos ofrece es todo a cuanto podemos aspirar: confort, riqueza, éxito, y pare de contar.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.(Jn 14,26)

¿Qué nos ha dicho Jesús?: algo totalmente diferente a lo del mundo: “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces, nos invita a dejarlo todo por su amor. El Espíritu tiene la misión de recordarnos todo cuanto Jesús nos ha dicho. Y lo que Jesús nos ha dicho no es palabra muerta, es palabra viva. Sin lugar a dudas, Jesús nos ha hablado en nuestras vidas. A cada uno de nosotros ha hablado. En algún momento nos ha llevado al desierto y allí ha sido claro. Pero necesitamos la fuerza del Espíritu para reconocerle y recordarle, para ver. Porque hemos andado como ciegos, no vemos el amor de Dios presente en nuestras vidas. No reconocemos que en la enfermedad, en la cárcel, en la quiebra, en ese desierto, Jesús nos ha despojado de los ídolos y nos ha mostrado su rostro para que le reconozcamos como nuestro único salvador. Hemos tenido mil desiertos y no le hemos visto, le hemos dejado pasar de largo, no hemos clamado como Abraham: “Si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor” (Gn 18, 3). Abraham reconoció al Señor y le clamó. Nosotros le dejamos pasar de largo. Necesitamos un Pentecostés.

Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. (Jn 15, 26)

Necesitamos un Pentecostés, necesitamos que el Espíritu de testimonio de Jesús. Porque el demonio nos tiene bajo su engaño.

Señor, quiero ver. Estoy ciego, Señor, devuélveme la vista. Porque en esta ceguera sólo veo lo que el demonio me muestra: que nada tiene sentido, que no tengo el amor de Dios; no veo el amor de Dios. Señor, se que tú has actuado en mi vida, pero pronto lo he olvidado. Envíame tu Espíritu para que Él me recuerde siempre lo que has hecho, para que me permita tener presente el amor de Dios que ha estado por siempre. No pases de largo, detente en mi puerta. Te daré lo mejor, todo cuanto me has dado es tuyo: mis bienes te pertenecen, todo eso lo desprecio por tenerte a ti.

Con el Espíritu Santo, Jesús me ha regalado memoriales, sólidas manifestaciones del amor de Dios, sellos indelebles, que permanecen intactos en medio de la tormenta, testimonios del amor de Dios para romper el diálogo que el demonio me presenta. Así, la tarea de engaño del demonio es más difícil.

…y cuando él [el Paráclito] venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia  porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. (Jn 16, 8-11)

Cuando el engaño del demonio obra, se borra el amor de Dios, no lo vemos, nos invade la duda y no creemos en Cristo. La vida pierde su sentido y nos inunda la convicción de que no es justo vivir así, de que esta existencia es injusta; se nos borra Cristo, olvidamos su redención y ya no le vemos. Y caemos en la desgracia del juicio, porque quedamos juzgados con el que nos ha engañado: al hacer las obras del mundo y al conformarnos con la visión que nos presenta Satanás, nos unimos a su destino de condenación.

Necesitamos urgentemente un Pentecostés en nuestra vida, que el Espíritu Santo pase recordándonos los memoriales que el amor de Dios ha sembrado en nuestras vidas. Un Pentecostés que nos manifieste el amor de Dios, que contrarreste la catequesis del demonio.

Frente al “Dios no te ama” que te susurra Satanás, está la palabra que llevan los que anuncian la Buena Nueva: “DIOS TE AMA. Hay un sentido para tu vida, Cristo te ha redimido, ha dado su vida por ti, ha pagado con su sangre. No sigas anclado a tu pecado; levántate, toma los memoriales que Dios te ha regalado y combate contra el enemigo.”

Hay un combate. Es cierto que hay un combate. Y es contra un enemigo que es más fuerte que tú. Pero no estás sólo, tienes el aliado que tiene garantizada la victoria, acepta su alianza y vencerás con Él.


HÉCTOR E. ROLDÁN H.

04 de mayo de 2008

006 - 12 de Abril de 2008

JESÚS... EL BUEN PASTOR
   

He pasado por mi existencia juzgando sobre lo humano y lo divino, sintiéndome con el derecho de opinar y controvertir sobre las acciones de cada hombre. Eso es lo que he hecho todo el tiempo. Así, he condenado al guerrillero y al paramilitar que han matado, al narcotraficante que ha destruido la juventud, al que ha fornicado y al que ha adulterado, al que me ha incumplido, al que no me ha entendido, al que no ha estado de acuerdo conmigo, al que no me ha permitido hacer lo que he querido, al que me ha cobrado y al que no me ha prestado, al que no me ha obedecido, al que me ha querido enseñar y al que no ha querido aprender lo que le he enseñado, a mis jefes que no valoran mi trabajo y a mis subalternos que desprecian mis órdenes, a mis hijos y a mi esposa (y a todos los que me rodean), que no son como yo quiero que sean...

Es una lista muy grande, con la cual he acumulado lo peor de mi vida: tristeza e insatisfacción. Esa es la razón por la cual no he podido ser feliz; he estado atado a tantas cosas que no me permiten ver al projimo como Creación de Dios, sino que, por el contrario, me lo señala como el impedimento para la realización de mi voluntad. En definitiva, durante todo el tiempo he antepuesto mi voluntad a la voluntad de Dios, mientras que repito, de boca, "hágase tu voluntad..."

Me he llenado de bienes, he acumulado riquezas. Además de lo material, he cargado sobre mí un ego impresionante, que no puede ser vulnerado, una serie de razones, de principios y de valoraciones inamovibles, títulos, logros, posición social, reconocimiento, jerarquía, gustos, apetencias e inclinaciones; es decir, he forjado mi riqueza sobre una base endeble, incapaz de trascender la muerte. He levantado tan alto el poder de mi criterio que el otro simplemente tiene que sucumbir, anonadarse, morir, desaparecer, diluirse en lo que yo soy. He levantado una torre tan alta que oculta el cielo a quienes están frente a mí. En este reino no hay espacio para el otro: es el reino de la soledad, del infierno desde ahora.

El Señor me invita a despojarme de mis bienes, a descargar todo este edificio que llevo sobre mis espaldas y que no me permite levantarme. Él me dice "Levántate, coge tu camilla y no peques más". Y me ayuda con acontecimientos. Porque permite que mi sabiduría se vea pisoteada, que mi nombre se vea mancillado, que mi reputación cojee, que mis hijos se equivoquen, que todo cuanto hago vaya contra lo que he planeado, que, finalmente, se haga su voluntad y no la mía. Todos mis juicios se han devuelto contra mí. Me quiere devolver la vista poniendo barro sobre mis ojos.

Todos estos acontecimientos me dicen claramente: "Jesucristo te devuelve la salud: levántate, y arregla tú mismo la cama"(Cf. Act 9, 31-42). Porque el peso de todas mis pertenencias me ha tenido postrado, quejándome de los demás, lamentándome por mi suerte. Mis juicios me han aplastado. Ahora debo levantarme y arreglar la cama, tenderla y adornarla para que no quede en ella muestra alguna de mi postración. Mi hacienda está erigida sobre mis juicios. Para poder remover mis juicios es necesario que me despoje, que renuncie a mi hacienda: “anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Porque no puedo seguir a Cristo mientras tenga ese peso encima, mientras esté postrado. Primero necesito arreglar mi cama.

El Señor se ha metido conmigo y me quiere sanar. Ha dado ya la orden para que me levante. Ahora todo depende de que yo crea que tiene el poder y de que acepte su orden. Ahora tengo una esperanza, veo la luz al final del túnel.

Jesús es el Buen Pastor. Él, conocedor de la naturaleza humana, bien conoce mi debilidad. Porque desde la Creación supo que acepté del demonio la oferta de querer hacerme dios y juzgar, decidí tomar del fruto del árbol del bien y del mal y me erigí como juez implacable. Esa, hermano, es nuestra mayor debilidad. Jesús nos ve tendidos, destruidos, abatridos por el enorme peso de esos juicios que brotan y se multiplican, que nos apartan del amor de Dios porque, entre otras cosas, también a Él lo juzgamos. Jesús, el Buen Pastor nos muestra la puerta por la cual el mismo entra y sale del redil. Es la puerta del amor extremo: la caridad que todo lo da y nada exige, que no juzga, que perdona, que tiende siempre la mano para ayudar al que lo necesita, que da limosna sin preguntarse a quien ni para qué, que da la vida a pesar del oprobio y del rechazo, despojado Él mismo del oprobio y del rechazo.  Él ha entrado y salido por esa puerta. Todo el que no utilice esta puerta no viene de parte de Dios, sinó del diablo. 

Jesús, el Buen Pastor, nos ha sanado con su vida. Está en nuestras manos aceptar esta sanación.




005 - 30 de Marzo de 2008

Y DESPUÉS DE LA PASCUA... ¿QUÉ?
 

El saludo de la Iglesia después de la resurrección del Señor es un corto diálogo:

 -   Cristo, El Señor, ha resucitado.

-    Verdaderamente ha resucitado. Aleluya.

 Hermano, espero que hayas resucitado con Cristo. Él ha dado La Vida por ti y por mí. Y no solamente su vida, lo cual ya es muchísimo, sino La Vida, toda La Vida. Porque Él, con su muerte y resurrección ha creado un nuevo lazo que reemplazó aquel roto por el pecado, lo que nos había conducido a la existencia en esta concupiscencia temporal y a la muerte, destino escatológico del pecador.

Si los dolores que padeces en tu cuerpo y en tu alma son el reflejo de tu meditación en la Pasión de Cristo, muy seguramente es Él mismo quien ha pasado por tu vida rescatándote de la frivolidad, del egoísmo, de la muerte.

Es muy frecuente que, mientras meditamos en la Pasión, o mientras vemos una de tantas películas que nos remontan a aquellos momentos en que se condena al Señor, sintamos algún tipo de aversión, de rechazo por la turba que gritaba “crucifícale, crucifícale”: unos hombres engañados, entre ellos los más santos de la época: los fariseos y el Sanedrín en pleno. ¿Cómo pudieron aquellos hombres santos buscar, presionar, azuzar y exigir la crucifixión de nuestro Señor?

Entonces, nos sentimos como apartados, como alejados de aquella circunstancia. Nos parece que, de haber estado en ese lugar, nosotros no hubiésemos comulgado con esos hombres y, con toda seguridad, hubiésemos gritado “libérale, libérale”. Pero los hechos de la vida nos muestran otra cosa.

Al borde de algún conflicto, ¿cuántas veces hemos gritado “bombardéale, destrúyele, mátale”?. Nos hemos sentido como los “buenos” de aquella época, poseedores de la razón, y hemos condenado al otro. Y en esa condena hemos sentenciado a Cristo.

Eso es lo que me ha dejado la meditación de esta Semana Santa. Yo, que he sentido alegría por la muerte de otro, del que me estorbaba, del que era mi contradictor, del que hacía las cosas usando los métodos que yo no acepto, he sentido alegría, entonces, por la muerte de Cristo, porque en ese prójimo he matado a Cristo. Baste con recordar a Mt 5, 21-22: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.”

Yo, que he llamado a mi hermano “renegado”, “irracional”, “insensato”, ya se de qué soy culpable ante el Señor. Porque el Señor mismo, desde la cruz, no condenó. En su lugar, perdonó y oró por quienes le condenaron: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34). No condenó Él mismo a quienes le quisieron destruir, ¿quién soy yo para destruir al otro? Mi único derecho es el derecho a morir sin defenderme, como Cristo, si es que creo en Cristo. Por supuesto, no es fácil. Nadie quiere ser mártir. Sin embargo, todos nos sentimos buenos.

Mt 5, 20: Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.”

Cristo nos quita este velo, este barro que no nos deja ver: Él es el agua viva que da la vida, que permite nuestro lavado. En su fuente lavamos el barro que nubla nuestros ojos, que no nos deja ver.  Él nos muestra que no hay uno bueno, que todos merecemos la muerte, pero que nos dio su vida, la vida del santo, para restaurar nuestro derecho a la santidad, para regalarnos la vida eterna.

Ahora, en esta etapa entre la pascua y el Pentecostés, la Iglesia celebra, junto con la resurrección del Señor, el inicio de la comunión de los cristianos, el nacimiento y la maduración de las primeras comunidades cristianas que todo lo compartían, que todo lo tenían en común porque vivían el amor con que Dios quiere que nos amemos: la caridad. Un amor tal que todos se hacen siervos, ofrendas de sal y luz para los demás. El regalo de la Pascua es la comunión. Así, habiéndonos descubierto pecadores, reos de muerte, la comunidad viene a nuestro rescate, como apoyo para aliviar nuestra debilidad. La comunidad de los que conforman el cuerpo de Cristo, por la que nos podremos santificar. La comunidad fundada por Cristo, su Iglesia, instrumento de salvación que nos acoge y dispensa los sacramentos para nuestra salud espiritual, para curar nuestra hambre de amor, nuestra sed de justicia, con una justicia nueva, con una paz nueva, no como la del mundo (Cf. Jn 14, 27).

Estamos, entonces, ante una nueva experiencia, ante una nueva forma de ver el mundo, una manera radical, que exige compromiso, que comporta nuestra conversión momento a momento, que requiere tener  siempre presentes las victorias de Jesucristo en nuestras vidas para no perder el rumbo, para no dejarnos seducir por el maligno, para no desanimarnos por nuestras caídas.

Ánimo, pues, que Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Tiene poder sobre la vida y la muerte. Él es quien tiene el poder de rescatarnos.


004 - 20 de Marzo de 2008

¿QUÉ ES LA PASCUA?
 

Todos los años, el pueblo católico celebra la Pascua. Es esta una celebración que heredamos del pueblo Israelita. Pero, ¿qué es? ¿Qué significado tiene?.

Quizás hemos escuchado muchas veces que “Pascua” significa “paso”, pero esto por sí solo nada o poco nos dice. La pregunta recóndita que surge, aunque nos de un cierto temor plantearla, es ¿cómo ha pasado Dios por nuestras vidas para que celebremos una Pascua? ¿Por qué celebramos una Pascua en términos religiosos, acudiendo a Dios, pretendiendo acercarnos a Él?

Lo primero que hay que decir es que al comienzo de la Creación, cuando el hombre estaba en su estado de gracia ante Dios, hubo uno que pasó destruyendo: el demonio se metió con el hombre y con su paso por la vida de Adán destruyó la unión con Dios que le daba al hombre la vida. Esta pascua del demonio nos trajo la muerte, porque elegimos escucharle y romper nuestra alianza, nuestro pacto de criaturas fieles con Dios. Creímos que Dios nos limitaba, que no nos dejaba ser como Él. Desde entonces hemos querido ser los dueños de nuestro destino y obrar como dioses. Y como no logramos ser dioses, entonces nos viene el sufrimiento. Continuamente nos chocamos con nuestra incapacidad por cambiar el mundo, con nuestra impotencia para lograr que las cosas salgan como queremos, con la irracionalidad de juzgar que las cosas son como pensamos que son. Porque hemos usado nuestra razón para juzgar al mismo Dios y a nuestros hermanos.

Estando en muerte ninguna esperanza había para el hombre. Por nuestras propias fuerzas no podemos reconstruir la relación con Dios rota por nuestra voluntad. Es como un astronauta que ha decidido separarse de su nave: no tiene como regresar a ella. Está perdido, a menos que desde la misma nave se inicie su rescate. Y, por fortuna, esto es lo que ha pasado: Dios ha decidido iniciar la búsqueda. Él ha tomado la iniciativa para rescatarnos de la muerte en el infinito de la nada, de la muerte de nuestro ser. Y para mostrarnos su voluntad nos ha regalado signos que nos han hecho presente esta alianza. Así hizo su pacto con Noé, con Abraham y con Moisés. Mediante sacrificios que sellasen esta alianza, Dios nos ha hablado de su voluntad de cambiar nuestro estado, de pasarnos de la muerte a la vida. Con Noé hizo un pacto de vida para no destruir a la creación por el pecado, con Abraham hizo un pacto de vida al prometerle una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo o como la arena del desierto, con Moisés, y con el pueblo israelita todo, hizo un pacto de vida al rescatarlos de la esclavitud de los egipcios, abriendo el Mar Rojo y cerrándolo detrás de ellos, alimentándolos con maná, codornices y agua abundante en el desierto. Y con la humanidad entera ha sellado su pacto de vida al enviarnos a su Hijo, a quien crucificamos y matamos. Pues ha sido Él, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, quien con su muerte nos ha restaurado la Vida. Porque si todos los pactos del Antiguo Testamento se sellaban con la muerte de un cordero, este se selló con la muerte del Cordero de Dios. Con su resurrección se selló el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el pecado, de la misericordia de Dios sobre la soberbia de sus criaturas.

Bien, pero esto no tiene ningún significado si no experimentamos la pascua en nosotros mismos. No se trata de una salvación lejana, que no podemos sentir, que no pueda ver cada uno de nosotros en su propia vida. Se trata de la salvación que Dios ha hecho contigo y conmigo, de lo que ha hecho en ti y en mí. Porque si no lo veo, ¿qué pascua puedo celebrar?

Es claro, si no he experimentado el poder de Dios en mi vida, si no he experimentado su rescate, no tengo nada que celebrar en estos días. Pero una cosa es cierta: si no lo he experimentado no es porque Dios no haya pasado por mi vida. Si no lo he experimentado es porque mi soberbia no me deja ver la obra de Dios en mi historia. Si no lo he experimentado es porque estoy ciego, y ciego de nacimiento. Por eso rechazamos el sufrimiento, por eso nos escandalizamos del dolor, por eso creemos que es justa la eutanasia cuando alguien sufre sin esperanza, por eso creemos que es justo el matar a un indefenso cuando el embarazo no es esperado. Pues, hermano, Jesús desde su cruz no pidió la eutanasia. Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre, aceptó la Voluntad del Padre y la llevó hasta el extremo. Y María, cuando le concibió sin ni siquiera haber tenido una relación con hombre alguno, no se desesperó y buscó el aborto. No, ella simplemente dijo al Padre, “hágase tu voluntad”, en un amén que nosotros repetimos despojándolo casi siempre de todo el sentido de trascendencia que lleva. Así, en el sufrimiento de María, en el sufrimiento de Jesús, Dios hizo grandes cosas, proezas inmensas: por el sufrimiento de María nos fue entregado el Redentor, por la muerte de Jesús nos fue entregada la Redención. ¿Puedes creer ahora que tu sufrimiento no tiene ningún valor? ¿Puedes creer ahora que cuando has estado enfermo, que cuando has estado en una cárcel, que cuando te han violado, que cuando has estado sin trabajo, Dios no ha estado haciendo una obra maravillosa contigo? Pues, verdaderamente allí el Señor ha pasado por tu vida, allí el señor ha querido doblegar tu soberbia para que le mires, para que aceptes su redención, para que te vuelvas a Él y sientas su amor, para que te despojes de tu razón que todo lo juzga y te lances a la experiencia de amar hasta el extremo. Despojándonos del juicio que nos trae la razón entramos en el descanso, realizamos la voluntad de Dios que es el amor:

“Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas”  (Rom 2, 1).

 
Así, estimado visitante de esta página, que esta Pascua signifique para ti descubrir el paso de Dios por tu vida, ver como Dios ha hecho maravillas en ti y las sigue haciendo, aún si estás en tu lecho de enfermo, o sin trabajo o en medio del sufrimiento. Allí el Señor te está rescatando de la muerte y te está amando profundamente.

 

Feliz Pascua de Resurrección.




HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS
20 de marzo de 2008


                                             [  Regresar al inicio  ]


003 - 12 de Marzo de 2008

¿HAY SIETE NUEVOS PECADOS CAPITALES?
 
Esta semana la prensa, en todas sus formas, ha lanzado una nueva afirmación que se ha difundido como una explosión:

- Los nuevos pecados capitales (Periodistadigital)
- Quien no recicle basura irá al infierno: (El Mundo)
- Vaticano hace lista de nuevos pecados capitales: (laprensahn)
- Siete pecados capitales para nuevos pecadores: (lomas)

Estos titulares se han repetido por todos los medios de comunicación, con largas encuestas y opiniones de los oyentes, muchas veces “ahondando” en discusiones teológicas de quienes nunca han cogido una Biblia.

En definitiva se ha querido presentar, desde la privilegiada tarima del periodismo, utilizando el desconocimiento, la desinformación y citando fuera de su verdadero contexto algunas declaraciones, a una Iglesia preocupada por crear elementos de condenación. Esto, por supuesto, va contra la verdadera función de la Iglesia, la cual es “instrumento de salvación”. Algunos han llegado a afirmar que “Ahora el Papa Benedicto XVI se moderniza y apuesta por pecados más sociales, muy de moda con la globalización que hoy vivimos.” (lomas)

LAS FUENTES DE LA INFORMACIÓN

El diario oficial del Vaticano, "L'Osservatore Romano", publicó una entrevista a Monseñor Girotti, Obispo franciscano, regente de la Penitenciaría Apostólica del Papa,  al concluir un seminario de una semana que se llevó a cabo en el Vaticano.

En dicha entrevista, el alto prelado de la Iglesia Católica no hace una presentación de nuevos pecados capitales, sino que enumera "nuevas formas de pecados sociales", entre las cuales cita:

- Pecados en el área de la bioética,  "en la cual no podemos dejar de denunciar violaciones de los fundamentales derechos de la naturaleza humana, a través de experimentos y manipulaciones genéticas"
 
- "Otra área propiamente social es la de la droga, a través de la cual se debilita la psiquis y se oscurece la inteligencia, al dejar a muchos jóvenes fuera del circuito eclesial".

- Pecados en las áreas social y éconómica, que conducen a grandes desigualdades: "los pobres son cada vez más pobres y los ricos siempre más ricos, alimentando una insostenible injusticia social"

- Pecados en el "área de la ecología, que hoy tiene una relevancia muy interesante".

Monseñor Girotti destacó que para determinar qué es pecado siempre hay un mismo punto de referencia: "la violación de la alianza con Dios y con los hermanos". Agregó, además, que "Si ayer el pecado tenía una dimensión más bien individualista, hoy éste tiene un valor, además de individual, sobre todo social, debido al gran fenómeno de la globalización".

Por tanto, no se trató de hacer una presentación de “Nuevos pecados capitales”, sino de enumerar “faltas modernas, consecuencia del proceso de globalización que vivimos hoy, pero que en rigor de verdad ya están contempladas no sólo en el Catecismo de la Iglesia Católica (de 1992), sino también en el último Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica (2004) y en varias encíclicas de Juan Pablo II”, como bien lo concluye el diario La Nación, de Argentina.


¿CUÁL ES, ENTONCES, LA VERDAD DE DICHA INFORMACIÓN?

Hemos conocido la enumeración de los supuestos nuevos pecados capitales:
- No realizarás manipulaciones genéticas.
- No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones.
- No contaminarás el medio ambiente.
- No provocarás injusticia social.
- No causarás pobreza.
- No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común.
- Y no consumirás drogas.

La verdad es que dicha lista fue presentada con el carácter de “actitudes pecaminosas”, que la percepción popular tiene como situaciones que afectan los derechos individuales y sociales. Y más, como referencia a pecados mortales, que la prensa profana ha confundido con “pecados capitales”.

Los pecados capitales son los mismos de siempre: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, y los pecados mortales (los relacionados en dicha lista y los demás) están enraizados en aquellos.

Así, la manipulación genética y la realización de experimentos con seres humanos (incluidos embriones) cae en el campo de la soberbia, por cuanto nos hacemos dioses abrogándonos el derecho de manipular la vida. La contaminación del medio ambiente, la injusticia social, el causar pobreza y el enriquecimiento hasta límites obscenos están todos ellos enraizados en la avaricia, por cuanto obedecen al afán de usar los bienes que Dios ha dispuesto para el bien común, con la exclusiva función de poseerlos en beneficio propio. Es claro que todo pecado, aunque se puede identificar dentro de uno de los pecados capitales, tiene raices en  los demás, porque, finalmente se trata, como ya se dijo, de un atentado contra la alianza con Dios y con los hombres. Por eso, la manipulación genética también se puede interpretar dentro del pecado de la avaricia, por cuanto obedece en muchos casos al interés de enriquecerse con el usufructo de estos nuevos conocimientos, más allá del debido respeto al ser humano, a su dignidad y a su integridad. Igual en los demás casos. Asi también sucede con el consumo de drogas, para el cual, a simple vista, es más difícil encontrar un pecado capital directo que sea su raíz. Obviamente, atenta contra el derecho exclusivo que tiene Dios sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. Al consumir drogas atentamos contra nuestra propia integridad, arrebatamos a Dios el derecho que tiene sobre nosotros, y nos erigimos como nuestro propio dios. Por tanto, cae en el campo de la soberbia. También tiene que ver con la lujuria y la gula, por cuanto quien consume drogas busca exclusivamente el placer, sin considerar las consecuencias para su integridad y la voluntad de Dios.

CONCLUSIÓN

Es evidente que no hay nuevos pecados capitales y que, mucho menos, la Iglesia dicta pecados por decreto o por bula. La Iglesia tiene una doble misión: anunciar y denunciar. Anunciar a Cristo, anunciar la salvación, anunciar el amor de Dios. Pero también está obligada a denunciar todo aquello que atenta contra el cumplimiento de la Alianza. Enriquecerse no es un nuevo pecado. Baste para ello recordar las palabras de Jesús al Joven rico:

«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos»  Mt 19, 21-24.

Y es también entendible que quienes se han enriquecido sientan miedo y quieran rechazar a la Iglesia cada vez que se denuncia esta actitud. Nuestra condición concupiscente y el engaño al que estamos sometidos por el demonio nos llevan a despreciar y refutar a quienes nos muestran nuestra condición de pecadores.


HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS
12 de marzo de 2008


                                             [  Regresar al inicio  ]


002 - 24 de febrero de 2008

La Iglesia es instrumento de Salvación

El evangelio correspondiente al tercer domingo de cuaresma (Jn 4, 5-42) nos trae entre muchas enseñanzas una frase cargada con un profundo significado. Le dice Jesús a la Samaritana: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos”. Tantas veces Jesús predicó con palabras duras contra los escribas y fariseos, líderes de los judíos, y sin embargo ahora reconoce que ha sido voluntad del Padre que la salvación provenga de ellos.

Estas palabras son esenciales hoy, cuando tantos alejados de la voluntad de Dios lanzan diatribas contra la Iglesia. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Para extender su Iglesia Jesús se escogió once discípulos a quienes mostró que Él era el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Y de estos hombres, uno le traicionó entregándole, otro hirió a un soldado (traicionando su evangelio de amor) y le negó más tarde, aquel mismo día, y otro más no creyó inicialmente en su resurrección, sin contar con que todos salieron despavoridos cuando fue hecho cautivo. Así, a vuelo de pájaro, el treinta por ciento de sus elegidos le falló. No por eso Jesús destruyó su Iglesia, antes bien, sobre hombres débiles, incluyendo aquellos que se arrepintieron de su traición, envío luego el Espíritu Santo. ¿Quién tiene el derecho de llamarla “ramera”, “nueva Babilonia”, o de negar que, a pesar de estar fundada sobre hombres débiles, es precisamente la Iglesia de Cristo? 

Es cierto, desde el principio y hasta el fin estará compuesta por fieles que pecamos, que dudamos del amor de Dios, que tenemos endurecido nuestro corazón porque nos creemos dioses, porque estamos acostumbrados a hacer nuestra voluntad y no la del Padre. Pero es precisamente sobre estos hombres sobre los que actúa Dios para seguir revelando su amor. Como sobre Pedro, quien al final murió también en una cruz, del mismo modo en que murieron casi todos los apóstoles, o como sobre Pablo, que después de haber sido perseguidor del Señor, se convirtió en adalid de esta Iglesia, débil en los hombres pero fuerte en Cristo, para morir decapitado por la causa de Cristo.

En efecto, también quienes persiguen a la Iglesia, como lo hizo Pablo, están llamados a la conversión y a la unidad. La Iglesia no fue fundada por Jesús contra los judíos, sino con los judíos. Y así como de ellos viene la salvación, ésta pasa directamente por la Iglesia destinada por Cristo para ser precisamente “instrumento de salvación”. Dentro de la Iglesia podemos decir “nosotros adoramos lo que conocemos”, porque ella es Madre y Maestra, en ella está la verdad y ella transmite la verdad de Cristo, ella es el cauce por el cual corren los ríos de agua viva hacia cada uno de los bautizados, todos miembros de un mismo cuerpo, el cuerpo místico de Cristo.

Si los sacerdotes pecan, no es menos cierto que cada uno de nosotros peca. Y, siendo así las cosas, ¿quién puede tirar la primera piedra? Igual que a la mujer adúltera, Jesús no nos condena: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» (Cf. Jn 8, 11). Cristo no nos condena, son los pecados los que nos condenan. Todo lo contrario,  Cristo nos salva por el misterio de la conversión.

Así que, ánimo, tengamos confianza plena en que nuestra Iglesia, la Iglesia de Cristo, nos hace presente el Reino de Dios y nos comunica la Salvación. Y quienes persiguen a la Iglesia, ánimo también, ella los espera con los brazos abiertos: que la conversión de Pablo los anime, porque él, de perseguidor, pasó a ser testigo del amor de Dios, abanderado de la causa de Cristo, en comunión con Pedro y con los demás apóstoles. A pesar de las discrepancias, no fundó una iglesia aparte. Por el contrario, lucho por su unidad (Vosotros no pertenecéis ni a Apolo ni a Cefas ni a Pablo: "Vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios" [1 Co 3, 23]).

Héctor E. Roldán
24 de febrero de 2008
INICIO      Página de inicio  ]


001 - 13 de febrero de 2008

Controversia por palabras de Su Santidad Benedicto XVI sobre el infierno

La reiteración de que el infierno existe por parte del Papa Benedicto XVI es aprovechada por la prensa al servicio de la masonería para sembrar el desconcierto.

¿Qué ha dicho Juan Pablo II?

“El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033)” (Juan Pablo II, Audiencia del 28 de julio de 1999, [enlace con el documento completo aquí]).

Esta fueron las palabras de S.S. Juan Pablo II cuando dedicó sus catequesis a hablar sobre el cielo, el infierno y el purgatorio. ¡Qué diferente es esto a la mentira que difunde la masonería y, al unísono con ella, los medios de comunicación, interesados en desprestigiar y derrumbar nuestra Iglesia! Nunca negó el Papa que el infierno fuera un lugar. Quiso explicar que tal “lugar” no se puede entender como comprendemos los lugares en la tierra: espacios definidos por un volumen y un tiempo. Porque, entre otras cosas, ¿qué volumen ocupa un espíritu?

Quiso decir el Papa, también, que el infierno es un estado al que se llega por elección voluntaria, es la consecuencia de morir en pecado, separados de Dios, autoexcluidos de su comunión. No hay ninguna contradicción con las palabras de Benedicto XVI.

De otro lado, la expresión “el infierno es un estado” puede tener una connotación no inmediata si nos referimos al Estado que define una nacionalidad: es la nación de todos los que han muerto en pecado, en ruptura absoluta con Dios, separados de su amor y, por ello, confinados al  lugar común de los que no ven a Dios y sufren las consecuencias de su ausencia.
 
¿Qué ha dicho Benedicto XVI?
 
"el infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno para los que cierran su corazón al amor de Dios" (Cf. Benedicto XVI, Fiesta de la Presentación del Señor - Jornada de la Vida Consagrada - Discurso al final de la misa) , Sábado 2 de febrero de 2008, [enlace con el documento completo aquí]).


 
Estas palabras tampoco lo identifican como un lugar. Es evidente que no hay ninguna contradicción, sino la simple afirmación de la doctrina de la Iglesia.
 
Es importante que descubramos cómo los medios nos someten a engaño, cómo transmiten mensajes sin investigación y profundidad, exhibiendo, cuando menos, un total desconocimiento de lo que expresan, aprovechando el sensacionalismo y buscando destruir la unidad de una Iglesia que ha perdurado y que tiene garantizada su permanencia en el tiempo. Fue Jesús mismo quien anunció: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Para atacar la “infalibilidad” del Papa la masonería pretende presentar los actos del Papa como contradictorios con los de sus antecesores. Otro recurso que utiliza es pretender que la Iglesia tiene que adaptarse a las necesidades de los hombres, a su moda cambiante. Por supuesto, la Iglesia es vigía de la Palabra de Dios, que no cambia, que ya está dicha.  Así que no nos dejemos engañar, vamos a las fuentes y andemos con los oídos bien abiertos.

INICIO      Página de inicio  ]


1