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REFLEXIONES

028 - 21 de julio de 2010Salmo 1
027 - 13 de abril de 2010Sacerdocio y Pederastia
026 - 10 de febrero de 2010La Familia
025 - 19 de diciembre de 2009Navidad
024 - 23 de octubre de 2009Sociedad contra la Vida
023 - 08 de Octubre de 2009Hedonismo
022 - 15 de Agosto de 2009Pan de Vida
021 - 29 de Junio de 2009Tiempo Ordinario
020 - 29 de Mayo de 2009La Coherencia en el Católico
019 - 09 de Mayo de 2009Falta a los Votos & Pecado
018 - 14 de Abril de 2009Dos Reflexiones sobre la Confianza
017 - 26 de Marzo de 2009Una Iglesia siempre vigente
016 - 02 de Marzo de 2009Cuaresma: Ayuno, Oración y Limosna
015 - 06 de Febrero de 2009Misión y terrorismo
014 - 16 de Diciembre de 2008Coherencia entre fe y vida
013 - 01 de Diciembre de 2008Adviento y Navidad
012 - 18 de Noviembre de 2008Instrumento de Salvación
011 - 24 de Octubre de 2008La Justicia
010 - 01 de Octubre de 2008Acontecimientos para reflexionar
009 - 05 de Julio de 2008Una Iglesia en Movimiento
008 - 14 de Junio de 2008
007 - 04 de Mayo de 2008Necesitamos urgentemente un Pentecostés
006 - 12 de Abril de 2008Jesús... El Buen Pastor
005 - 30 de Marzo de 2008Y después de la Pascua... ¿Qué?
004 - 20 de Marzo de 2008¿Qué es la Pascua?
003 - 12 de Marzo de 2008¿Hay siete nuevos pecados capitales?
002 - 24 de Febrero de 2008La Iglesia es instrumento de salvación
001 - 13 de Febrero de 2008Controversia por palabras de Su Santidad Benedicto XVI sobre el infierno


028 - 21 de julio de 2010

Salmo 1

arbol1 ¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta,
2 mas se complace en la ley de Yahveh, su ley susurra día y noche!
3 Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien.
4 ¡No así los impíos, no así! Que ellos son como paja que se lleva el viento.
5 Por eso, no resistirán en el Juicio los impíos, ni los pecadores en la comunidad de los justos.
6 Porque Yahveh conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos se pierde.

 
Este Salmo es un portal para todo el conjunto de poemas que constituyen el libro de los Salmos.

En una simple lectura se contemplan tres partes del salmo: La primera contiene la fórmula para alcanzar la felicidad: deleitarse en la Palabra del Señor, afincarse en la Ley de Dios para todas las acciones de la vida.

La segunda nos presenta la figura de un árbol enraizado al pié del río, frondoso, fuerte, apto para dar fruto, en contraposición a la paja (rama seca) que vuela sin rumbo, incapaz de producir algo.

Finalmente nos muestra el cuadro de lo que pasará con el impío.

“¡Dichoso el hombre…!” Es la voz de Dios presentando el destino de quien se entrega a su voluntad. Es la manifestación de la bienaventuranza del que está dispuesto a caminar según la Ley, no como una carga dura y pesada, sino con complacencia.

Vamos por partes. En el primer versículo el salmo nos muestra los tres pasos que pierden al hombre: escuchar al impío, detenerse frente al impío y compartir asiento con él. 

1-     ¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos…! El problema del hombre empieza con la desobediencia a Dios, cuando se presta oido a la duda que la serpiente siembra en la mujer. Y es también nuestra situación cuando abrimos el oido a todo lo que se nos dice. Por este recurso entra la insatisfacción: “¿Cómo es que no puedo comer del fruto de aquel árbol tan apetitoso?.... ¡Dios es injusto conmigo!”.  Prestamos nuestros oídos para recibir el susurro del demonio.

2-     ¡Dichoso el hombre que… no se detiene en la senda de los pecadores! Detenerse, parar, abandonar la rectitud para atender al que me quiere engañar. Luego de escuchar, aceptamos la relación con quien nos propone el mal, entablamos el diálogo. Aceptamos la duda sembrada y nos quejamos por todo cuanto nos sucede, vemos nuestras frustraciones en los logros ajenos, nos entristecemos por lo que no podemos poseer, creemos que las cosas no salen según nuestros planes, borramos el plan de Dios y nos construimos un plan que nos lleve por el atajo a lo que creemos nos da la felicidad.

3-      ¡Dichoso el hombre que…no  se sienta en el banco de los burlones! Finalmente, el hombre se acostumbra a esta compañía y toma asiento con ella, convive con ella, la incluye en su vida. Ya no solo escucha sino que actúa en contertulio con el malvado. Se atreve a vivir sin Dios y acepta la propuesta del demonio.

 El hombre que no cae en esta trampa realmente vive dichoso. Así, pues, el salmo comienza con la fórmula para alcanzar la felicidad.

El segundo versículo nos muestra en qué se afinca la complacencia del hombre dichoso:

Aquel hombre que “se complace en la Ley de Yahveh”, aquel que tiene en su corazón la Palabra del Señor y que se inquieta por lograr que sus actos estén en conformidad con la voluntad de Dios, aquel en cuyo interior “la voz de Dios susurra de día y de noche”, ese es el hombre dichoso.

Entonces viene el símil del hombre dichoso: “Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua” El árbol representa lo estable, lo permanente, lo inamovible, aquello en que se puede confiar, aquello que no va a mostrar otra cara. El árbol, también, es figura del árbol de la vida y del madero de la cruz mediante la cual fuimos redimidos. Las corrientes de agua nos muestran lo que corre, lo que se mueve, lo que cambia, lo que está en constante movimiento. Son los ríos de agua viva, Cristo, que alimenta al cristiano, que le transmite la vida. Por sí solo el hombre nada puede hacer, como no sea secarse y ser llevado por el viento. Con Cristo, está en movimiento, adquiere vida eterna. De este modo, “da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje”. El cristiano se reconoce por sus obras que se resumen en el amor, es el buen samaritano que ama a su prójimo y aún al desconocido; es el que acepta su cruz y se alimenta de la Palabra de Dios: es por esto que “todo lo que hace sale bien”.

El cuarto versículo nos muestra la contraparte:

“¡No así los impíos, no así! Que ellos son como paja que se lleva el viento.”

tamoA la imagen del árbol frondoso y lleno de frutos se opone la macilenta figura de la cascarilla que vaga seca y estéril, tal vez acompañada de otra hojarasca de la que sólo percibe la falsa dureza del estiaje, pero sintiendo que se desmorona hasta desaparecer convertida en polvo, como anuncio de cual será su propio destino.

El que presta oidos al maligno no tiene raices, ha perdido su horizonte y anda sin rumbo, camina en el desierto detrás de espejismos. Como el tamo, no puede dar frutos porque está seco y ha abortado la semilla.

El hombre que no ha escuchado la Palabra de Dios y que, en cambio, se ha prestado para seguir el consejo de los impíos y se ha envelezado con ellos, debe asumir la consecuencia de haberse alejado de Dios, de no haber aceptado su redención. Porque hay un juicio para todos los hombres con una sentencia establecida por sus frutos de amor. El impío ha rechazado su comunidad, ha rehusado ser miembro del cuerpo de Cristo, ha desdeñado ser parte de la iglesia. Por tanto está seco, no ha amado, ha desperdiciado la misericordia de Dios: “Por eso, no resistirán en el Juicio los impíos, ni los pecadores en la comunidad de los justos.”

Nos dice el salmo, finalmente, que el hombre impío es condenado por su propia desidia, por haberse deleitado en su propia soberbia, por haber deshechado el camino del Señor y haber optado por su propia ruta, una ruta que no conduce a ninguna parte: “Porque Yahveh conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos se pierde.”

El hombre impío no ha escuchado la Palabra de Dios. Por tanto, ignora que Cristo es “el camino, la verdad y la vida” (Cf. Jn 14, 6). Ignora que la única vía que conduce a la salvación es el camino de los justos. Ignora que el hombre no puede ser justo por sí mismo, sino que sólo alcanza justificación en Cristo:

“Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios - y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús.”  (Rm 3, 23s).

Así, pues, descubrimos en este salmo el derrotero del justo y el destino del impío. Es un salmo de Dios para los hombres con la promesa de que el hombre que pone su voluntad en la voluntad de Dios alcanzará la felicidad.

 

Héctor E. Roldán H.

Julio 21 de 2010   


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027 - 13 de abril de 2010

SACERDOTES Y PEDERASTIA
 

Durante esta Semana Santa pudimos ver, o al menos conocer los títulos de los “especiales” de los canales Discovery y otros similares. Especiales que se dedicaron a reciclar refritos como “la tumba de Jesús”, “el Código Da vinci”, “Las Plagas de Egipto”, “La Crucifixión por los Romanos”, etc.

¡Imagínense ustedes, “Especiales de Semana Santa”! Todo un gigantesco esfuerzo por demeritar y destruir la fe del cristianismo, por mostrar que todo tiene una explicación científica, que no hay milagros, que las historias que soportan la existencia de Jesús no son ciertas.

Adicionalmente a esto, se vino todo el ataque de la prensa sobre la pederastia de algunos sacerdotes y del supuesto “encubrimiento” por parte del Papa y de los Obispos. Tras los escándalos levantados ante el comportamiento de algunos (afortunadamente pocos) malos sacerdotes, se impetra a las autoridades eclesiásticas por no castigar a los culpables. Y muchos mal llamados católicos caen en la encelada que montan los medios masivos de comunicación, dando por verídico todo cuanto sofisma se ha publicado.

Hay tanto para decir, que es difícil empezar.

No hace mas de tres años, al Obispo de la ciudad de Manizales, Monseñor Fabio Betancur Tirado, un juez le dicto tres días de arresto por haber expulsado ocho años atrás a un seminarista por robo y conducta homosexual. Y ahora se tilda a la Iglesia de Laxa, de no intervenir a tiempo, en un juego de doble moral, al servicio de intereses mezquinos. Pero no cuestionamos al Estado cuando promueve la pedofilia distribuyendo condones y anticonceptivos a menores de edad, en aras de una mal llamada “libertad” o “salud sexual" de la población.

¿De qué se trata todo esto? Es muy sencillo: quien se ha opuesto a la anticoncepción, al aborto y a la eutanasia ha sido la Iglesia. Detrás hay un interés inmenso por un mercado de millones de dólares que mueven trasnacionales con mucho poder, ya que el sexo es uno de los grandes motores de la economía actual. Entonces, estos intereses han volcado su maniobrar para desvirtuar las acciones de su mayor oposición, la Iglesia.

¿Quién es el encargado de sancionar la conducta de los ciudadanos cuando se infringe la ley? La respuesta es obvia: cada Estado soberano. Entonces, ¿quienes han fallado en el castigo de los infractores por pedofilia? Obvia respuesta, también: los Estados. Bien sea porque los ciudadanos afectados no denuncian o porque el mismo Estado no ha tomado las acciones pertinentes. Entonces, ¿Por qué se pone a la Iglesia como la culpable de no castigar a los sacerdotes pedófilos? Me hago un nuevo interrogante: ¿las asociaciones de prensa han sancionado a los periodistas pedófilos?, ¿las asociaciones de médicos han sancionado a los médicos pedófilos?, ¿lo han hecho los abogados, los políticos? ¿O es que están libres de este pecado de la pedofilia?

En lo personal, tengo algo bien claro: la Iglesia no tiene por misión castigar.

En el Evangelio de San Juan, Capítulo 8, versiculos del 3 al 11, leemos:

“Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»”

Creo que esto hace muy sencillo todo lo que hay que decir: la Iglesia es instrumento de salvación, no de condenación. Y tiene la potestad dada por Dios para perdonar o retener los pecados:

“Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.” (Mat 18, 18)

Pero es nuestra justicia, aquella del ojo por ojo y diente por diente, la que no permite que el amor de Dios se exprese donde el demonio ha sembrado desolación, cólera, dolor. Y es el interés del amo del mundo aunado al de sus secuaces, esclavos del dinero, del sexo y del poder, el que enfila un ataque frontal contra el Instrumento Divino, contra la Iglesia, para engañar a los incautos, presas fáciles por desconocimiento de la verdad. Esto es parte de lo que está profetizado para el fin de los tiempos. Sin embargo, “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat 16, 18).

¿Hemos calculado cuantos mayores de 16 años tienen relaciones sexuales con menores de 13 años? Esto es la pedofilia. Cuando el padre le entrega anticonceptivos a su hijo, ¿no lo está abandonando en los brazos de la pedofilia, sea como agredido o como agresor?

Entonces se presenta un gran sofisma: “Es que los sacerdotes son pederastas o pedófilos porque no se les permite casarse”. Y esta es la mentira que más ha calado en la mente de muchos. Lo primero que hay que decir es que es falso que los sacerdotes sean pedófilos o pederastas. Sólo un bajo porcentaje de ellos lo son, al igual que pasa con cualquier otro núcleo o sector de la población.

Después, tampoco es cierto que el celibato sea la causa de estas desviaciones. Hice una prueba, sólo por curiosidad: en Google busqué “pastor condenado”. No con el afán de desdecir de los pastores ni de nuestros hermanos los evangélicos, sino para ver que tan cierto puede ser que si nuestros sacerdotes se pudiesen casar, bajarían los escándalos y delitos sexuales cometidos por algunos de ellos. El resultado fue sorprendente: a pesar de que los pastores evangélicos pueden casarse, encontré un gran número de casos de pastores condenados por delitos sexuales con menores. Así que este postulado es totalmente falso. Lo invito a que haga la prueba.

Así que todo se reduce a sofismas, engaños, tretas para desdecir de la obra de tantos buenos sacerdotes que sufren en silencio, orando en sus cuartos, por el señalamiento que injustamente les está haciendo una sociedad que juega a la doble moral, una sociedad que vive de la lujuria, de la fornicación y del adulterio, y que tira piedras sobre sus propia sombra.

Católico, vienen duros días para nosotros, ya que el oro debe ser acrisolado, purificado al fuego. Decía nuestro Señor:

“Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lc 23, 31)

La persecución contra la Iglesia y nuestro Pontífice se arrecia, y estamos llamados a perseverar, a orar por la Iglesia y por sus ministros. Es el momento de rodear al Papa y de señalar la mentira. Es también el momento para pedir a aquellos sacerdotes indignos de su ministerio que no hagan más daño sobre los débiles, que no busquen la Iglesia como burladero para encubrir sus fechorías, abusando de la credibilidad y del respeto que bien se han ganado muchos santos sacerdotes.


Héctor E. Roldán H.

Abril 13 de 2010   


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026 - 10 de febrero de 2010

LA FAMILIA
 

Una realidad nos abruma: por donde quiera que miremos encontramos familias destrozadas. En todos los estratos, a todos los niveles, la familia se reciente, se desmorona, se resquebraja. Esgrimimos mil razones, todos tienen su explicación: “Encontré el amor de mi vida”, “Aún puedo realizarme”, “Dios no puede desear mi infelicidad”, “Me casé sin amarla (amarlo)”, “Tengo derecho a ser feliz”, “Tengo derecho a reconstruir mi vida”. En algunas ocasiones se manejan razones económicas “Dejo mis hijos con sus abuelos mientras logro estabilidad económica”, “Me voy del país para buscar un mejor futuro, luego mandaré por mi esposa (esposo) e hijos”. Todas estas expresiones son la manifestación de un mismo principio en el cual se fundamenta la sociedad hedonista en que vivimos: “No tengo por qué aceptar el sufrimiento”.

Voy a ir directamente al grano: ¿qué derecho tiene el hombre para rechazar el sufrimiento? Es una pregunta contundente, la cual solo se puede lanzar con propiedad desde la perspectiva del cristianismo. Porque te tengo una noticia: Dios mismo no le evitó el sufrimiento a su Hijo, Jesucristo. Aunque Jesús le rogó en el huerto de Getsemaní, sudando gotas de sangre: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa» (Lc 22, 42), la voluntad del Padre fue, finalmente, que su Hijo padeciera.

Si Dios mismo no se ha escandalizado con el sufrimiento, ¿Crees aún que la voluntad del hombre tiene algún valor? Por supuesto que tiene valor. Tiene el valor de poner al hombre en conformidad con Dios o contra Dios. Tiene el valor de conducir al hombre a la salvación en el primer caso o a la condenación eterna, en el segundo. Pero fuera de ahí, más que eso, no tiene ningún sentido. Porque si la voluntad del hombre es huirle al dolor, solo uno es el resultado: más dolor.

Volviendo a la reflexión original, cuando alguien acepta la razón para escabullirse de sus responsabilidades, sólo puede multiplicar el dolor, aumentando el propio y conduciendo a los demás al sufrimiento. Cuando alguien destruye la familia en “aras” de su propia realización, arrastra en su espiral a su conyugue y a sus hijos, hacia un sufrimiento que no es poco. El resultado del hedonismo no es placer y satisfacción sino, por el contrario, sufrimiento, destrucción y muerte. El hedonismo es el camino directo a la muerte óntica, porque niega al otro, creatura como tu y como yo. Si niegas al otro, no trasciendes, te quedas estacionado en tu egoísmo, rechazas el amor de Dios y, simplemente, estás muerto. Si no tienes amor, estás muerto. Y ese es el mal de nuestra sociedad: está en muerte. Por eso el dolor se multiplica: hijos abandonados que crecerán repudiando a sus padres por el sufrimiento que llevan, que no estarán dispuestos a entrar en la voluntad de Dios, que negarán a Dios y que repetirán la historia para traer hijos a los cuales abandonarán, en el mejor de los casos, o abortarán o evitarán para poder realizar sus vidas según sus voluntades individuales.

Así que, romper un hogar no es simplemente ejercer el derecho a rehacer una vida. La vida del cristiano está hecha, no se rehace por la propia voluntad de cambiar una o dos personas, es Cristo quien  la reivindica, es Cristo quien construye el hombre nuevo. La vida del hombre hedonista es bien diferente, transcurre bajo una máscara que muestra una sonrisa irreal, una felicidad inexistente, porque está fundamentada en el egoísmo, una mueca que muchos se creen pero que no engaña a quienes tienen el discernimiento de la Voluntad del Padre. Ante todo, el hedonista cree que la felicidad se compra, que si cumple con tener alimento, vestido, vivienda y estudio para sus hijos, ya todo está bien. Este hombre está de espaldas al sufrimiento. Para él, el dolor desaparece si no lo ve. No importa que esté allí, es suficiente con no verlo: si no lo ve no existe. Pero él mismo está destruido, porque noche tras noche se encuentra vacío, envuelto en la tormenta de sus propias decisiones, ahogado por su propia imposibilidad de tapar lo que no se puede ocultar, porque, igual, envejece, se enferma y, también, morirá. Si, igual está abocado a la muerte, pero ésta, una muerte sin esperanza, porque todo depende de sus fuerzas. Apenas tapa un roto, se abre un boquete más grande, entonces necesita más. Pero los boquetes serán cada vez más grandes. Tal vez descubra que no puede nada, que el dolor manejado por sus manos sigue creciendo a pesar de todos sus esfuerzos por ser feliz.

Ese egoísmo, esa miopía del alma tiene destruida la familia.

Y ¿el resultado?, Estas son algunas imágenes reales de la destrucción de la familia.

Imágenes que se ven en televisión, en programas de MTV:

- Dos jóvenes, “homres”, discutiendo porque uno de ellos saldrá de fiesta con un tercero (otro "hombre").

- Una adolescente que le presenta a su “novio” la “novia” que tiene, ya que su relación es “polisexual”.

Imágenes de la calle:

- Chicos de 13 y 14 años colándose en las fiestas, con botellas en sus manos, drogándose y buscando aparearse como animales.

- Jóvenes sin esperanza que tienen sus metas puestas en un arma, para empezar a escalar en la carrera de “sicariato” que llevará a algunos a ser capos y tener mucho dinero.

- Jovencitas cuyo único valor es la cara bonita y un cuerpo exuberante, dispuestas a entregarse al mejor postor, sin ningún aprecio por su dignidad.

- Adolescentes con uno o dos hijos, botadas de sus casas y arrastrando criaturas por las aceras.

- Travestis que se exhiben por las calles con ademanes exagerados, pretendiendo ser lo que no son.

La imagen del ser humano totalmente destruida, vuelta nada. Unas caricaturas monstruosas, sin forma de nada. Todo esto no es más que la expresión de la degradación del ser humano, es la fotografía del egoísmo.

¿Quieres saber a dónde empujas a tus hijos cuando destruyes tu hogar?, ¿Quieres saber hacia donde confluye la fuerza de la masonería con la destrucción de la familia? ¿Hacia donde los llevas cuando dejas tu hogar en las manos de la empleada doméstica o del televisor, cuando no hay control porque se debe potenciar el libre desarrollo de la personalidad, cuando quieres ser un cero a la izquierda para no molestar con tus decisiones, cuando haces de la tolerancia una virtud, cuando crees que la felicidad es la anulación del sufrimiento, cuando dices que debes ser amigo de tus hijos?... Amigos se consiguen en la calle, padres ¿dónde?

Hay todo un dispositivo montado para atacar a la familia, para destruirla. 

1- Se relativiza su concepto, ampliando sus alcances, derrumbando sus límites:

-Familias extendidas, conformadas, además de por los padres, por los nuevos compañeros de estos y sus hijos,

-“Parejas” homosexuales que reclaman “derecho” a tener hijos,

-Familias sin padre, en las que la mujer ha decidido ser padre y madre a la vez,

2- Se suprime la autoridad de los padres y se suplanta por un acompañamiento del estado sin herramientas para formar y corregir.

3- Se empuja a la juventud hacia el desenfreno y el libertinaje bajo conceptos falsos de “desarrollo de la personalidad” y de “experimentación para el aprendizaje”

4- Se proclama la libertad de los padres para reconstruir sus vidas cuando no han encontrado en el otro la “pareja ideal” o el “alma gemela”, derrumbando el valor de la constancia, de la fidelidad y del empeño.

5- Se inculca que la felicidad está en los logros económicos y que su consecución bien vale el riesgo de desmoronar la unidad familiar. No se advierte el riesgo de la ruptura por la separación temporal y se presenta simplemente como el aplazamiento de un disfrute que se logrará en el futuro, cuando se haya amasado bastante fortuna.

6- Se ignoran las consecuencias de la ruptura familiar sobre los hijos, bajo mantos de madurez y de comprensión inexistentes.

7- Se coarta la libertad de los padres para tener más de uno o dos hijos, mediante planes de presión “profamilia”, conllevando a la pareja a recurrir a metodos anticonceptivos o para mutilar el propio organismo del hombre y la mujer.

Etc., etc., etc.

No podemos dejar sola a la familia. La Iglesia ha emprendido una lucha titánica defendiendo su unidad, contra todo tipo de ataques, sabiéndose muchas veces contrariada desde su mismo interior, pero con la certeza de estar del lado de la verdad. Abracémonos a la Iglesia, ella es verdadero instrumento de salvación puesta por el Señor para que no perdamos el rumbo, para soportar los embates del ir y venir del mundo y su dueño. La Iglesia, Madre y Maestra, nos conduce a Jesús, es instrumento de salvación. En todo momento estamos tomando pequeñas o grandes decisiones, conformemos estas decisiones a la Voluntad del Padre, para construir un mundo mejor. Que estas decisiones vayan siempre en defensa de la familia, de su unidad, de su indisolubilidad cuando está bendecida por Dios. No nos quedemos impávidos frente a esta situación. Hoy podemos estar en el lado fácil de la situación, con nuestros hijos bien organizados y encaminados correctamente, pero mañana serán nuestros nietos los que estarán enfrentados a estas presiones o situaciones, porque el mundo ha cambiado radicalmente. Así que tu testimonio es importante, tu actitud es importante.

Héctor E. Roldán H.

Febrero 10 de 2010   


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025 - 19 de Diciembre de 2009

NAVIDAD
 

Navidad, maravillosa fiesta que ha ido perdiendo su sentido en nuestros corazones. Hay un profundo interés por el comercio, por las luces, por los turistas, por los festejos y desfiles, por el ocio. No es ni siquiera el interés por la familia, no es el anhelo de paz y de concordia, no son las oportunidades de convivencia, no es la caridad. Mucho menos es el nacimiento del Mesías.

Se celebra una fiesta de luces, con miles de bombillos y de objetos brillantes y pendientes en todos los lados, destellos que obnubilan nuestras facultades y disfrazan la oscuridad que envuelve el sentido de las vidas. Se ofrecen opíparos banquetes que con sus colores, aromas y sabores saturan nuestro gusto y ocultan el hambre y la sed de tantos que, igualmente engañados, deambulan creyendo que el mundo es suyo por un momento. Se muestran productos y objetos que parecen la panacea y que concuerdan con aquello que satisfará nuestros deseos y que colmará todas nuestras expectativas, en la falacia más efímera e insulsa. Se ofrecen paraísos para el descanso y la paz, destinos ajenos a toda nuestra realidad, que finalmente no logran apartarnos de ella, porque la cotidianidad sigue allí, porque nuestras obligaciones no las puede tomar otro, porque los problemas son reales y concretos.

Porque el color de la navidad es el color del producto que se quiere vender, porque el sentido de la navidad es poder gastar, porque el tiempo de la navidad es para alienarse en paseos y festines, porque el olor y el sabor de la navidad es el olor y el sabor de los vinos y los quesos, de los jamones y las aves, de las frutas y los panes. Porque la alegría de la navidad es el gusto de gastar y comprar. Toda nuestra angustia la tapamos en navidad con moños y guirnaldas, con manteles de papá Noel y ciervos, con pinceladas de nieve. Llega el 24 de diciembre y estamos hartos, porque desde octubre es navidad. Ya el nacimiento y los Reyes sobran, ya no los necesitamos, porque hay que despertar a las angustias del festín que ya termina.

Una navidad más, una mentira más, porque nada importa Jesús, porque seguiremos siendo los mismos, queriendo tapar nuestros pecados, negando la importancia de la ofrenda de la vida del Hijo de Dios. Porque no es verdad que Cristo murió para mostrarnos un camino de conversión, porque todo está bien como lo hacemos, porque no robamos ni matamos, porque fornicar y adulterar es amar en libertad, porque el condón y los preservativos te libran del sufrimiento de traer hijos, porque la voz de Jesús en el Evangelio no merece ser escuchada, porque tú lo puedes interpretar con tu lente acomodada; porque tú y no Dios eres el dueño de la vida y puedes decidir quién, cómo, cuándo y bajo qué circunstancia. En definitiva porque tú eres Dios: has nacido para ser feliz y lo demás no importa. Así descubras siempre que realmente eres infeliz, que no hay alegría en tu vida, que estás atrapado en el sufrimiento, porque los demás no hacen lo que quieres, porque no tienes lo que deseas, porque ni lo que tienes lo tienes seguro.

Esta navidad así es un engaño, es una mentira, no tienen ningún sentido. Hemos perdido el rumbo.

No, ésta no es la navidad a la que nos invita la Iglesia. Nuestra Madre y maestra nos llama a algo más trascendente. Sufres, porque en tu vida no hay vino, porque el pecado te ha robado la alegría. Hay un engaño que te ha robado la felicidad: no es verdad que los problemas son los responsables de tu infelicidad. Porque, con Cristo puedes ser feliz, a pesar de los problemas. Aquello que te ha robado la alegría es el pecado, por él estás abocado a la muerte, y te mueres día a día. Pero Cristo ha nacido para vencer al pecado; Él ha vencido al pecado. Él ha vencido la muerte. Pero en su infinito amor por la creatura, no te violenta. Él espera que le invites a pasar a tu vida, Él espera que le abras tu corazón. Y la navidad es el tiempo especial de la iglesia para dejar que Cristo nazca en el corazón. Pero no se trata de una actitud romántica, con suspiro y todo, sin actitudes visibles por las cuales te conviertas en un Cristo actual para todos los que te rodean. Que Cristo nazca en tu interior comporta una metanoia, un cambio de actitud, un modo diferente de ver, te conduce a abrir los ojos a una nueva realidad, a ser y a actuar como Cristo. Implica amar a Dios y amar al prójimo. Significa dar la vida por el otro. Mientras esto no ocurra, no habrás vivido la navidad. Lo que has experimentado es un sentimiento romántico, una amalgama confusa de estar conforme contigo mismo. Porque que Cristo nazca en mí significa que yo me haga otro Cristo, Se trata de una pascua, de un paso: por su nacimiento paso a ser parte del cuerpo místico de Cristo, me hago uno con Él, como el Padre y Él son uno.

Por todo eso, el real sentido de la navidad es bien diferente al que estamos viviendo. Le ponemos todo el corazón a la nimiedad de la fiesta pagana y rechazamos el verdadero banquete, el que es la Verdad y la Vida, el que nos conduce a la vida eterna.

Mi deseo en esta navidad es que Cristo nazca en mí, que pueda despojarme de mis egoísmos y pueda amar, que pueda ser un Cristo, imagen de Dios, tal como fue su voluntad al crearme.


Héctor E. Roldán H.

Diciembre 19 de 2009   


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N


024 - 23 de Octubre de 2009


SOCIEDAD CONTRA LA VIDA
 

El afán desmedido por el dinero lleva a quienes detentan el poder a buscar nuevos métodos para generar nuevos ingresos o aumentar los ya existentes. Es por esto que no nos debe extrañar que los legisladores, con un buen número de masones entre ellos, estén a la cabeza de la implantación de métodos contra la vida que abren nuevas posibilidades en todos los campos.

¿Se ha detenido a pensar cuántos millones de dólares mueven las campañas en contra de la concepción?  Multi-millonarias sumas en ventas de condones, pastillas, inyecciones y todo tipo de anticonceptivos. Es por esto que las compañías que los producen destinan cantidades enormes de dinero para patrocinar grupos feministas y campañas publicitarias que desinforman a la sociedad.

Tras tantos millones y millones en juego, queda manifiesto un interés común en quienes aspiran a tomar tajadas de este suculento pastel: generar desorden social.

Piense usted en los legisladores: hay un mercado inmenso tras el desorden social. Para un abogado ávido de dinero, un sistema que prohíbe el aborto, por ejemplo, no genera mayores ganancias. Lo contrario ocurre en un sistema que aprueba el aborto bajo algunas condiciones. Los abogados tendrán campo extra para ejercer su profesión: demandas a quienes se niegan a prestar el “servicio”, a quienes se interponen en la decisión, demandas porque las instituciones o el Estado no destinan recursos para su ejecución, etc. En el primer caso, el universo de acción posible para los abogados se reduce a quienes intervinieron directamente en la ejecución del aborto. En el segundo caso este universo se expande a todos los ciudadanos. Quienes legislan, entonces, hombres por lo general deseosos de poder y dinero, están fuertemente tentados a crear y apoyar leyes que afinquen sus posibilidades. Además, con el interés de las multinacionales de la contracepción, el ofrecimiento de dinero para aprobar leyes que aumenten este desorden social, es obvio.

En una sociedad que inculca valores de castidad pierden todas estas multinacionales: la moral no vende. Por el contrario, en una sociedad en donde las relaciones sexuales están disponibles sin ninguna limitación, sus ganancias se ven multiplicadas. Por eso, entonces, promueven todo tipo de relaciones y se deja de un lado la moral, presentándola como caduca y absurda. Hay un interés desbordado en aprobar y promover el desorden social: uniones homosexuales, paternidad homosexual, descomposición de la familia, aborto, anticoncepción, eutanasia…

Las mismas entidades prestadoras del servicio de salud tienen un interés especial en reducir el número de los miembros de la familia. En la mayoría de las legislaciones está incluido todo el grupo familiar en el servicio de la salud para los trabajadores afiliados. Por lo tanto, una familia numerosa implica una pérdida para estas entidades, ya que deben atender a mayor cantidad de personas por el mismo valor. El negocio está en las familias con pocos miembros. Por eso promueven tan acuciosamente el control de la natalidad. No hay ningún humanismo ni ninguna solidaridad con los más pobres, es sólo un interés, el interés que mueve al mundo: el dinero.

¿Es de algún modo comparable la cantidad de recursos destinados por estas entidades al control natal con respecto, por ejemplo, a la destinada para el control de la epidemia AN1H1? No hay punto de comparación. Todas ellas tienen personal especializado que “informa” rápidamente a los afiliados sobre los “beneficios” de cualquiera de los métodos de control. Y las cirugías de ligadura de trompas o las vasectomías son rápidamente aprobadas y ejecutadas. Preséntese con fuertes síntomas de gripa para que compruebe si la respuesta es la misma, si hay similar celeridad en la atención y en la destinación de recursos. O, preséntese para una recanalización que permita recuperar su capacidad reproductiva. El real interés de estas entidades es castrar a la sociedad, dentro de unos límites razonables que permitan garantizar la renovación sostenible de los usuarios.

Pero, no pensamos, no meditamos. Simplemente nos dejamos conducir como borregos, por las corrientes, las modas y las tendencias que manipulan nuestra libertad de seres morales. Nos quieren borrar a Dios, nos quieren borrar la conciencia. Nos cambian las palabras para presentar las cosas como “no tan malas” o hasta deseables. Juegan con nuestra capacidad de compasión, mostrándonos el dolor como aquello que hay que eliminar a toda costa: no podemos sufrir. Nada importa el dolor del no nacido, del abortado. No, lo que importa es la vida de la chica que aceptó tener relaciones con su novio, pero que no está en condiciones de afrontar el futuro con un hijo. Nos dicen que podemos ser Dios, que somos nosotros quienes construimos nuestro futuro y que Dios no provee y no tiene parte en nuestra existencia o que quizás ni existe. Y nosotros, simplemente no pensamos: para qué tanto evitar el dolor si todo termina con la muerte. No captamos lo absurdo del mensaje. Bebe, embriágate en tu lujuria, todo tiene solución: podemos evitar, asesinar con permiso. Consume, compra anticonceptivos y se feliz. ¡Qué falacias!

La letra de las Constituciones que propenden por el derecho a la vida ha quedado sólo como relleno del contenido, porque la verdad es que se legisla para la muerte: las honorables cortes y los honorables magistrados en gran cantidad de países trabajan actualmente para regular el derecho a la muerte, cuándo aplicarla, cómo difundirla. Se objeta el derecho a nacer y se prohíbe ejercer el derecho de objeción de conciencia. Muy probablemente los grandes capitales de la industria de la muerte logran mover tan ilustres cabezas. Los gobiernos movilizan enormes caudales de los recursos públicos multiplicando el uso del condón y de los anticonceptivos, alimentando con el dinero del pueblo las grandes multinacionales de la muerte. Es un negocio enorme que compra conciencias y votos.

He encontrado un artículo muy interesante en la siguiente página Web:

http://www.armoniafamiliarperu.org/docs/transnacionalesdesorden.html

Es importante que tomemos conciencia de la forma como quieren manipularnos, de las cosas a que quieren conducirnos a creer o pensar, de lo que nos quieren hacer comprar. Claro, nos ofrecen la comodidad, el no sufrir. Por otro lado experimentamos que tenemos que trabajar como burros, vendiendo no solo nuestra fuerza de trabajo, sino también nuestra conciencia y nuestra familia, nuestros derechos, para conservar el poder adquisitivo que, en últimas, es lo que importa. Experimentamos que, a pesar de las promesas de bienestar y satisfacción, no podemos desligarnos del sufrimiento, porque nos enfermamos, envejecemos y morimos, porque aquello que nos muestran como inocuo nos hace mas daño. Creo que todos hemos tenido la oportunidad de conversar alguna vez con una mujer que deseó abortar, pero que algo le detuvo. No se encuentran sino palabras de agradecimiento para con Dios por haberle dado esa oportunidad y estar disfrutando hoy de su hijo. O, en el caso contrario, de la amargura que queda marcando a quien neciamente ha abortado. En ambos casos las promesas de la sociedad de consumo han fallado, siempre, definitivamente.

No podemos servir a dos señores. O servimos a Dios o servimos al dinero. La sociedad de consumo nos presenta el desorden social como alternativa para seguir adorando al Dios dinero, para que no salgamos de la idolatría. De otro lado la oración que nos enseñó Jesús nos invita al abandono en Dios: “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. No nuestra voluntad sino la voluntad de Dios.


Héctor E. Roldán H.

Octubre 23 de 2009   


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023 - 08 de Octubre de 2009

HEDONISMO
 

Me entristece profundamente ver cómo la juventud se deja engañar por las veleidades que el mundo plantea por todos los medios como única respuesta al sentido de la vida. Hemos construido una sociedad para el placer, un mundo en que el hedonismo radical es el rey. Con frases como “vive y deja vivir”, “disfruta, la vida es corta”, “todo es lícito”, “pecado es privarse de un placer”, entre otras muchas, se bombardea continuamente la inteligencia de los jóvenes, despojándolos de razones verdaderas para enfrentar la realidad que es bien distinta. Por eso aparecen los grupos de raras expresiones y costumbres que tratan de responder a la falta de identidad, que no es más que el resultado del gran vacío de la sinrazón y del sinsentido de la vida. Porque el joven no es tonto, descubre en su interior el contrasentido del hedonismo en medio de una sociedad que sufre profundamente, porque la realidad de la guerra, de la pobreza, de la enfermedad es inevitable. El mensaje de “prohibido sufrir” no encuentra realización posible en un mundo que desfila, por el contrario, hacia el abismo del calentamiento global, del encarecimiento de las cosas, de la falta de oportunidades y de trabajo, de las grandes desigualdades, de la propagación de epidemias. Ese “prohibido sufrir” se ve truncado cuando la joven queda embarazada a temprana edad por hacer caso del mandato hedonista de seguir el placer; ese joven ve truncada su carrera porque debe responder por un hijo no deseado. Claro está, la sociedad siempre va adelante: “no importa, aborta”. Y sigue entonces la cadena en una espiral hacia el fondo de la insensatez. Es ahora el nonato quien ve interrumpida su oportunidad de vivir y de ser alguien.

¿Qué sociedad es esta que ha construido un destino tan oscuro para los más frágiles, para aquellos que aún no han formado su conciencia y que no tienen la experiencia suficiente para enfrentar tanto despropósito? Esta sociedad, la sociedad de consumo: sólo importa la venta… ¡a vender!

Si no compras, no eres, no existes, no vales. Entonces se ha creado toda una estrategia para motivar el gasto: todo lo superfluo se impulsa alimentando el deseo. Por eso es importantísimo para esta sociedad promover el hedonismo: el gusto, el disfrute es lo que más vende. En otras palabras, el sexo. Y entonces, es necesario explotarlo al máximo. Ya no podemos conformarnos con el desnudo de las revistas, con la pornografía, o con la promiscuidad, hay que impulsar el homosexualismo. ¡Ah!, ¡Cómo vende! Entonces hemos visto montones de artistas que han incrustado esta idea en las mentes de los jóvenes. Los canales de televisión y, en general todos los medios de comunicación, han hecho su aporte. Se encuentran expresiones y discusiones rarísimas, todas absolutamente irracionales, contra natura. Se habla de los derechos de los homosexuales, se quiere elevar a la dignidad de familia la conformación de apareados de un mismo genero. Se les quiere dar lo que no pueden tener: hijos. Porque tener un hijo es participar de la capacidad creadora de Dios, delegada por su voluntad, a la unión de un hombre y una mujer. Dios ha respetado tanto este acto entre un hombre y una mujer, que no ha desechado su fruto, que lo considera bendito aún si la pareja ha actuado en adulterio o en fornicación. Pero ahora esto no se respeta por la sociedad de consumo: los jóvenes no pueden ver estas verdades, sólo pueden responder al placer. La razón fundamental de todo es el placer: “si eres feliz, hazlo”. Como el sexo desenfrenado ha traído la producción de una gran cantidad de hijos no esperados, entonces, actuando en la misma dirección, es necesario promover el sexo entre el mismo género, llamémoslo el sexo estéril, que no deja “consecuencias”, que no trae “problemas”, que no “une”, que no crea “compromisos”. Esta es la realidad que no se le muestra a los jóvenes, esto es lo que no ven: toda la manipulación que se ha hecho de sus conciencias para atraerlos hacia la necesidad de disfrutar, de comprar, de gastar.

Frente a esto, Cristo tiene la respuesta. Él mismo, como Hijo de Dios, no ha desechado el sufrimiento: ha mostrado que la vida eterna tiene tanto valor que ha dado su Vida en la Cruz. Quienes le siguen experimentan desde aquí la vida eterna, experimentan que los problemas no los apabullan ni los aplastan, que en Cristo todo el sufrimiento del mundo tiene un sentido, que este sufrimiento no es un castigo sino una consecuencia de nuestros pecados, de nuestra falta de amor. Experimentan que la respuesta a la falta de identidad, al sufrimiento que aniquila, al diario encuentro con la existencia, es el amor. Experimentan que el amor se realiza en la renuncia, en el respeto por el otro, creatura de Dios, en la caridad. Experimentan que el hedonismo va en la vía contraria, directo a la aniquilación del ser, porque es la máxima expresión del egoísmo. Experimentan que en el otro, en el prójimo está la realización de la propia existencia, ya que amando es como nos hacemos semejantes a Dios.

Joven, hay uno que es el camino, la verdad y la vida, Cristo. Esta es la verdadera respuesta a tus vacíos. Es necesario que reacciones a todo el letargo con que la sociedad ha pretendido acallar tu conciencia. Tu vida tiene sentido, porque hay uno que te ama: Dios ha puesto a su propio Hijo para pagar por tus sufrimientos. Jesucristo ha vencido la muerte, por eso el sufrimiento no te destruye.

Cito, a continuación, el Diccionario Apologético Católico:

La fe católica se opone al hedonismo porque mina los valores espirituales de caridad, fe, justicia, sacrificio y las virtudes morales necesarias para el crecimiento de la persona en relación con Dios y el prójimo.

El hedonismo es una actitud carente de moral, no porque aprecie algún placer, sino porque lo antepone a las exigencias del amor a Dios y al prójimo.  Es una actitud egocéntrica que incapacita al sujeto para relacionarse con otros a menos que sea para explotarlos y satisfacer su afán de placer.

Jesucristo nos enseña valores muy superiores al placer, siendo el amor el supremo entre ellos. Nos enseña además que para entrar por el camino del amor hay que negarse a si mismo. Solo así encontramos la verdadera felicidad.

Mateo 16:24 "Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame."

Marcos 12:30-31 " y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.  No existe otro mandamiento mayor que éstos.»

Es falso que la felicidad se encuentra dentro de tí. Si no sales de ti mismo, si no pasas al otro, estás muerto. Por eso el hedonismo conduce a la muerte: te conviertes en una especie de “hoyo negro” que todo lo succiona y aplasta hasta hacerte desaparecer. Salir hacia el encuentro del otro te expande, te hace crecer hasta el punto de restaurar tu esencia de ser imagen de Dios.


Héctor E. Roldán H.

Octubre 08 de 2009   


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022 - 15 de Agosto de 2009

PAN DE VIDA
  

El mundo de hoy marcha de espaldas a Dios. Y es así como desde la familia estamos formando a nuestros niños y jóvenes. Un interés general parece ser el culmen de la realización y en este principio estamos fundamentando toda la educación: ¡el placer!

Ante esto la respuesta es muy sencilla: licor, drogas, sexo y desidia. Este es el producto que estamos obteniendo. ¡Qué panorama tan oscuro ofrecen nuestros niños de 13 a 15 años congregados en sus fiestas incontroladas, cargando botellas de licor, buscando contactos físicos para llegar al sexo sin ningún afecto ni regla, con la aquiescencia de algunos adultos que no ven más allá de sus narices y promueven el placer por el solo placer!

Quien patrocina el licor para un joven está edificando al alcohólico y al drogadicto de mañana. Pero esto no se ve, porque Dios no aparece por ninguna parte en nuestras vidas. Tenemos un dios de juguete, si acaso de misa los domingos, al que le pedimos como a un tótem, pero ante quien no necesitamos mostrar ninguna actitud de obediencia y respeto. Nos contentamos  con no robar ni matar. En el colmo de la inconsciencia no vemos cuántas veces hemos robado y matado con nuestra actitud displicente, con nuestra permisividad.

Todo esto nos ocurre porque hacemos parte de una sociedad que pertenece al reino de la muerte y de la destrucción, al reino del pecado. De muy hermosas maneras el demonio nos disfraza el pecado: de solidaridad, de tolerancia, de espíritu juvenil, de comprensión, de alegría y felicidad. Mientras tanto no vemos que el mundo se destruye a nuestros pies.

Todos pasamos por algún tipo de dificultad durante nuestro crecimiento, y quienes han llegado lejos en su realización personal entienden cuán importantes fueron esas piedras en el camino para haber obtenido tesón y responsabilidad. Pero hoy les hemos quitado el sufrimiento a nuestros hijos y los hemos enrolado en una desaforada carrera tras el placer. Obviamente obtenemos adolescentes sin ganas por la vida, sin un sentido, sin metas. Jóvenes que se pasman frente a los problemas y que no actúan, jóvenes que buscan las vías “fáciles” para conseguir sus propósitos, jóvenes sin compromiso.

Tu vez a estos muchachos, y encuentras que en su vida no está Dios. Todo lo explican con el Big Bang. Y si crees que esta es una respuesta científica, pregúntales por el significado del Big-Bang. No saben nada, simplemente creen en lo que algún profesor desinformado les ha transmitido, sin ninguna profundidad, sin ningún interés.

Pues, es cierto: sin Dios en la vida este es el camino que nos queda por seguir. ¿Para qué luchar por nada si no hay algo tras la muerte, si simplemente desaparezco? Los jóvenes no son tontos y, por el contrario, son muy pragmáticos. Y están dispuestos a tomar la vida como viene. Les hemos mostrado que el único sentido es el placer, pues buscan el placer. Pero muy pocos se han dedicado a mostrarles que hay un sentido de trascendencia a la vida, que hubo uno que murió por nuestros pecados y que no le tuvo miedo al sufrimiento, que hay uno que dejó bien en claro que el placer debe estar subyugado a la voluntad y, sobre todo, a la Voluntad de Dios, porque el control del placer es el triunfo sobre el pecado que nos aparta de Dios. Esto no lo saben los jóvenes, porque sus padres les tapan el sufrimiento, porque la sociedad les escandaliza del dolor. Dios mismo no se escandalizó del dolor y sometió a su Hijo a la muerte en la cruz para mostrarnos que el verdadero valor es el amor. Pero, ¿quién les muestra esto, hoy, a nuestros jóvenes? No parece lógico renunciar a la comodidad por el bienestar del otro, no se ve ni se enseña desde el hogar. Por el contrario, hay que ser alguien a cualquier costo. Por eso no es extraño encontrar al muchacho que tiene como proyecto de vida ser sicario o ser narcotraficante. Por supuesto, no es esta la situación de todos los adolescentes. Pero si es preocupante la realidad.

Dios nos ha ofrecido a su Hijo como pan de Vida. Cristo es el pan de Vida. Quienes sólo han comido el pan del placer han muerto:

“Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo." (Jn 6:49-51)

Nuestra actitud es ir tras el maná, tras el pan del desierto, el pan que calma el dolor, que quita el sufrimiento, que aplaca las angustias. Pero el mismo pueblo de Israel experimentó que este pan no les satisfacía plenamente (Cf. Nm 11, 6). Experimentamos el dolor y el sufrimiento como consecuencia del pecado por el que adquirimos la muerte. Todo aquello material que trata de aliviar esta situación es sólo un paliativo, no nos elimina el sufrimiento. Ante la realidad del dolor, Cristo es la única respuesta:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre." (Jn 6:54-58)

Hoy, como hace veinte siglos, nos escandalizamos de estas palabras, porque preferimos el maná, andamos detrás de la solución temporal a nuestros problemas, no nos interesa esto del amor, no creemos que Dios nos ame de una forma tan desinteresada. Preferimos poner nuestra fe en el Big-Bang, o en una lotería, o en un agorero, o en el licor y el sexo. Creemos que el sentido de la vida es negar el sufrimiento y esto es lo que transmitimos a nuestros hijos.

Pero el dolor tiene un sentido, para Dios lo tiene, ya que no eximió a su propio Hijo del padecimiento de esta muerte de cruz. Y para nosotros se convierte en un instrumento de salvación.



Héctor E. Roldán H.

Agosto 15 de 2009   

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021 - 29 de Junio de 2009

TIEMPO ORDINARIO

Después de la vigilia de Pentecostés la iglesia celebra las fiestas especiales de la Santísima Trinidad y del Cuerpo y Sangre de Cristo. Luego, retoma las celebraciones del tiempo ordinario. Este tiempo ordinario es también un tiempo muy especial. Durante él se toman, como su nombre lo indica, los aspectos ordinarios de la vida de Jesús. Aspectos tan ordinarios como calmar tempestades, curar enfermos, resucitar muertos, multiplicar el alimento para miles de personas, enviar a sus discípulos con el poder de expulsar demonios y sanar enfermos.

Estos fueron los actos ordinarios en la vida de Jesús. Nos acostumbramos tanto a ellos que ya no nos parecen gracia o, peor aún, nos parecen tan sorprendentes que entonces los arrumamos como mitos, como exageraciones de los evangelistas, los tiramos al campo de la ficción.

Tú puedes experimentar la fuerza de Cristo en tu vida y testimoniar si es mito o es realidad. ¿Qué necesitas? Hagamos un pequeño recorrido por los primeros hechos celebrados en esta continuación del tiempo ordinario.

Comenzamos con la tempestad calmada. Dice San Marcos que después de enseñar desde una barca en el mar de Galilea, dio Jesús la orden de partir hacia la otra orilla. E iban otras barcas con Él. Entonces se desató una tempestad. Todos en su barca estaban temerosos mientras Él dormía. Le despertaron increpándole “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (Mc 4, 38). Jesús mandó sobre el viento y el mar, y calmó aquella tempestad. Algo sabían quienes iban en la barca, algo tenían que conocer sobre los poderes del Señor para haberse atrevido a hacerle frente hasta exigirle que hiciera algo. Nadie pide algo a quien no puede concederlo. Estos que viajaban con Él tenían una referencia, había una cierta confianza  que les permitía reconocer que Jesús les podía salvar de aquella tormenta, que podían acudir a Él, que podían rogarle por su salvación. Pero, ¿Cuál era la situación de los que iban en las otras barcas, aquellos que no le podían despertar, aquellos que no le llamaron porque no le tenían consigo? Tal es la situación de aquellos que hoy navegan en otras barcas, de aquellos que acompañan de lejos el viaje de la barca del Señor. ¿A quién acuden? ¿Cómo suplican? Los de su barca le pudieron experimentar, sintieron su poder hasta exclamar “¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41). Finalmente, aquellos de otras barcas debieron conocer el poder del Señor por el testimonio de quienes lo experimentaron directamente.

“Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?»” (Mc 4, 40). Jesús  reconoció que en aquella súplica no hubo fe, allí actuó el miedo. Y es así, tal vez, como pedimos nosotros, por miedo, por temor a las circunstancias que nos envuelven, pero sin una gota de fe. Porque cuando hay fe hay abandono: si estoy con el Señor no pereceré, ni la tormenta, ni el dolor, ni la muerte tendrán poder contra mí.

Continuando el Señor su periplo por Galilea, se encuentra con dos situaciones: la hemorroisa y la hija de Jairo.

En la hemorroisa podemos ver a una mujer que sufría flujo de sangre, posiblemente acaudalada, y que había gastado toda su fortuna en médicos sin obtener la curación deseada. Una mujer que había puesto su confianza en el dinero y en la ciencia, hasta encontrarse vacía: sin salud y sin recursos. Ante este vacío, se humilla, siente que ya no está en sus fuerzas obtener la curación y, entonces, decide arriesgar lo que le queda, su imagen, para tocar al Señor. Y al hacerlo queda curada. Dice San Marcos que el Señor sintió que una fuerza había salido de Él e inquirió por el que le había tocado los vestidos. Los discípulos que le acompañan en el tumulto no entienden, porque todos le tocan, todos se apretujan contra Él: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»” (Mc 5, 31). Muchos le tocaron, pero sólo una persona obtuvo la fuerza que le sanó. ¿Por qué?  El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.»” (Mc 5, 34).

La hija de Jairo está a punto de perecer. Jairo es uno de los jefes de la sinagoga. Este hombre arriesga su cargo y su prestigio para llegar hasta el Señor y le pide que cure a su hija. Aunque el Señor acepta ir a verla, se entretiene con la hemorroisa que en aquel momento le toca. Entre tanto vienen emisarios de Jairo a anunciarle que su hija ha muerto: “Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?»” (Mc 5, 35). Muy probablemente estos emisarios no lo hacen por cortesía con el Señor, ¡es que no creen! Jesús le hace una recomendación a Jairo “No temas; solamente ten fe” (Mc 5, 36). Sabe que se burlarán de Él (Cf. Mc 5, 40). Finalmente entra con Jairo y la madre de la niña al cuarto en que yacía y la resucita. Jesús escucha, pero tiene su tiempo. “No temas; solamente ten fe” nos dice continuamente… Solamente ten fe.

No es fácil para nosotros tener fe. Posiblemente tengamos momentos, instantes de fe, pero pronto llega la desconfianza y arrasa con toda nuestra experiencia de Cristo. El demonio pronto nos lleva hacia la duda.

La fe tiene un fruto: el amor.

"El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. Y el fruto del servicio es la paz." (Madre Teresa de Calcuta).

Los frutos de la fe en Dios no son devastantes antagonismos, sino el espíritu de fraternidad y de colaboración por el bien común.” (S.S. Benedicto XVI).

Si tienes fe, se te nota porque amas, se sabe que amas porque sirves a tu prójimo sin medida, como Cristo en la Cruz. Se sabe que sirves porque en tu vida hay paz. Cualquiera que sea la tormenta que te agite, no perderás  la paz.

“En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.” (1Jn 3, 16-18)



HÉCTOR EMILIO ROLDÁN H.

JUNIO 29 DE 2009  

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020 - 29 de Mayo de 2009

LA COHERENCIA EN EL CATÓLICO

¿Qué podemos pensar de un líder que está dispuesto a sacrificar sus creencias por sus intereses personales?

Ha creído en la inmaculada concepción de la Virgen María.

Ha creído en la infalibilidad del Papa.

Ha creído en la transustanciación del pan y Del vino en la Eucaristía que tantas veces celebró como ministro de este sacramento.

Ha creído en la asunción de la Virgen.

Y ahora, después de escandalizar con su comportamiento, renuncia a todo ello y a la belleza de su ministerio, y busca ser ministro de una iglesia (la episcopaliana), no por que no crea en estos dogmas que ellos no comparten, sino por su propio interés: seguir ejerciendo un ministerio que en nuestra iglesia no puede desempeñar hasta que no clarifique su situación personal.

Es obvio que al aceptar ser miembro de la iglesia episcopaliana tiene que renunciar a las creencias que profesó y enseño. ¿Será que de verdad Alberto Cutié ha dejado de creer en las enseñanzas de la Iglesia Católica? ¿Será que ha habido una conversión de principios a la iglesia episcopaliana? O simplemente, como podemos intuir, renuncia a lo que cree por acomodarse en una comunidad en la cual puede mantener la posibilidad de ejercer un ministerio al cual no es capaz de renunciar. Porque renunciar a tener programas de televisión, a ser líder de una comunidad, a sobresalir, a tener fama, es algo que ha estado por encima de su vocación. En cambio ha renunciado a su Iglesia. Renuncia a consagrar el pan y el vino, elevándolos a la condición de carne y sangre de Cristo, para mantener la posibilidad de celebrar con un pan y un vino insulsos, simplemente metafóricos de una última cena en la que Cristo no se dona.

¿No fue acaso esta la actitud de Judas? Es bueno plantearse esto para no dejarnos engañar. ¿Cuán grande será en este momento el sufrimiento de quien fuera su Obispo? Recojo a continuación lo que ha expresado el Arzobispo de Miami, John Favarola, y que ha sido consignado por ACIPRENSA:

"el Padre Cutié se separa a sí mismo de la comunión de la Iglesia Católica Romana al profesar fe y morales erróneas, y rehusar la sumisión al Santo Padre. También se separa del ejercicio de las órdenes sagradas como sacerdote, deja de tener las facultades de la Arquidiócesis de Miami para celebrar los sacramentos, y tampoco puede predicar o enseñar sobre la fe y la moral católicas. Sus acciones pueden llevarle a ser separado del estado clerical".

Esto significa, agregó, "que el Padre Cutié se destituye a sí mismo de la completa comunión con la Iglesia Católica y, por lo tanto, pierde sus derechos como clérigo. Los católicos romanos no pueden solicitarle los sacramentos al Padre Cutié. Cualquier intento de su parte para administrar los sacramentos sería ilícito. Cualquier misa que celebre sería válida, pero ilícita, pues no reúne los requisitos para que un católico cumpla con su obligación. El Padre Cutié no puede oficiar matrimonios válidos de católicos romanos en la Arquidiócesis de Miami, o en cualquier otro lugar".

Asimismo, explicó que "el Padre Cutié aún se encuentra obligado por su promesa de vivir una vida célibe, la cual él asumió con absoluta libertad en la ordenación. Sólo el Santo Padre puede dispensarle de dicha obligación".

¿Estarás dispuesto a tener como líder a un hombre que, nadando en medias aguas, renuncia a lo que cree por acomodarse en el nicho que le conviene?

Pero nuestro líder no es un hombre. Un hombre puede fallar. Nuestro líder es Cristo. No podemos poner nuestra confianza en los hombres, seres de carne y hueso como nosotros, que pecan como nosotros. Nuestra confianza plena debe estar puesta en el Señor. Seguiremos presenciando ministros que con su vida desdicen de su ministerio. Veremos aquellos que los medios de comunicación logran publicar. Muchos otros seguirán horadando la fe de la Iglesia con su comportamiento aunque su pecado nunca salga a la luz. Igual, ese pecado oculto puede hacer mucho más daño. Todo nuestro pecado hace daño a la Iglesia. Porque el sacerdocio, desafortunadamente muchas veces se convierte en un medio de vida, en una forma de alcanzar reconocimiento, remuneración, fama. Por Dios, ¿cómo puedo evangelizar desde un púlpito si con mi vida anuncio a todas direcciones que no creo en lo que digo? Es importante que nos declaremos de una vez. Todos los que estamos en esta tarea de la evangelización necesitamos revisar nuestro compromiso con la fe. Si realmente creo en lo que mi Santa Madre, la Iglesia, enseña, debo hacerlo primero un hecho en mi vida, porque la primera evangelización se hace con la vida. Las palabras sin hechos se las lleva el viento, en el mejor de los casos. Si como hombre caigo en las garras del demonio, si me dejo vencer por el pecado (de lo cual nadie está exento), debo afrontarlo reconociéndome pecador, viviendo el dolor de haber caído, debo confesarlo como parte importante de mi arrepentimiento y  debo tener el doble propósito de enmendarlo y de no volverlo a cometer. Reconocemos que Cristo es la verdad, entonces no podemos vivir en la mentira y el engaño (Cf. 1Jn 1, 6-10).

El cuestionamiento más importante que nos deja toda esta historia es ¿Por qué pasa esto? Le sucedió a un sacerdote, ¿me puede pasar a mí?

Es indudable que la acción del demonio está encaminada a destruir la Iglesia. Seguiremos presenciando estos embates, ya que estamos inmersos en una guerra sin cuartel contra el maligno. A la segunda pregunta que acabo de plantear, la respuesta es obvia: me puede pasar a mí, como le puede pasar a cualquiera. Es sólo cuestión de abandonar las armas que la Iglesia nos ha dado (ayuno, oración y limosna) para desfallecer.

Además de estas armas que he mencionado, hay algo muy importante, algo que sostiene a todo creyente en época de crisis espiritual, en aquellos desiertos de combate abierto: los memoriales. Desfallecemos porque nos olvidamos de esos memoriales que Dios ha impreso con letra indeleble en nuestro corazón. No puede haber cristiano sin memoriales: no puedo creer en un Cristo que no ha pasado por mi vida, que no ha dejado su huella. Porque la fe no es estrellarse contra el vacío, la fe es reconocer que Dios tiene poder. Y este poder tiene que manifestarse realmente en la vida. Si estoy llamado a ser testigo, algo tiene que haber pasado. No puedo ser testigo de una letra muerta, que no transforma mi vida; estoy llamado a ser testigo del poder de Dios en mi vida, de la vivencia personal de la Pascua.

Cuando me he sentido amado por el Papa, cuando he visto su entrega abnegada, su renuncia a las comodidades de la vida, cuando sigo sus vidas (Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, para nombrar sólo aquellos que Dios nos ha regalado desde que tengo uso de razón) y encuentro que se extienden en oración más allá de lo que las fuerzas del cuerpo permiten, cuando los he visto entregar todas las energías de su juventud y seguir trabajando mas allá de lo que la avanzada edad lo tolera, cuando he visto la dedicación y la sabiduría, aún sobre las cosas del mundo, no puedo dudar de que en el Papa Dios ha depositado una iluminación especial que le confiere infalibilidad en el manejo de su grey.

Cuando tengo presente que la virgen María ha actuado en mi vida, cuando he sido testigo de que Dios le ha dado poder para ser intermediaria y para acogerme amorosamente y revestirme con su pureza, no puedo renunciar a mi convicción de que es inmaculada. Cuando he sido asunto por ella de la esfera del pecado a la vivencia de una sexualidad en santidad, no puedo dudar de que ella fue asunta al cielo y que por ese don que Dios le concedió, ha podido rescatarme de las garras de la lujuria desenfrenada. Para renunciar a creer en estos dogmas tendría que pasar por encima de estos memoriales que están gravados en mí ser.

Y qué decir de la Eucaristía, ¿cómo pasar por sobre la transustanciación, el don más maravilloso que Dios ha dejado a sus ministros, ese poder misterioso e incomprensible de elevar el pan y el vino a la condición real de cuerpo y sangre de Cristo?, ¿cómo negarlo cuando Cristo mismo ha dicho: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54), sellando esta promesa con su propia vida? No puedo ser cristiano pensando que todo lo que Jesús dijo fue una metáfora. Y todo esto lo respaldan los memoriales que manifiestan que Jesús ha tenido poder en mi vida. Porque si no hubiera actuado, no podría creer que tiene poder, estaría lleno de dudas y posiblemente renegando de mi religión. ¿Cómo no dolerme de serle infiel al Señor negando ser testigo de las maravillas que ha hecho en mi vida?

 ¡Claro que le soy infiel! Soy un pecador, soy un hombre de carne y hueso. Pero me duele serle infiel, me duele pecar, me duele maltratar a sus criaturas y separarme de Él, y no reconocer su presencia. No borro mi pecado cambiando de religión. Es cierto, peco. Todos los días peco, pero todos los días busco mi conversión. Todos los días me encomiendo a la misericordia de Dios, porque sin esa misericordia, sin su perdón, no puedo.

La Iglesia está en medio de una persecución feroz: afuera de la Iglesia hay una jauría que lanza mordizcos sobre cada una de las fallas que desde adentro se cometen. Y desde adentro, una jauría de pecadores atentamos continuamente contra su unidad. Pero hay una promesa inmensa: “las puertas de hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Hay que creer en las profecías consignadas en las Sagradas Escrituras, el Señor habla de un pequeño rebaño (Cf. Lc 12, 32), Así que no se trata de una gran masa, se trata de unos elegidos que deben combatir contra los enemigos del cordero (Cf. Mt 24, 22-24; Ap 17, 14). Estamos llamados a combatir contra el demonio y sus aliados. Estamos llamados a deponer nuestros intereses particulares, a dar la vida como Cristo la dio en la cruz, a renunciar a los deleites de la fama, de la comodidad, del reconocimiento, al poder del dinero, en aras del testimoniar a Cristo Resucitado.

 Mayo 29 de 2009

Héctor Emilio Roldán Hoyos

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019 - 09 de Mayo de 2009

FALTA A LOS VOTOS & PECADO

Quienes estamos empeñados en la tarea de la Evangelización tenemos una responsabilidad muy grande frente al mundo: estamos llamados a ser sal y luz (Cf. Mt 5, 13-14). No se trata de evangelizar  con nuestra predicación, se trata de poner la vida, de ser diáfanos, transparentes. Tiene que haber una coherencia entre nuestra fe y nuestra vida.

 Dice el Documento de Puebla (Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano), Num. 476:

 Para que nuestra enseñanza social sea creíble y aceptada por todos… Ella exige de nosotros coherencia, creatividad, audacia y entrega total. Nuestra conducta social es parte integrante de nuestro seguimiento de Cristo. Nuestra reflexión sobre la proyección de la Iglesia en el mundo, como sacramento de comunión y salvación, es parte integrante de nuestra reflexión teológica, porque «la evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre» (Cf. Evangelii Nuntiandi 22 y 29).

 Y más adelante, dentro de sus conclusiones, aplicando la experiencia de la época al laicado (Num 783):

 … Grandes sectores del laicado latinoamericano no han tomado conciencia plena de su pertenencia a la Iglesia y viven afectados por la incoherencia entre la fe que dicen profesar y practicar y el compromiso real que asumen en la sociedad. Divorcio entre fe y vida agudizado por el secularismo y por un sistema que antepone el tener más al ser más.

 También, retratando la realidad de la Iglesía, nos dice la V Conferencia General del Episcopado Latinoaméricano y del Caribe, reunida en Aparecida en mayo de 2007:

 Desde la primera evangelización hasta los tiempos recientes, la Iglesia ha experimentado luces y sombras. Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones, como por las debilidades, compromisos mundanos e incoherencias, en otras palabras, por el pecado de sus hijos, que desdibujaron la novedad del Evangelio, la luminosidad de la verdad y la práctica de la justicia y de la caridad. Sin embargo, lo más decisivo en la Iglesia es siempre la acción santa de su Señor.

 Hoy, tristemente, vemos extendida esta incoherencia al presbiterado y aún a la jerarquía. Si bien, no nos debe extrañar que la acción del demonio continúe provocando todo tipo de extravíos y antitestimonios, y esto en todos los niveles de nuestra Iglesia, si nos debe mover a reflexión profunda sobre nuestro compromiso como cristianos, con una renuncia a los juicios sobre los hombres que han caído en pecado, mirándolos con misericordia, orando por ellos, pero con una total claridad para denunciar el pecado.

 Ante la realidad en que nos encontramos inmersos, se levantan voces, generalmente profanas, que quieren hallar las causas del problema en lo que para el mundo resulta incomprensible. Es así como se cuestiona el celibato. Afortunadamente he oído a ministros de nuestra Iglesia, célibes que luchan todo el tiempo contra la tentación, defender con valor este don voluntariamente aceptado por ellos. Porque el mundo no puede comprender esta entrega, como no puede comprender la entrega voluntaria de Jesús en la Cruz. Durante cada celebración Eucarística escuchamos al Sacerdote repetir: “El cual, cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad ..” (de la Plegaria Eucarística). Una “pasión voluntariamente aceptada” por el amor.

 Como cristiano comprometido con la tarea de la evangelización tengo que cuestionarme si he aceptado voluntariamente mi pasión. Porque quienes nos hemos casado también hemos hecho un voto: ser fiel cada uno a su esposa. Y a diario tenemos que luchar con muchas tentaciones, tanto ellas como nosotros. Porque del ataque del demonio no queda excluido nadie. Y quienes aún no se han casado… ¿Qué voto tienen? Frente a la Ley de Dios hay unos votos explícitos de quienes acogen la fe: Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas, no jurarás en vano, santificarás las fiestas, honrarás a padre y madre, no matarás, no cometerás actos impuros… Todos los católicos (y cristianos en general), tenemos nuestros votos frente a la fe que decimos profesar.

 ¿Qué un cura se enamoró? Bueno, hasta dónde, porque la Ley de Dios nos cobija a todos, y tenemos una fuerte responsabilidad frente a nuestros actos. ¿Hasta la lujuria, hasta cometer actos impuros? Esto no es una transgresión de leyes humanas, es una transgresión a la Ley de Dios que prohíbe explícitamente cometer actos impuros.

 Ante esta realidad de sacerdotes y obispos que faltan a su voto de castidad, no he oído hasta ahora que alguien haya puesto del dedo realmente en la llaga. Porque el pecado real no es la falta a un voto, el pecado real es la falta a un mandamiento y la falsa señal que eso conlleva para los pequeños en la fe y para aquellos que están por fuera de la Iglesia. Si fornica un cura (yo pensaría más en adulterio), y eso se justifica con el amor a una mujer, ¿qué podemos decir a nuestros jóvenes solteros que se hallan en una lucha titánica contra todo el veneno que quieren meter los medios de comunicación? ¿Que esto es mentira?, ¿Que todo se explica fácilmente y que nuestros actos no tienen ninguna consecuencia?

 Misericordia con el hombre, sí; aceptación y excusa del pecado, no. El Nuevo Testamento es muy claro:

 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos (Mt 5, 19).

 Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar (Mt 18, 6).

 Pero esto pasa, es real. Yo, hombre casado, tengo que confesar que en alguna época, alejado de Dios, caí en adulterio. Esto es una realidad tangible. Lo que pasa es que no podemos quedarnos como si nada hubiese pasado. Si he transgredido la Ley de Dios, es cierto que Él es infinitamente misericordioso y puede perdonarme, pero soy yo quien debo moverme hacia el Señor, reconociendo mi pecado, con un arrepentimiento sincero. Y, ahora, en medio de la Iglesia, con la responsabilidad de la Evangelización, así sea en mi trabajo, con mis vecinos, o a través de una fría página de INTERNET, tengo un gravamen mayor: mis palabras tienen que estar respaldadas con mis actos, estoy llamado a reflejar la acción real de Dios en mi vida. Porque si Dios ha pasado por mi vida y no ha sucedido nada, si no he sido rescatado de mis concupiscencias y mis debilidades, simplemente estoy mostrando que Dios no tiene poder sobre el demonio. No estoy exento de caer, pero si eso llegara finalmente a ocurrir, necesitaré ser humilde para reconocer mi pecado ante Dios y ante la comunidad que he ofendido. El pecado no es un acto aislado, es una acción que afecta a todo el hombre y a todos los hombres. No puedo salir con excusas a medias aguas, tratando de justificar mis actos. Frente a Dios, nada me justifica, como no sea la fe. Hasta al faraón, en el antiguo testamento, se le concedió reconocer su pecado: “Ahora sí, he pecado; Yahveh es el justo, y yo y mi pueblo somos inicuos” (Ex 9, 27). La soberbia viene del demonio y la humildad es un Don de Dios. Siendo humildes, reconociendo nuestras faltas sin justificarnos, como no se justificó Cristo en la Cruz a pesar de estar libre de pecado, podremos mostrar que reconocemos nuestra debilidad y que aceptamos que sólo Dios nos puede cambiar.

 Frente a todos los hechos que la vida pone ante nosotros diariamente, sólo la verdad nos puede hacer libres. Cristo es la Verdad, la Luz y la Vida. Podemos caer, de hecho caemos todo el tiempo. Pero es necesario que andemos en la verdad, que pongamos nuestros actos ante los hombres con diáfana claridad. Ante el pecado, sinceridad, ante el error, claridad. Si nuestra comunidad conoce nuestras faltas, ella misma será nuestra ayuda para impedir que caigamos nuevamente.

 Nuestros sacerdotes muchas veces están muy solos. Nosotros, los laicos, estamos muy ocupados organizando nuestras casas y nos olvidamos del párroco, lo dejamos sólo o, peor aún, mal acompañado. Nos cabe una gran responsabilidad en todo esto. Porque habrá alrededor de ellos un gran número de aduladores que les estarán haciendo creer que son santos, que tienen derecho de echar canas al aire, que no pasa nada si nadie les ve… O los dejamos frente a la soledad de sus cuartos, con una botella de licor, pasando las historias que recogen de sus fieles durante todo el duro día. O les susurramos que cantan muy bonito, que tal vez esa debió ser su profesión, o que sus homilías son muy hermosas y que tal vez deberían dedicarse a la política, o que sus programas sociales o sus presentaciones en televisión son un excito y que eso es más importante que sus parroquias y sus feligresías. Y, entonces, estos pobres hombres empiezan a dudar de su ministerio, comienzan a flaquear, a encontrar excusas, a pecar.

 Frente a todo ello, hay cosas que podemos hacer. La primera es la oración: oremos por nuestros párrocos. A que todas las noches pides porque te vaya bien, a que rezas por tu familia. ¿Nos acordamos de nuestros sacerdotes? La oración, junto con el ayuno y la limosna, son armas poderosísimas para enfrentar la acción del demonio. Pidamos por la santidad de nuestros sacerdotes, por nuestra jerarquía, para que ellos puedan evangelizar con su vida, para que los curas puedan permanecer en comunión con sus Obispos, y estos con el Papa, para que en la Iglesia seamos todos partes de un mismo cuerpo. Podemos también visitarles, no para llevarles nuestros problemas, sino para confortarlos y darles alegría. Podemos invitarlos a comer en nuestros hogares, extendiendo la felicidad de nuestros hogares a sus vidas. Y, más importante aún, podemos y debemos acompañarlos en su actividad pastoral. Tenemos, además, una obligación moral adicional: debemos amonestarlos cuando vemos que su comportamiento no está de acuerdo con lo que el Señor espera de ellos. Muchas veces anteponemos nuestra afectividad a nuestra responsabilidad. Pues no nos debe dar miedo poner al cura frente a la verdad (Cf. Rm 15, 14, Col 3, 16, 1 Ts 5, 14, 2 Ts 3, 15).

 Mayo 09 de 2009

Héctor Emilio Roldán Hoyos

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018 - 14 de Abril de 2009

DOS REFLEXIONES SOBRE LA CONFIANZA

1- MI PROPIA FALTA DE CONFIANZA EN EL SEÑOR

Durante esta Semana Santa que acabamos de celebrar pude experimentar mi falta de confianza en el Señor. A la luz de la reflexión sobre el sometimiento del Señor a la Voluntad del Padre, pude ver que estoy postrado, que no es verdad que cuando rezo el Padre Nuestro dejo mis asuntos en las manos de Dios. Todo lo contrario, en todo momento estoy tratando de decidir mi propia historia y, aún, las historias de quienes me rodean. No acepto que mis hijos tengan sus propios sufrimientos y quiero intervenir continuamente, quiero solucionar todos sus problemas, quiero hacer las cosas en mis fuerzas; me mortifica todo cuanto no está en mis manos, todo lo que se sale de mis planes me causa desconcierto.

Olvido por completo la catequesis de Abraham, nuestro padre en la fe. Él depuso su propio interés, todos sus afectos y sus seguridades en la Voluntad del Padre. Él se fió, creyó y esto se le reputó por justicia. Entró en la absoluta voluntad de Dios. Ante lo inaceptable se abandonó confiado en el Señor, no se guardó para sí mismo, no defendió sus intereses, no razonó la orden de Dios. Y se puso en marcha, hasta levantar su mano con el cuchillo para dar cumplimiento a la prueba. Sólo se detuvo cuando la voz de Dios se lo ordenó.

Olvido por completo la catequesis de María. Ella, una adolescente pura, inmaculada, acepta lo inaceptable: la posibilidad de ser apedreada por concebir sin estar dentro de una relación aprobada. Aún en nuestros días esta es una prueba dura para cualquier mujer. Cuántas prefieren asesinar que enfrentar la nueva realidad de su historia. María, por el contrario, consintió llevar en su vientre lo que no estaba en sus manos explicar. ¿Que viniera de un hombre, pasaba, pero esa historia de un embarazo porque al Espíritu Santo le había dado la gana? Sin embargo se sometió a la Voluntad del Padre y supo esperar a que Él mismo despejara las dudas en el corazón de José. Y no sólo de José, de toda su familia. Dio un sí sin vacilación, sin titubeos; no se detuvo a pensar en los pros y los contras, no se quedó en razonamientos sobre el desarrollo de la personalidad y sobre los derechos propios. Se desarmó por completo ante Dios y expresó “hágase en mí según tu palabra”(Lc 1, 38).

Olvido también la catequesis de Jesús. Él aceptó una historia que culminaba con su muerte en la cruz, tras dolores inimaginables, desfigurado, anonadado hasta el extremo, vituperado, presentado como un deshecho, cuando Él mismo era el Rey. Aceptó pasar por todo esto, no para gloria suya, pues ya la tenía toda, sino para cumplir la Voluntad del Padre, una voluntad que se desarrolla en el amor absoluto, en la misericordia extrema. Ante esta Voluntad inexplicable para hombre alguno, Jesús exclamó: “Hágase tu voluntad y no la mía” (Lc 22, 42). Lo expresó y lo aceptó, se sometió y fue crucificado para resucitar glorioso. Porque la Voluntad del Padre conduce a la Gloria.

Como si esto fuera poco, olvido por completo los propios memoriales que el Señor ha escrito en mi vida, cuando me ha puesto a prueba y he podido experimentar que pasa victorioso por sobre todas mis angustias. Lo he visto potente derribar imposibles y cambiar mi vida, rescatarme de los lazos del seol, de las profundidades del infierno. Y aún así no me fío.

Esa es la voluntad que me niego a aceptar. Se que la Voluntad del Padre conduce a la gloria, pero entro en razonamientos que ponen en evidencia mi desconfianza absoluta: “¿cómo puedo permitir que esto pase?”, “haré todo cuanto esté en mis manos para que esto no suceda”. Me aterrorizo del sufrimiento, el cual el propio Hijo de Dios no rechazó. Olvido por completo que los designios de Dios pasan por sobre mi razón, la cual de nada sirve. De nada sirven, tampoco mis actos para evitar que quienes me rodeen, y hasta yo mismo, tengamos un encuentro personal con Dios a través del cumplimiento de sus proyectos.

Así, pues, he descubierto mi absoluta falta de fe, mi confianza desmedida en mis flacas fuerzas. Esto me permite clamar como el salmista: “¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!” (Sal 22, 1).

 

2- CONFIANZA EN LA INSPIRACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

Algunas veces nos alejamos de la voluntad de Dios en forma grave, cuando no aceptamos la inspiración del Espíritu Santo. Viendo la película “la Pasión de Cristo” de Mel Gibson, me llamaba la atención una escena: Caifás frente al rostro desfigurado de Cristo. Este hombre conocía al dedillo las Escrituras, ¿Cómo no identificó este rostro con el rostro mostrado por el profeta Isaías en el Cuarto Canto del Siervo? (Cf. Is 53). Muchas veces nos enceguecemos, no queremos ver la realidad, nos erigimos en dioses y negamos la misma revelación de Dios. Eso le pasó a este hombre, quien no reconoció al Mesías en el rostro de Cristo, siendo él (al menos nominalmente, porque Jesús ya había erigido a Pedro como cabeza de su rebaño) el Sumo Sacerdote. Eso pasa en nuestros días cuando muchos de nuestros pastores se resisten a la autoridad del Papa y al soplo del Espíritu Santo, impidiendo la difusión de los carismas que el mismo Espíritu Santo ha concedido a la Iglesia. Hay mucho de la soberbia de Caifás en estos ministros que se dejan engañar, que se niegan a la Revelación y a las Escrituras por sostener razonamientos fuera de la unidad de la Iglesia. Pero es bien sabido que el rebaño del Señor es un pequeño rebaño (Lc 12,32). Un pequeño rebaño que obedece a su pastor (Jn 21, 16), un pequeño rebaño que es perseguido (Mc 10, 29-30; Cf Rm 8, 35; Gl 6,12-13; 2Ts 1, 4-5), pero que recibirá como recompensa vida eterna (Cf. Jn 5, 24.39-41; 10, 27-29; Rm 6, 2-8). La fidelidad al Evangelio se manifiesta en la obediencia: el Santo Padre obedece la inspiración del Espíritu Santo y los fieles estamos llamados a obedecer su enseñanza y su dirección. La obediencia a la cabeza es garantía de fidelidad y de unidad en el Cuerpo Místico de Cristo.

He sentido impotencia y profunda tristeza ante el rechazo, no solo por mi orgullo, sino también por el daño que se le hace a la difusión del Evangelio, y por el propio daño que se infringe el propio perseguidor. Y quisiera poder cambiar esto, pero, he aquí que esta persecución está también permitida por el Señor, y es Él quien finalmente hablará. ¡Cuánta persecución no han tenido los que hoy son declarados como santos!: Padre Pío, Madre Teresa de Calcuta, los pastorcitos de Fátima, y, en general, todos los santos… todos han sufrido la persecución, incluso desde dentro del mismo seno de la Iglesia. Y ha sido voluntad de Dios, para que se sepa que esto no viene de los hombres. Finalmente una cosa habla y es la definitiva: “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16; Cf. Mc 9, 38-40).

Abril 14 de 2009

Héctor Emilio Roldán Hoyos 



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017 - 26 de Marzo de 2009

UNA IGLESIA SIEMPRE VIGENTE

 Vivimos en un mundo de constantes cambios. Nos hemos acostumbrado a que lo que hoy es mañana no es. Exigimos la adrenalina de lo novedoso y hemos desarrollado una especie de aversión por lo que permanece inmutable. Rechazamos los inamovibles, nos incomoda lo que perdura y preferimos lo desechable. Así ha hecho carrera todo lo que es “Express”: matrimonio Express, divorcio Express, relaciones Express, como si se tratara de un simple juego en el que se quita y se pone.

 De otro lado, el juego político de intereses nos ha acostumbrado a que es normal adaptarse para obtener la hegemonía: si deseo el éxito debo adherirme al partido que tiene las mayorías o sacrificar mis pensamientos y convicciones hasta que logre que mi propuesta sea “atractiva” y consiga el favor de las masas. Porque en esto se ha convertido el quehacer político: en acomodarse y camuflarse de tal forma que no imperan las causas que compaginan buenas costumbres con bienestar social, sino aquellas que simplemente capturan votos. Y a este modo de proceder lo llamamos, con cinismo e indolencia, el “juego de la democracia”. Aceptamos, entonces, que se mienta para poder conseguir objetivos no muy claros y la mayoría de las veces contraproducentes para quienes los han apoyado. De este modo vemos como toman importancia las minorías, que si bien en unos casos obtienen así una forma de expresarse y ser reconocidas, en otros logran imponer propuestas absurdas y a todas luces contrarias al real beneficio de las comunidades.

 Adicionalmente, tenemos el enorme influjo de los medios de comunicación que están, en su mayoría, al servicio del comercio y del poder. Así, pues, se socializa y difunde lo que vende: sexo, placer, confort, mientras que aquello que causa rechazo se oculta: enfermedad, vejez, muerte. Por eso no hay espacio para el alma, por eso lo espiritual, que nos enfrenta con la realidad ulterior, no despierta interés y se cambia por el pseudo-espiritualismo de lo que trae “tranquilidad” y “paz” inmediata, como el “pare de sufrir”, o la difusión de oraciones de prosperidad y sanación, el esoterismo, el horóscopo y toda clase de engatusamientos que acallan el grito del alma y que, en definitiva, son alimento para el comercio.

 Ante esta visión tan caótica, la Iglesia parece no tener ningún futuro. ¿Por qué no cambia la Iglesia y se adecua a las condiciones de este nuevo estado de cosas? La prensa reclama con vehemencia la adaptación a propuestas como el uso del condón para prevenir enfermedades contagiosas, el aborto en los primeros meses para evitar el sufrimiento de tantas madres y padres que no han deseado sus hijos o que no cuentan con recursos, la eutanasia para aquellos enfermos que postrados en una cama no tienen ningún futuro, la pena de muerte para quienes han violado a niñas y niños indefensos, la aceptación de uniones homosexuales para legalizar el “amor” en todas sus expresiones, el divorcio para deshacer el yugo matrimonial de tantas mujeres condenadas a la sumisión y el maltrato. Tanto sufrimiento que la sociedad no quiere aceptar y que, aparentemente, puede ser evitado de un modo relativamente fácil.

 He visto cómo siempre que se ha muerto un Papa (Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II), los medios de comunicación se explayan en consideraciones sobre los retos de cambio y adaptación que debe enfrentar el sucesor, y siempre se han quedado con los crespos hechos frente a las predicciones de que deben nombrarse personas que traigan estos cambios a la Iglesia. Y siempre, también, me he quedado con la misma pregunta: ¿Por qué se preocupan tanto por la Iglesia, por su supuesta pérdida de adeptos, si no pertenecen a ella?

 Frente a todo esto, la Iglesia ha permanecido inmutable: son dos mil años de existencia y no se mueve ni un ápice. Nos basta con considerar la separación con las iglesias orientales hace más de mil años: a pesar del alejamiento inicial, en cuestiones de ética y moral no hay distancias. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que permanezca intacto el contenido moral?

Ante este aparente anquilosamiento y siguiendo el modo de pensar relativista que se impone en nuestro tiempo, ¿Por qué la Iglesia no se acerca a la posición del sufriente, del necesitado readaptando su contenido moral?

 Hay tres razones fundamentales:

1-     La misión de la Iglesia no es recolectar adeptos sino salvar almas. La iglesia tiene la Verdad entregada por Jesús y no necesita mentir ni acomodarse para obtener mayorías. La salvación no es una cuestión de masas, sino de aceptación de la Revelación de Dios a lo hombres. Así que simplemente crees y te conviertes y te haces uno con la Iglesia, y ella con Cristo, o no lo aceptas. Para la Iglesia no pasa nada. Nuestro Señor Jesucristo se preguntaba al borde de su pasión: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?”(Lc 18,8). Muchos le abandonaron y, sin importar el número de seguidores, aceptó su sacrificio. La Iglesia, a ejemplo de Jesús, tampoco tiene entre sus preocupaciones el número, y si bien está llamada a buscar a todos los hombres, es cada uno quien en definitiva decide su conversión, de cara al Señor.

2-     La Iglesia es fiel al Evangelio. Solo manteniéndose fiel al Evangelio puede cumplir su misión y sin el Evangelio no hay misión. Sin la fidelidad al Evangelio es imposible para la Iglesia salvar almas.

3-     La Iglesia mantiene su unidad a través del tiempo por la acción del Espíritu Santo. Ante la promesa del Señor hecha a los apóstoles en Cesarea de Filipo, de que las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia (Cf. Mt 16,18), la acción del Espíritu Santo es garantía de unidad y de perseverancia en la Verdad. No hay que adaptarse, no hay que acomodarse al querer o al pensar facilista del mundo. Dios mismo no rehusó el dolor de su Hijo, ¿por qué nos escandalizamos por el sufrimiento del hombre? La Iglesia no es ajena al dolor del hombre, pero busca métodos evangélicos para afrontarlo.

 Si la Iglesia aceptara las acciones que la sociedad propone contra la vida (aborto, eutanasia, contracepción y anticoncepción, pena de muerte), estaría engañando a sus fieles, ya que los estaría conduciendo a la condenación. Si la Iglesia aceptara el divorcio, estaría colocándose en un plano superior al de Dios mismo, ya que sólo Él puede desunir lo que Él ha unido.

 Es claro, entonces, que la Verdad que posee la Iglesia no es relativa, no depende de la voluntad del hombre, ni de lo que le haga la vida más fácil, aunque, en sí, es la que le puede hacer la vida más fácil. Esta Verdad ha sido dada por Dios mismo, y la Iglesia no puede ceder a las presiones de un medio de comunicación o de unos cuantos autodenominados “librepensadores”, quienes, realmente, son esclavos de la sensiblería y el hedonismo vigentes.

 Oremos por la Iglesia, por nuestro Papa y nuestros Obispos, por nuestros sacerdotes y misioneros, por todas las personas consagradas a la vida religiosa, quienes construyen todo el tiempo caminos de salvación para los hombres, oremos por la salvación del mundo. Este tiempo que queda de Cuaresma y la Pascua que se acerca son propicios para ofrecer al Señor los sufrimientos de su Iglesia y para pedir la siga asistiendo para que su misión sea eficaz y eficiente.



Héctor E. Roldán
Marzo 16 de 2009
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ] 

016 - 02 de Marzo de 2009

CUARESMA: AYUNO, ORACIÓN Y LIMOSNA

La cuaresma es, por excelencia un tiempo de conversión a través de la penitencia y la reflexión, como quiera que con él la Iglesia conmemora los cuarenta días y las cuarenta noches que duró el retiro de Jesús en el desierto como preparación a su ministerio (Mt 4, 1-2). Muchas fechas hacen referencia a este tiempo en las Escrituras: el diluvio duró cuarenta días (Gn 7, 17), cuarenta años duró la marcha de Israel en el desierto bajo la dirección de Moisés, quién también pasó cuarenta días en el monte donde le fueron revelados los mandamientos (Ex 24, 18). Cuatrocientos años duró la estancia de los Israelitas en Egipto sometidos a esclavitud (Gn 15, 13). Así que, al término de los cuarenta días de retiro de Jesús, ayunando y orando en el desierto, siguió el vencimiento de las tres tentaciones: la tentación del pan, la tentación del prestigio y la tentación del poder (Mt 4, 2-11).

Así comienza la cuaresma, con esta lectura maravillosa que conocemos como las tres tentaciones. Y estas tentaciones siguen vigentes, porque son las armas del demonio para hacernos esclavos del pecado:

1-    La tentación del pan:

El mundo nos grita que debemos asegurarnos el pan, el bienestar, la comodidad. Estás en peligro continuo de perder el trabajo, lo que ganas no es suficiente, no tienes hijos porque no te alcanza para alimentarlos. En otras palabras, te gritan que Dios no tiene poder para darte el pan de cada día, tú eres quien tiene que hacer el esfuerzo. No puedes traer hijos a sufrir, no puedes quedarte en casa cuidando a tus hijos, debes producir para ayudarle a tu marido. ¿Acaso han asegurado su pan quienes lo tienen todo? ¿A quiénes ves padeciendo de anorexia? ¿Qué pueden hacer los padres millonarios por sus hijos drogadictos? ¿Qué logra el hombre cuando no confía en Dios? Yo tengo hijos, y he visto cómo Dios los rescata, como los conduce y los libra de la esclavitud del sexo o de la rebeldía, como a pesar del sufrimiento los ha llevado a madurar y a confiar en su poder. Cuando ya no podía más, cuando ví que habían escapado de mis manos, clamé al Señor y Él los tomó y ahora los tiene andando por sus sendas. Y mi esposa y yo estamos tranquilos porque están en buenas manos, y nos pesa no haber tenido más hijos para el Reino de Dios. Pero, bueno, ahora andamos en su Voluntad, confiamos porque hemos visto, porque hemos experimentado su poder. Se que el poder de los hombres es nulo, se que mi poder es nulo, se que Dios lo puede todo.

Y, como soy débil, tiendo a despreciar todas estas victorias del Señor. Pero allí hay unos memoriales que me recuerdan cómo Dios ha pasado por mi vida en esas y en muchas otras ocasiones. Sí, soy tentado por el pan. A veces me angustio, pero recuerdo entonces que mi trabajo no lo debo a mis patrones, ni a mis amigos, sólo a Dios quien nunca ha permitido que me falte el pan. Siempre tengo lo que necesito y Dios me tiene como a un rey.

¿Acaso los lirios del campo no visten mejor que el rey Salomón en todo su esplendor? Y ellos ni se fatigan ni hilan. ¿Acaso las aves del cielo no se alimentan opíparamente? Y ellas ni siembran, ni cosechan, ni almacenan en graneros (Cf. Mt 6, 26-29).

Posiblemente esto te parece absurdo, porque ni te has dado la oportunidad de experimentarlo. ¿Quieres tener la seguridad? El bebé sabe que si se arroja, los brazos de su padre no lo dejarán caer. Si quieres experimentar que tu Padre celestial no te dejará caer, arrójate. Si no lo experimentas, no sabrás que es verdad. Por eso, ante la angustia por el pan, está el ayuno, que nos ayuda a entender la necesidad del otro y a confiar en el Padre Celestial.

2-    La tentación del prestigio

Tienes que ser alguien en la vida, y esto lo logras esforzándote, trabajando doble jornada, estudiando aunque faltes en tu hogar. El mundo te llama a tener títulos, papeles que te certifiquen como alguien, que te den valor, porque así no vales nada. Nada vale el concebido que debe ser abortado porque estorba a sus padres, nada vale el pordiosero a quien llamamos “desechable”, nada vale el anciano o el enfermo a quienes se les puede aplicar la eutanasia. Sólo si tienes títulos, certificados, solo si eres reconocido, si logras despertar admiración y respeto, sólo así eres alguien. ¡Qué difícil es escapar a esta tentación! Si no tienes una figura aceptable, requieres sacrificarte hasta lograrla: gimnasio, lipoescultura, dieta. Si tu cara no es la adecuada, necesitas someterte a cirugía estética. Si tienes poder adquisitivo, puedes comprar el prestigio, el ser: puedes ser como la estrella de cine, puedes vestir como el galán promocionado del momento, puedes conquistar a quienes quieras. Es más, puedes negar tu ser, porque, en el colmo del autoengaño, puedes “cambiar” de sexo.

¿Y qué decir de la edad? Hay tanta ignorancia que hasta creemos que quitar los años nos hace jóvenes. ¿Qué no estamos dispuestos a pagar por alargar la vida? Tantas cosas se ven: tráfico de órganos, tráfico de medicamentos adulterados, curanderos, pitonisas y adivinos para asegurarnos el futuro. Verdaderamente se vende el alma al diablo.

Frente a la oferta del prestigio, Jesús presenta su humildad: “no tentarás al Señor tu Dios”.  Jesús cierra sus oídos al diablo y sigue en comunión con Dios. Ante la tentación del ser está la oración para poder resistir no con las propias fuerzas, sino con la fuerza de Dios.

Si no somos como niños, no heredaremos el reino de Dios (Cf. Lc 18, 17). No es con prestigio y fama como entraremos al reino de los cielos. Definitivamente no, porque para lograr prestigio y fama debemos aplastar a nuestro prójimo. Jesús nos invita a todo lo contrario: niégate a ti mismo (Cf. Mc 8, 34)

3-    La tentación del poder:

¿No es cierto que trabajas para poder? Para poder comprarte una casa, para poder comprarte un carro, para poder pagar unas vacaciones, para poder sobresalir, para poder…

Estudias para poder tener un título, para poder ser reconocido, para poder ser alguien. Y hasta vives para poder.

Queremos tenerlo todo, apoderarnos de todo. Es el sentido de nuestra vida: tener casa, carro y beca, como decía un antiguo comercial. Queremos que nos sirvan en todo, que los demás nos corran. Exijo que me hagan bien lo que he mandado a hacer, pero cuando soy yo quien se equivoca, entonces me hago el desentendido. No soporto que no se cumplan mis órdenes y si alguien no las entiende ese tal está incapacitado mental o físicamente. No entiendo la diferencia ni acepto que otros piensen o hagan diferente (distinto esto a ser transigente con quienes van contra la moral dictada por Dios).

Jesús responderá mas adelante: "¡El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida por la redención de muchos!" (Mt 20, 28).

La respuesta a esta tentación es el servicio. Hay que dar y darse.

Es por eso que, en este tiempo de cuaresma, la Iglesia nos invita con insistencia a practicar estas tres cosas: ayuno, oración y limosna. Y no a realizarlo como un simple rito, como un signo. No basta con eso. Es necesario renunciar a sí mismo con todo lo que esto implica: “Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres” (Lc 18, 22),  “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34)

Para el cristiano, todo tiempo es tiempo de conversión. Y no un tiempo más: puede ser la última oportunidad. Así que cada tiempo es el más importante. Y este tiempo de cuaresma, ahora, es el más importante para tu conversión.


Héctor E. Roldán
Marzo 02 de 2009
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ] 
015 - 06 de Febrero de 2009

MISIÓN Y TERRORISMO

Muchas veces es difícil escribir sobre los temas de nuestro credo, fundamentalmente porque para hacerlo es necesario que el Espíritu Santo permita el discernimiento e ilumine. Es por eso que en tantos días no he redactado algo nuevo en este cuadro de meditación. Sin embargo, no quiere decir que Dios haya dejado de estar presente. Por el contrario, puedo ver momento a momento cómo Dios actúa en mi vida, como me protege y resguarda del pecado, cómo me busca y me llama a su servicio. Y estoy seguro de que así es para cada uno de sus hijos.

Son tantos los temas que deja la navidad, pero es necesario también afrontar los cotidianos, los que nos pellizcan y torturan. Como es el caso de los secuestrados en mi país (Colombia). Es muy triste comprobar cómo se convierte la vida humana en un objeto de mercado. Tiene que estar muy perdida la razón en los embelesos propios del hedonismo y del egocentrismo para apartar el impacto del dolor ajeno. ¿Cómo puedo, en aras de algún ideal, cualquiera sea él, subyugar  el derecho a la vida de los demás? Y, aunque parece claro formular esta pregunta desde el lado en que me encuentro, habría que preguntar en su lugar, ¿qué ha sido capaz de producir en algunos seres humanos la idea de que extorsionar y secuestrar está dentro de los caudales que se pueden manejar para desarrollar ideales o intereses particulares? ¿Cómo puedo yo llegar a creer que tengo el derecho de disponer sobre la vida de otros? Y hay una sola respuesta: se necesita haber crecido en medio de la más lamentable carencia de amor. Cuando se lee algo sobre la vida de los más sanguinarios guerrilleros, paramilitares, o criminales, se encuentra este punto común: infancias desgarradas, llenas de violencia. Seres que han presenciado el asesinato de sus padres, seres que han sentido el abandono, la soledad, desde sus más tempranas infancias. Es la misma respuesta que se encuentra en la motivación del violador. Porque el terrorista y el secuestrador no son más que violadores: violan no solo la carne que se toman, también el espíritu, al que tratan de aprisionar en un acto que continúa, que se prolonga hasta que sus víctimas mueren o logran la libertad.

Y la pregunta que sigue para quien no se conforma con quedarse expectante es ¿qué hacer? ¿Cómo lograr que una espiral de secuestro, tortura y extorsión pare? En medio de tanta guerra absurda se ha generado un dolor inmenso, una cadena que se robustece tras cada eslabón, porque cada vez son mayores las atrocidades, los niños mutilados, las familias sin padre o sin madre, cada vez se “refinan” mas los métodos para causar el dolor, cada vez es mayor la saña con que se ataca o se cobra o se exige. ¿Qué hacer ante tanto daño? 

Es una misión titánica, que supera la fuerza de cualquier ser, que va mas allá de las posibilidades de cualquier fundación de ayuda, e incluso del Estado mismo. Porque si se lograra parar el secuestro y la extorsión, si se detuviera el derramamiento de sangre, incluso así quedaría el daño sobre tantos seres que han sido mutilados física y emocionalmente. Esto no lo pueden reparar los psicólogos, porque las marcas están en el interior del alma, no se puede pagar con indemnizaciones, porque el dinero no sana el espíritu, no se puede borrar a punto de solicitudes de perdón y olvido porque se requiere más que el esfuerzo interior del afectado. 

Sólo una transformación de unos y otros puede lograr el saneamiento de esta situación. Y esta esperada transformación solo es posible cuando aquello que ha generado la deformación del ser, la falta de amor, quede iluminada por el amor de Dios. Es decir, cuando el Espíritu Santo transforme nuestros corazones de piedra por corazones de carne. Por eso aquí juega un papel preponderante el evangelizador. Es aquí cuando la tarea de llevar el amor de Dios a todos los hombres se hace relevante, es bajo estas circunstancias cuando podemos realizar nuestra misión: en medio del desamor sembrado por años y años de odio, de asesinato, de miseria, el cristiano está llamado a implantar el amor de Dios, primero, expresado como realidad en su vida y luego, manifestado como entrega, como donación de su ser en el cumplimiento de la pasión de Cristo. Esas personas actúan así porque no han experimentado el amor de Dios, no se han sentido amadas, lo único que han recibido es desprecio, humillación y no alcanzan a ver el amor de Dios por ningún lado. Es más, creen que Dios no puede amarlos. Nuestra tarea es llevarles este amor de Dios. 

Ahora el interrogante es, entonces, este: ¿cómo llevar el amor de Dios a aquellos hombres perdidos en la selva? Una primera impresión nos muestra que es poco probable que yo, padre de familia, arriesgue mi vida para penetrar en la selva y llevar un amor que difícilmente puedo presentar en mi hogar, en mi empresa, en mi círculo más inmediato. Porque tampoco me creo esto, tampoco quiero ver que el amor de Dios alcanza para todos. Es cierto que la tarea del evangelizador empieza cada día consigo mismo, recordando los memoriales que Dios le ha sembrado en su vida, como lo hacía el pueblo de Israel, recordando el paso del mar Rojo. Así el Señor ha pasado por nuestras vidas, rescatándonos del faraón: El pecado que ha reinado sobre nosotros. Y todo eso nos recuerda que es Cristo quien ahora reina. Así, pues, hemos de despojarnos de nuestros prejuicios e ir al encuentro de aquellos que no ven el amor de Dios. Salir al encuentro del otro, que no está en la selva pero que está necesitado de conocer el amor de Dios, ese otro que es mi vecino, mi compañero de trabajo, mi jefe, mi alumno… 

Allí está la misión del cristiano. La proeza no está en internarse en la selva, la proeza es testimoniar el amor de Cristo por encima de los prejuicios sociales, de las limitaciones del trabajo, y a pesar del desdeño por todo lo que signifique religión. Este acto de cada cristiano se puede sumar en un gran acto de la humanidad para mostrar el amor de Dios. ¡Cómo nos catequizan aquellos secuestrados que salen de la selva convencidos de que el amor de Dios les ha devuelto la libertad! ¿No has sentido como un “gozo” en el corazón cuando expresan que han realizado un encuentro con Dios en medio de todas las dificultades que han soportado? Estos, en verdad, no han perdido sus años en la selva, porque han encontrado lo que otros no encuentran en toda su vida en medio de las comodidades. Y comprender esto es lo que nos llena de gozo, porque vemos una vez más como Dios se manifiesta a través de lo inesperado en medio de los pobres, los humildes y los oprimidos. ¿No vemos la amargura en la cara de los guerrilleros que son aprisionados, al ver que todo el desangre que han causado no tiene ningún sentido? Verdaderos rostros invadidos por la muerte, por el sinsentido, vaciados por el engaño del demonio. 

Estamos llamados a cambiar esto con la sencillez del amor. Tres armas poderosas: oración, ayuno y limosna nos ha dejado Dios para enfrentar la falta de amor. Estas tres herramientas nos permiten asumir la misión desde la casa, desde el sitio en que cada uno está ubicado, sin dejar las obligaciones diarias. ¿No nos invitan frecuentemente a no dar limosna? ¿No nos llaman a vivir en el despilfarro y en la glotonería? ¿No nos dicen que rezar es cosa de viejitas y de monjas? No obstante han sido el ayuno y la oración de estos secuestrados y sus familias, y su propio sufrimiento, las herramientas que han permitido que estén de nuevo con sus familias. Pero ¡Tengamos cuidado!, no quiere decir que quienes no han sido liberados o han sido masacrados no han orado. No, porque en los insondables designios de Dios está primero la salvación del alma que la salud del cuerpo. Así, pues, siempre estará por encima el poner nuestras necesidades bajo la voluntad de Dios que es quien, en definitiva, conoce lo que conviene para nuestra salvación.


Héctor E. Roldán
Febrero 06 de 2009
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ] 
014 - 16 de Diciembre de 2008

COHERENCIA ENTRE FE Y VIDA

Es increíble cómo se han trastocado los valores en el orden actual de las cosas. En Colombia acaban de nombrar al nuevo Procurador General, un hombre que se declara Católico practicante. E inmediatamente han saltado las voces de “alerta” por tal designación, ya que, según los sectores afectados, no hay garantía de que este hombre no defienda sus creencias personales desde el cargo que ocupará. ¡Qué ironía!, en un país donde se ha indultado a guerrilleros que causaron la masacre del Palacio de Justicia, la desaparición de miles de compatriotas y cientos de otros hechos atroces, a parapolíticos que han masacrado a los campesinos para apoderarse de sus tierras y para el usufructo de los cultivos ilícitos. Unos y otros ahora detentan cargos Públicos, se desempeñan en la dirección de partidos políticos, o dirigen el País desde el Senado. Hombres que se autodenominan librepensadores, agnósticos y que dicen defender el libre ejercicio de las libertades. Personajes que han llevado a la aprobación de leyes tan perniciosas para la sociedad como la legalización de la “dosis personal”, o que han abogado por despenalizar el aborto y la eutanasia. Estos son, ahora, los que pueden señalar quienes son moralmente aptos para ejercer los cargos de dirección y control del país.

Estas cosas ocurren precisamente porque estamos cimentados sobre frágiles valores, porque nuestras convicciones son bien flojas y porque corremos detrás de la vida fácil (dinero, oportunidades, cargos, etc.), sin pensar que construir requiere realmente un esfuerzo. En un país que se proclama de mayorías católicas esto no podría ocurrir. Pero pasa aquí en Colombia, porque los que se autodenominan católicos lo son, en su mayoría, sólo de nombre: no hay convicción, y mucho menos coherencia entre “fe” y “vida”. Carecemos de firmeza, nos da miedo levantar nuestra voz y denunciar: denunciar la manipulación de las fuerzas oscuras interesadas en atacar a la Iglesia, que buscan desprestigiar todo lo que tenga que ver con Cristo, empeñadas en dominar el pensamiento de las gentes y reducir los niveles de expresión y de crítica sobre los problemas reales; denunciar que son moralmente inhábiles quienes detentan el poder para crear leyes que van contra la moral que profesamos en el sano ejercicio de nuestra fe; denunciar que el mal no está tanto en la pobreza física, como en la pobreza moral.

Poco o nada dicen ahora nuestras autoridades Eclesiales. Antes se denunciaba desde los púlpitos, algunas veces con exagerado vigor, a las personas que querían ocupar alguna dignidad pública pero que por alguna condición moral no estaban de acuerdo con la moral católica. Ahora pasamos al otro extremo: nada se ha dicho. Ni en las homilías, ni en los medios de comunicación, ni en ninguna parte se ha salido a defender el derecho de los Católicos practicantes a detentar cargos públicos sin ser discriminados por sus creencias. Y nosotros tampoco somos capaces de expresarnos. Porque nos parece normal que se hable mal del ser católico: ya como que nos hemos acostumbrados a que eso esta bien.

La palabra es “discriminación”. ¿Cuántas veces la hemos oído para criticar a la Iglesia, por ejemplo en el caso de los homosexuales, o de los abortistas? Siendo que en estos casos la Iglesia no ataca al pecador sino al pecado, es evidente que no se trata de discriminación, como tampoco se puede aplicar la palabra “intolerancia” a las denuncias que se hagan colocando la verdad por delante. Pero si es intolerancia y si es discriminación que se prejuzgue al funcionario elegido para un cargo por sus creencias religiosas, en consonancia con la fe común que dicen profesar la mayoría de los ciudadanos implicados. Hay una clara discriminación y, además una falsa acusación. Es el resultado del imperio de la inmoral sobre la moral, de la politiquería sobre el interés general, de la lucha por el poder sobre la lucha por la construcción de una sociedad más justa, más igualitaria y con mayores oportunidades.

Católicos de todo el mundo, despertemos, nos están metiendo la mano en la boca y no decimos nada. Es cierto que estamos llamados a poner la otra mejilla, pero denunciar no es responder al mal, es poner la verdad por delante, como siempre lo hizo Cristo, como lo han hecho los apóstoles y como lo han hecho nuestros Papas. No está bien permanecer adormilados. Nuestro voto elige. Por eso es importante saber por quien votamos. Es importante participar en el gobierno de nuestros Países, eligiendo personas que compartan nuestras creencias. Es cierto que muchas veces es difícil distinguir entre quien comulga con nuestra forma de pensar y quien se camufla para allegarse electores. Pero debemos hacer nuestro mejor esfuerzo. Y hay que empezar por el principio: no apoyar a quienes están abiertamente contra los principios y las costumbres morales que profesamos en el cristianismo. Y lo segundo es denunciar el desbordamiento de los derechos sobre los deberes morales de todo ciudadano, estar atentos a señalar aquello que desdice de la Ley de Dios. Porque mientras nos quedemos pensando que la Iglesia está obsoleta y desactualizada, mientras nos creamos este engaño, estaremos empujando nosotros mismos del lado de quienes pretenden su destrucción.

Tenemos una misión inmensa como cristianos: defender la dignidad humana. Y esta no se cumple cuando nos tomamos derechos que no nos corresponden, como decidir sobre la vida y sobre la muerte. La dignidad humana, que nos sobrepone a toda la creación como hijos de Dios. La dignidad humana que resalta nuestra imagen y semejanza con el Creador. La dignidad humana que exige nuestro respeto por la integridad del semejante. Es muy cierto, un cristiano no legislará como un agnóstico: defenderá sus principios, porque los conoce superiores a la ley humana. Pero, ¿es que acaso el agnóstico no legisla según su “leal saber y entender”? ¿Es que todos están llamados a legislar o a ejercer como agnósticos? ¿Es que el agnosticismo es el único modo de pensar que puede regir, así esté totalmente equivocado?

Estamos en navidad, fiesta que precisamente el descreimiento imperante ha trocado por jolgorio, luces, regalos y una serie de banalidades que han robado el verdadero sentido. Porque para la sociedad de consumo es importante que no pensemos, que hagamos como hacen los que actúan sin criterio. Y nosotros, los autoproclamados “Católicos”, nos sumergimos en todos estos festejos, olvidando el verdadero sentido de esta época. Hagamos un alto, reflexionemos sobre todo lo que nos presenta el mundo con una imagen deleitosa, para permitir la metanoia, un verdadero cambio de actitud que nos lleve a ser coherentes: que nuestra vida refleje nuestra fe. No podemos pensar una cosa y ser y actuar otra distinta. El cristianismo no es de pensamiento, es de actitud. “Pruebame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe” decía el apóstol Santiago (Cf. Snt 2, 18). A esto es a lo que temen los gobiernos agnósticos del mundo, a los cristianos comprometidos con su fe, hombres capaces de morir por Cristo, como tantos mártires, por los cuales se ha difundido el cristianismo por todo el mundo. Porque la Iglesia está soportada, cimentada sobre la sangre de los mártires, que se ha unido a la sangre de Cristo en la Cruz para la salvación del mundo.

Dejemos que Cristo nazca en nosotros, que Él nos haga uno con la voluntad del Padre. Seamos nosotros mismos un pesebre, un Belén, un nacimiento. Qué la luz de Cristo brille en nosotros para ser sal y luz, para no acobardarnos ante quienes pretenden conducirnos como borregos hacia el abismo del infierno. Que esta navidad, querido lector, Cristo pueda penetrar en tu alma y transfigurarte para hacerte testigo de su amor.

 

FELIZ NAVIDAD.

Héctor E. Roldán
Diciembre 16 de 2008
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ] 
013 - 01 de Diciembre  de 2008

ADVIENTO Y NAVIDAD

Esta sociedad consumista y laicista nos quiere borrar hasta la navidad. No debe extrañarnos: es uno de los cometidos de la masonería que domina los medios de comunicación. Por ello no es raro que en Oxford se pretenda eliminar por parte del ayuntamiento la palabra “navidad” o “Christmas” del vocabulario, cambiándola por Winter Light Fest (Festividad de las luces de invierno), con el pretexto de hacer un reconocimiento a la identidad multiétnica y multiconfesional inglesa. Grosero reconocimiento cuando las mismas autoridades del judaísmo y de los musulmanes asentadas allí han protestado por esta decisión. De verdad, para muchos de nosotros, esto podrá no significar mucho, porque lo que nos importa de la navidad es la fiesta y el jolgorio. Mientras no sea tocado el circo, mientras sigan las luces y las apariencias, no habrá pasado, seguramente, nada.

Porque la navidad es fiesta y vacaciones y licor y “pasar bueno”. Mientras haya natilla y buñuelos, mientras tengamos reuniones familiares, el nombre que le demos a este tiempo es lo de menos. Estoy seguro de que, después de un corto estupor por la novedad, a la mayoría no le importará este cambio.

Pero para el verdadero creyente, navidad es otra cosa. Navidad es el culmen de un tiempo litúrgico riquísimo: el Adviento. Por eso, para vivir plenamente la navidad tenemos que descubrir el adviento.

El adviento es un tiempo de espera durante el cual añoramos el nacimiento de Jesús, por tanto es un tiempo de esperanza. Es un tiempo de confianza, durante el cual se hace realidad el amén de María y la comprensión y sabiduría de José, por tanto es un tiempo de fe. Es un tiempo de experiencia del rechazo como también un tiempo de compartir, de acoger, durante el cual evocamos cómo la sagrada familia fue primero despedida en las posadas y finalmente acogida en el pesebre, por tanto es un tiempo de caridad. Como vemos, es un tiempo hermosísimo, durante el cual se manifiestan las tres virtudes teologales y se nos invita a practicarlas con especial decisión. 

Mientras gobiernos descreídos se dan a la tarea de eliminar los crucifijos de los lugares públicos en aras de una mal entendida tolerancia, la iglesia necesita cristianos que se hagan a sí mismos crucifijos, cristianos que lleven en su cuerpo y en su vivir la cruz del Señor, cristianos dispuestos a subirse a la cruz. Y este nivel de entrega no es nada fácil. ¡Qué voy a decir yo, que gusto tanto de la comodidad y del buen vivir! Pero a eso estamos llamados los cristianos: tendremos que ser crucifijos públicos, que llevemos a Jesús por donde quiera que vamos, que seamos testimonio de la acción de Dios en nuestras vidas, que hagamos exclamar a los demás, como en tiempos remotos: “mirad cómo se aman”. 

Y para llegar a este nivel de entrega, Cristo debe nacer en nosotros, necesitamos vivir un adviento y una navidad plenos, en los que experimentemos las virtudes teologales o, en otras palabras, el amor de Dios. Pero eso no es algo que podamos hacer nosotros si no se nos es dado como un don, como un regalo de Dios. Este es el aguinaldo que debemos esperar esta navidad. En Europa los niños católicos esperan sus aguinaldos como un regalo de reyes, conmemorando la adoración al niño Dios. En América Latina esa costumbre es más fuerte para el 25 de diciembre, como un regalo de Dios a los hombres. En lo personal me parece un poco más práctico y más acorde con la realidad esta última costumbre, porque es Dios quien con su Hijo ha dado un regalo a los hombres, un regalo verdaderamente maravilloso, el mejor de todos. Bien sea que lo celebremos en Reyes o en navidad, los aguinaldos a nuestros hijos son un modo de inculcar en ellos el misterio del regalo inmenso de Dios que nos entregó a su Hijo para que, hechos uno con Él, recuperemos la imagen y semejanza suya con que fuimos creados y que por el pecado quedó desfigurada. Ese regalo inmenso nos devuelve la belleza que nos hace dignos de estar en su presencia, la pureza que requiere la visita de Dios a nuestro corazón. 

La Iglesia en este tiempo nos invita a la conversión continua, y mediante ella a pedir la presencia de Dios. Adviento, por tanto, es conversión para vivir la presencia de Dios, para dejar que Dios nazca en nosotros, es invitarle a participar abiertamente en tu vida y en mi vida. Es cierto, Él no necesita invitación, pero Él respeta profundamente la libertad de cada uno. Si yo no le invito, Él permanecerá llamando por un tiempo. Pero este tiempo es un lapso que termina, que se acaba. Si yo me resisto a formular la invitación, llegará el momento en que no toque más a mi puerta. Así que esa conversión debe ser hoy. Allí hay un imperativo no impuesto por la voluntad de Dios sino por mi necesidad de Él: estoy llamado a la conversión y tengo que responder. Y es ahora, no hay mañana. Dios toca a tu puerta para hacerte un regalo, quiere darte vida eterna: eso es adviento. Él quiere nacer en ti y requiere que digas “amén, hágase en mí según tu voluntad”. Ahí se cumplirá el Padrenuestro que rezamos continuamente y que en María se hizo carne con el fiat. 

Entonces ese tiempo de luces no puede ser para el cristiano un festival de invierno, tiene que ser una fiesta de nacimiento, en la cual se gesta Jesucristo en el interior mismo de cada creyente, en la cual se efectúa una conversión, una transfiguración que convierte en luz el hombre viejo que cada uno carga. Estamos llamados a hacer de la navidad un tiempo distinto. Vivamos este tiempo a plenitud, participando de la liturgia, enriqueciéndonos con la palabra, fortaleciéndonos con la limosna y la oración, hasta poder exclamar con María: “Amén, amén, amén”.

Héctor E. Roldán
Diciembre 01 de 2008
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ] 
012 - 18 de Noviembre de 2008

INSTRUMENTO DE SALVACIÓN

Me sorprende evidenciar la ignorancia que me invadía cuando, en otro tiempo, me atreví a criticar a la Iglesia y a su jerarquía. Desconocía con cuanto amor me amaban y con cuanta sabiduría estaban dispuestos a guiarme. Me duele haber desconocido cómo esa Jerarquía está compuesta por hombres inteligentes, abnegados, estudiosos, preparados e iluminados, y cómo yo, que apenas leía los Evangelios por pedazos y eso esperando encontrar apoyo a mis ideas mediante citas fuera de contexto, trataba de justificar mis pecados llamándola "obsoleta", "desenfocada", "desactualizada", "conservadora". Pero es tanta la sabiduría y la misericordia del Señor que esos mismos retazos, acumulados en el tiempo, fueron tomando su unidad, aclarándose y complementándose entre sí, confirmando que la Iglesia contenía toda la Verdad intacta y, además, iluminada por la tradición. Una Iglesia ciertamente compuesta por hombres pecadores como yo, pero asistida y santificada por el Espíritu de Dios.

Un día, por la gracia de Dios, se cayó el barro que me había enceguecido y pude ver cómo muchos hombres habían dedicado su vida a evangelizar sin otro interés que responder al llamado de Dios.

La Iglesia, Madre y Maestra, anunciada por Cristo en Cesaréa de Filipo con Pedro como cabeza y fundada desde la cruz, con su autoridad garantizada por la sucesión apostólica, con una sabiduría inmutable iluminada por el Espíritu Santo. La Iglesia, no aparecida en ningún siglo posterior ni dependiente de la reforma de hombre alguno diferente a su fundador, Jesucristo. Porque la Iglesia de Cristo no le debe nada a ningún hombre ni depende de la inspiración o de la meditación o de los sueños de criatura alguna. No, intacta e inmutable desde Cristo, sobreviviente a los errores humanos y a los ataques del demonio, según la promesa de Jesús, es una, universal y apos   [ Principio de Página  ]tólica.

La Iglesia de Cristo no se acomoda a los deseos ni a las pretensiones de quienes dominan los medios masivos de comunicación, ni se somete a la dictadura de la democracia que pretende confundir la historia del hombre con valores que mutan según el deseo de las mayorías que huyen despavoridas de la realidad por el miedo al sufrimiento, sin darse cuenta de que, en su alocada carrera, se arrojan sobre un sufrimiento mas grande: el sinsentido de la vida, la muerte óntica.

Si rechazas a la Iglesia como sacramento de salvación es simplemente porque no ves cómo ella ha sido fiel al mandato del Señor: "Id y anunciad el Evangelio a todas las gentes". No podemos pretender que la Iglesia se convenga con nuestros pecados: no puede ella negar ni cambiar la Verdad, contenida toda ella en las Escrituras. Por eso no tiene ningún sentido la existencia de autodenominaciones que la niegan como "católicas abortistas" o "católicos pro eutanasia" o católicos que apoyen matrimonios o relaciones homosexuales. Simplemente se es o no se es. Se convertiría la Iglesia en "sacramento de condenación" (caso hipotético imposible por la garantía del Espíritu Santo), si no denunciara el pecado

¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. (1 Co 6, 9-10).

Le resulta muy fácil al alejado de la oración, del ayuno y de la limosna, a quien no se alimenta con regularidad de las Escrituras, a quien ni siquiera las tiene por libros iluminados, revelación de Dios, hablar cualquier cosa, sostener hipótesis pseudo-humanitarias, pretender supuestos derechos que olvidan el derecho fundamental de Dios sobre nuestras vidas. Hace poco escuchaba una propaganda a uno de estos derechos: el derecho a la felicidad. ¡Qué falacia! ¿tienes derecho a ser feliz? Mientras tengas la carne que tienes, carne que se descompone segundo a segundo, instante a instante, carne que muere permanentemente, ¡Cómo puede ser un derecho la felicidad!. Mientras tienes tu confianza en el dinero que nunca te colma, o en quienes amas, que nunca serán como tú quieres que sean; mientras esperas en el futuro que nunca llega como has soñado, que no puedes manejar a tu antojo; mientras te construyes planes que no se hacen realidad; mientras a pesar de que tu logras surgir otros se derrumban a tu alrededor, no podrás ser feliz, por mas que nos definan la felicidad como un derecho. Eso es una mentira, un sofisma más de esta sociedad que nos quiere borrar el sufrimiento. Borrarlo, pero de mentiras, porque el sufrimiento sigue. La felicidad no es un derecho, es un Don un regalo de Dios que llega con la santidad.

Y esto es lo que la Iglesia está dispuesta a denunciarte siempre: es mentira que puedes acomodar la Verdad a tus deseos para ser feliz. Porque el homosexual sufre por su realidad antinatura, pero cubre su sufrimiento con una capa de diversión , de "orgullo" falso; el que asesina cubre su falta con la dureza, pero en la soledad sufre cuando evidencia que se ha erigido en verdugo; el que va contra los mandamientos, el que, en definitiva, falta al amor cubre su desamor con desdeño, con indiferencia, negando la existencia de la misma falta, pero sufre porque lleva en su interior la culpa que le impide sentirse amado. Sufrimos porque el pecado hace parte de nuestra cotidianidad. La Iglesia te pone de frente con esta realidad: es verdad que sufres por el pecado, pero Dios te ama a pesar de ese pecado. Porque aunque Dios condena el pecado, ama profundamente al pecador, y tratará por todos los medios de atraerlo para liberarle de esa esclavitud. Es por eso que la Iglesia no se puede acomodar al pecado: perdería su sentido. Ella está hecha, entre otras cosas para denunciarlo, para mostrar el engaño del demonio, prolongado en los hombres desde aquella falta original en la que el hombre, por su soberbia, rechazó a Dios como el centro de la vida, y se constituyó en centro de su propia vida.

Por eso la Iglesia, con su Jerarquía estará en pie, cumpliendo su deber de mantener intacta la Palabra de Dios depositada en ella para la Salvación de los hombres.

Héctor E. Roldán
18-Noviembre-2008
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]
011 - 24 de Octubre de 2008

LA JUSTICIA

Uno de los grandes dilemas que enfrenta el hombre es el de ser justo. Y es que, por principio, nos sentimos “justos”: siempre creemos que estamos del lado correcto. Es por ello que nos aferramos a nuestras posiciones, es por ello que no cedemos. Así, dueños de la verdad, en todo momento estamos emitiendo juicios sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Vivimos inmersos en un permanente calificar de los comportamientos, actitudes o acciones de quienes nos rodean. Nos erigimos en jueces de nuestro prójimo.

Perdidos en el océano de nuestros juicios hemos construido nuestra insatisfacción, porque aquel que no actúa de conformidad con mi criterio, ese tal, me causa molestia. Entonces, desarrollo aversión y rechazo. Como consecuencia de mis juicios, me siento rechazado porque interpreto que aquel que obra tal como considero que no debe obrarse, lo hace contra mí.

Creyéndome “la medida de las cosas”, el injusto es el otro, aquel que actúa afectando mis intereses. Esa es la justicia del hombre. De esa justicia no surge el perdón. ¿Cómo podría perdonar si mi juicio está fundamentado en la afrenta?

¿Cómo perdonar al que viola si ha causado tanto daño? ¿Cómo perdonar al que asesina si ha cortado la vida? ¿Cómo perdonar al que me ha golpeado si ello me ha causado dolor? ¿Cómo perdonar al que me ha robado si me ha despojado de lo que en justicia era mío? Y así no hay cómo perdonar.

Otra cosa es lo que nos propone el Evangelio:

“Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»” (Mt 18, 21-22)

Es decir, siempre. Esto nos ubica la justicia divina bajo otra dimensión.

Ya que identificamos con tanta facilidad el pecado ajeno, sigamos buscando en esta fuente. Por un lado tenemos los pecados que juzgamos. Por otro lado tenemos la Ley de Moisés, dictada directamente por Dios en el Sinaí. Mediante este paralelo podemos intentar algún análisis comparativo.

¿Qué pecado le aplica, dentro de la Ley divina al violador que tanto detestamos? Es fácil, su acción quebranta el sexto mandamiento: “no cometerás actos impuros” (Cf. Ex 20, 14; Mt 5, 27-28; Mt 19, 6; Ga 5, 19; Gn 19 1-24; Rm 1, 24-27).

Este mandamiento incluye también como pecados:  lujuria, fornicación, pornografía, prostitución, violación, homosexualidad, adulterio, divorcio. Bajo la ley de Dios nos hacemos iguales al violador cada que cometemos una de estas faltas, ya que todos estos actos están bajo el mismo desacato.

¿Qué pecado le aplica al asesino? Resulta obvio, quebranta el quinto mandamiento: “no matarás” (Cf. Ex 20, 13; Mt 5, 21-22).

Igualmente mata quien aborta o induce al aborto, quien aplica o conciente la eutanasia y quien comete o intenta el suicidio. Pero, hay más: no está en mejor posición quien escandaliza o se convierte en tentador (Cf. Mt 18, 6), y aún quien maltrata a su semejante (Cf. Mt 5, 20-22).

¿Y qué del que ha robado? Cae en incumplimiento del séptimo mandamiento: “no robarás” (Cf. Ex 20, 15; Dt 5, 19; Mt 19, 18).

Cuando obramos fraudulentamente (engaño en la venta, en los contratos o promesas, o sacamos provecho de la ignorancia o necesidad ajena), cuando pagamos mal los salarios, cuando pagamos por favores injustos, cuando nos apropiamos de un bien del Estado o de una empresa, cuando hacemos mal un trabajo, cuando falsificamos cheques, facturas o dinero, cuando incurrimos en gastos excesivos, cuando exponemos a juegos de azar los bienes comunitarios, cuando atentamos contra el respeto o la integridad de la creación, entre otras muchas actitudes, cuando alguna de estas cosas hacemos, nos hacemos infractores del séptimo mandamiento.

Con este rápido recorrido sobre tres de los mandamientos, vemos cómo, ante Dios, estamos en igualdad de condiciones con aquellos a quienes señalamos porque consideramos atroces sus delitos. ¿Quén ha hecho nimios los nuestros? Por nuestros juicios, vemos leve nuestro pecado y grande la culpa ajena.

Dios, por medio del apóstol Pablo nos dice:

¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales,  ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios. (1Co 6, 9-11).

¿Qué esperanza nos quedaría si la justicia de Dios no fuera la misericordia? La propuesta que Dios nos hace a través del Evangelio es sencilla: no cabe el juicio contra aquellos que hacen lo mismo que hemos hecho nosotros (Cf. Mt 18, 23-35). Porque, con toda seguridad, cada uno de nosotros ha infringido la totalidad de la Ley. Entonces, arropados por la misericordia de Dios, perdonar al prójimo ya no es una obligación, es una necesidad imperiosa a través de la cual reconocemos nuestra aceptación del amor de Dios.


Héctor E. Roldán

24-Octubre-2008
                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]
010 - 01 de Octubre de 2008

ACONTECIMIENTOS PARA REFLEXIONAR

Comienza el llamado “mes de los niños”. Y en Colombia lo empezamos con un acontecimiento bien fuerte que ha despertado el sentimiento de toda la Nación: Luís Santiago, un bebé de once meses ha sido asesinado por su padre. Un hecho verdaderamente deplorable, que, gracias al interés de los medios de comunicación, ha alcanzado una difusión verdaderamente gigantesca, despertando la atención y el rechazo de todos.

Y es que este acto de barbarie realmente nos ha conmovido como pocos hechos lo logran ya, hasta el punto que ha merecido el desplazamiento de políticos de todos los niveles e ideologías. Es un campanazo de alerta para una sociedad altamente descompuesta, para la cual la vida no tiene ningún sentido, una sociedad en la que el precio de la vida se regatea como si se tratase de cualquier mercancía. Ciertamente, la vida no es vista como un don de Dios, como el más maravilloso de todos los dones. Nos quedamos impávidos ante el comercio que con ella se hace ante nuestros ojos y con nuestra anuencia. Y no son solo las transacciones  que se realizan en las “ollas” de las ciudades, en las cuales contratantes y sicarios, comerciantes de la muerte, deciden quienes deben morir, por cuánto se realiza “la vuelta” y hasta quiénes deben quedar implicados. Está el comercio de las clínicas clandestinas que realizan abortos, asesinando a niños aún mas indefensos que Luís Santiago, Doctores de la muerte que han prostituido su profesión para enriquecerse mediante la aniquilación en lugar de propender por el mantenimiento y conservación de la vida, políticos amorales que comercian con la opinión pública y el voto, pescando incautos mediante proyectos de eutanasia y aborto. Y, finalmente, millares de padres y madres que, igual que aquel desdichado hombre al que tantos quieren aplicarle la pena de muerte, han matado a sus hijos desde el vientre, lugar en el que nadie ha podido escuchar un quejido ni un reclamo. De esta lista no se pueden quedar por fuera quienes han aconsejado a alguna madre gestante que acabe con la vida de ese ser que ha comenzado a formarse en su vientre. Son muchos los hombres y mujeres de nuestra sociedad que han actuado como el padre de Santiago.
 
¿Seremos concientes de la destrucción que hemos estado forjando a nuestro alrededor? La tristeza de este caso se ve multiplicada en una espiral que se eleva hasta perderse en las estadísticas frías que la misma prensa nos presenta. Son cientos de miles los casos de niños que han perdido la vida por las manos de sus padres. Estamos absurdamente inmersos en una sociedad asesina, en la que todos matamos, porque queremos responder con la misma muerte, ya que la solución que se nos ocurre es “la pena de muerte”.

Son necesarias, por el contrario, acciones de vida, acciones que nos permitan recuperar el respeto por ese don tan maravilloso, por ese regalo de Dios que no valoramos en su verdadera dimensión, acciones que reafirmen los principios de respeto por la vida y por las buenas costumbres. Porque toda actitud de muerte conlleva a multiplicar la muerte.

El relato Bíblico de Caín matando a su hermano Abel nos pone de frente con esta realidad, presente en la historia de la humanidad desde los albores. Tenemos una inclinación por la muerte, por acabar con el otro, por quedarnos en nosotros mismos. Porque parece más fácil destruir que construir, parece más fácil ignorar que atender con solicitud, parece más fácil rechazar que acoger. Dicen algunos exégetas que el asesinato de Abel comenzó a gestarse desde su nacimiento, cuando su madre, Eva, le borró. De Caín había dicho: "He procreado un varón, con la ayuda del Señor" (Gen 4, 1). De Abel no dijo nada, estaba colmada con su primogénito, así que lo ignoró. Es bien significativo que en este relato quede expresada la psicología del ser humano: borramos a quien no nos interesa o nos estorba. Continuamente estamos desapareciendo al que no actúa como a nosotros nos parece que debería ser. Así, en un mismo día, con nuestro desprecio matamos a nuestra madre, a nuestro padre, a nuestros hermanos, a nuestro conyugue, a nuestros hijos. Con el desprecio eliminamos a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo. Es un proceso continuo de muerte. Porque nosotros también morimos momento a momento. Nuestras células caen a montones. La muerte es la realidad que siempre está presente, y nosotros parecemos estar dispuestos a acelerarla siempre.

Pero Cristo vino a poner por delante la Vida: quien crea en Él, manarán de su interior ríos de agua viva (Cf. Jn 7, 38). Porque Cristo es la Vida. Él mismo ha dicho:

«Habéis oído que se dijo a los antepasados:  No matarás;  y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. » (Mt 5, 21s)

Así, pues, estamos llamados a tener actitudes de vida, incluso a morir por la vida, como lo hizo Jesús, colgado de aquel madero, para que, siendo Él el único justo por sus méritos, todos nosotros, muertos por el pecado, alcanzáramos la vida por la misericordia de Dios. Actitudes de vida que son actitudes de perdón, de respeto, de justicia según la voluntad de Dios.

Es hora de despertar, de estar atentos a la realidad, de despabilarnos para discernir los acontecimientos y ponernos al servicio de la vida. La vida, que antes que un derecho nuestro es un regalo de Dios.
 
Héctor E. Roldán
01-Octubre-2008

                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]
009 - 05 de Julio de 2008

UNA IGLESIA EN MOVIMIENTO

Dos acontecimientos importantes para la Iglesia en Colombia tuvieron efecto durante los días pasados. El mes de junio cerró con el encuentro en Bogotá de los jóvenes del Camino Neocatecumenal (27 al 30 de junio). El soplo refrescante del Espíritu Santo se sintió con fuerza, no solo en esta Jóvenes marchando por las calles de Melgarciudad, sino en todas aquellas que vivieron el paso de las caravanas de todas las diócesis del país que con cerca de ocho mil muchachos se desplazaron hasta la capital. En muchas poblaciones los jóvenes compartieron la experiencia de Dios en sus vidas marchando al encuentro de cientos de personas ansiosas por ser evangelizadas. Porque, más que con citas, Dios conquista los corazones con su presencia, con su acción. Y es verdad: miles de jóvenes compartieron su experiencia de la obra de Dios, de cómo Dios ha dado sentido a sus vidas, en un mundo paganizado, desbordado en la idolatría al sexo, al dinero, a los placeres. No de otra forma se explica que estos jóvenes pierdan el miedo a “hacer el oso”, marchando sin temores, danzando por las calles, cantando en las esquinas. Porque el Espíritu es quien arrebata para que demos testimonio, es el Espíritu mismo quien vence nuestros temores y nos pone a gritar por las calles. Cada uno de estos jóvenes ha salido con el temor de enfrentar la evangelización. “¿Qué hablar si no soy capaz?” Y han experimentado algo grandioso: Dios lo ha hecho por ellos. Han terminado en medio de una gran alegría, viendo verdaderamente cómo Dios transforma los corazones, viendo cómo Dios, a partir de la necedad de la predicación, cambia pueblos enteros, viendo cómo Dios mueve montañas y hace posible lo imposible.

 Pero no se trató simplemente de un encuentro de jóvenes, ya que este fue, realmente, el acto final de toda una peregrinación que incluyó una etapa de testimonio o evangelización, vivencia de la eucaristía, peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y al Santuario de la Peña en Encuentro de Jóvenes en el CampínBogotá, y el encuentro en el coliseo cubierto de El Campín. En este último acto los jóvenes sintieron la compañía y el apoyo de sus pastores, los Obispos, quienes acudieron al coliseo y manifestaron su alegría por esta vida que se manifiesta en la Iglesia. El Cardenal Pedro Rubiano, Al igual que los Obispos de muchas diócesis, hicieron un alto en su agitada actividad dentro de la Conferencia Episcopal Colombiana, para compartir momentos de gran intensidad en la vivencia del evangelio. Como resultado de toda la peregrinación se manifestaron más de quinientos jóvenes interesados en la vida sacerdotal y más de ochocientas niñas que sienten el llamado a la vida contemplativa. Sabemos que no todos ellos acogerán estas vocaciones, pero es importante que tantos jóvenes sientan que esta es una opción en sus vidas y que, en alguna etapa, la sientan también como la opción más importante. Es importantísimo, porque comienza entonces una batalla por descubrir el papel a que están llamados y podrán entender más tarde, así elijan otra opción, la renuncia y el amor que hay en sus pastores, valorando lo que han hecho por dedicar su vida al servicio de la evangelización.

 
Obispos en la LXXXV Conferencia Episcopal de ColombiaEl segundo acontecimiento que ya se ha soslayado es la realización de la LXXXV Asamblea del Episcopado Colombiano, desde el 29 de junio hasta el 5 de julio, convocada bajo el tema “La memoria histórica de la Conferencia Episcopal de Colombia en la celebración de su primer centenario”

Dentro de las muchas actividades desplegadas por la Conferencia, se realizó la entrega de 14 galardones de la condecoración Inter Mirífica. Este premio reconoce a instituciones o personas de los medios de comunicación social, que promuevan la auténtica y responsable libertad de expresión, y los valores de la persona humana. Tuportalcatolico.info tuvo la honrosa invitación para asistir a este evento, durante el cual se entregaron las siguientes distinciones:

 
Los ganadores en 2008 fueron:

MEDALLA INTER MIRÍFICA

Emisora Ecos de Pasto: por sus 65 años de servicio a la evangelización 


ESTATUILLA
Antonio José Caballero - RCN Radio 
El periodista Antonio José Caballero recibe la estatuilla Inter Mirífica
Canal Televida - Medellín
Universidad Católica del Norte - Santa Rosa de Osos
Oficina de Comunicaciones – Arquidiócesis de Barranquilla
Periódico Puente Boyacense – Arquidiócesis de Tunja

PERGAMINO
Marisol Ortega – Diario El Tiempo
Oficina de Comunicaciones – Diócesis de Quibdó
Salud Hernández – Columnista de El Tiempo
Andrés Gil – RCN Televisión
Emisora Armonías del Caquetá – Florencia
P. Carlos Novoa - Universidad Javeriana
Ernesto Ochoa - Periódico El Colombiano
Programa Voces del Secuestro - Caracol Radio

 
Tuportalcatolico.info felicita a todos los galardonados y les anima a seguir realizando el mejor esfuerzo por hacer del trabajo una constante oportunidad de evangelización.

 
REFLEXIÓN

Viendo la actividad de los jóvenes, el trabajo y la oración de nuestros Pastores, la oración de toda una Iglesia que viva clama a Dios por la liberación de los secuestrados, escuchando cómo quienes han sido liberados han encontrado en Dios su fortaleza y le han clamado con oraciones y  Rosarios a la Virgen desde el corazón de la selva, es como entendemos por qué se han comenzado a ver los resultados después de tantos años de abandono y olvido. Durante mucho tiempo hemos oído a las madres implorar a los guerrilleros, apelando al “buen corazón”, sin ningún otro resultado que la sevicia, la impiedad y la tortura. Cuando el corazón del hombre está cerrado, sus frutos son destrucción y muerte. Sólo cuando hemos vuelto nuestro clamor a Dios, hemos obtenido respuestas. Porque sólo Dios puede realizar los imposibles. Dirijamos nuestro clamor a Dios, imploremos su misericordia, invoquemos su amor y su perdón. Sólo Él lo puede hacer. No invoquemos ni roguemos a los hombres, ya que nada pueden dar. Esa triste experiencia de las madres implorando a los guerrilleros una clemencia que no pueden dar porque simplemente no la tienen en su corazón, cambiémosla por implorar a quien sí escucha, a Dios. Hace muchos años unos pocos sacerdotes (el cura Pérez, el padre Camilo Torres y quizás otros), despreciaron a Dios y su misión y tomaron las armas. Ellos confiaron en el corazón de los hombres, de aquellos que les siguieron y que ahora hacen parte del comando de la guerrilla. Dios ha permitido que vivamos el resultado de esta elección equivocada por muchos años. Démonos la oportunidad de experimentar el poder de la oración. Es una misión de todos y es algo con lo que todos podemos aportar. No nos excluyamos de esta misión, no evadamos esta responsabilidad. La liberación de los secuestrados es posible sólo con la oración: Dios hará el resto.


HÉCTOR E. ROLDÁN H.

05 de julio de 2008

                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]

008 - 14 de Junio de 2008

HAN SIDO APROBADOS DE MANERA DEFINITIVA LOS ESTATUTOS DEL CAMINO NEOCATECUMENAL POR LA SANTA SEDE

¡Estamos de plácemes! Han sido aprobados definitivamente los Estatutos del Camino Neocatecumenal.  El Cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, hizo público el 13 de junio de 2008 el decreto de aprobación, durante un acto celebrado en el dicasterio. Durante la ceremonia convocada para tal fin, el purpurado entregó el decreto de aprobación junto con el texto final de los Estatutos a los iniciadores del Camino, Kiko Argüello y Carmen Hernández y al sacerdote italiano Mario Pezzi.

Esta noticia maravillosa para toda la Iglesia ha sido difundida por las principales cadenas noticiosas católicas, y aún por algunos medios sin ninguna vinculación a la Iglesia.

Recordemos que el Camino Neocatecumenal había sido reconocido por el Papa Juan Pablo II “como un itinerario de formación católica, válida para la sociedad y para los tiempos de hoy”. Ahora el Papa Benedicto XVI ha puesto su sello definitivo sobre la validez de este camino, fiel al Magisterio de la Iglesia.

En el comunicado difundido por el Pontificio Consejo para los Laicos se expone que "La aprobación definitiva del estatuto constituye, sin duda, una importante etapa en la vida de esta realidad eclesiales, nacida en España en 1964. Este acto ha exigido varias consultas a distintos niveles. Durante el periodo de aprobación ad experimentum del estatuto, el Pontificio Consejo ha tenido el modo de constatar los numerosos frutos que el Camino Neocatecumenal aporta a la Iglesia en vista de la nueva evangelización, mediante una praxis catequético-litúrgica y valorada en sus más de cuarenta años de vida. Por lo tanto, tras una atenta revisión del texto estatutario y tras realizar algunas modificaciones que han sido consideradas necesarias, el Pontificio Consejo para los Laicos decidió conceder la aprobación definitiva del estatuto".

Como todas las manifestaciones inspiradas por el Espíritu Santo, el Camino Neocatecumenal no ha estado exento de persecución, incluso dentro del mismo seno de la Iglesia. Recordamos la reacción de los Obispos del Japón rechazando la actividad del Camino en sus Diócesis, y realizando varias visitas al Vaticano para promover su desaprobación. No obstante, los Papas han tenido siempre en cuenta las palabras del Señor: “por sus frutos los conoceréis”. Y en este sentido, el Camino Neocatecumenal ha mostrado inmensos frutos durante cuarenta y cuatro años de obediencia y fidelidad a los lineamientos del Concilio Vaticano II: Familias en misión, catequistas itinerantes, renovación de las parroquias, creación y mantenimiento de mas de setenta seminarios diocesanos "Redemptoris Mater" diseminados por todo el mundo, surgimiento de gran cantidad de vocaciones al sacerdocio y a la vida contemplativa, además de la nueva experiencia de la "missio ad gentes", todo ello bajo la supervisión de los dicasterios vaticanos. Y tan importante como todo esto, el compromiso de los catequizados con testimonios de vida que mueven la misma Jerarquía, que exigen un enorme compromiso de los sacerdotes con su misión, que conlleva a niveles de renuncia poco envidiables desde el punto de vista humano. Eso mismo causa que muchos ministros se sientan intimidados ante la seriedad con que debe ser enfrentado el compromiso vocacional por el que han optado libremente.

Los Obispos de América Latina, en el documento generado con motivo de la Conferencia General de Aparecida, expreron:

“Para aprovechar mejor los carismas y servicios de los movimientos eclesiales en el campo de la formación de los laicos, deseamos respetar sus carismas y su originalidad, procurando que se integren más plenamente a la estructura originaria que se da en la diócesis. A la vez, es necesario que la comunidad diocesana acoja la riqueza espiritual y apostólica de los movimientos. Es verdad que los movimientos deben mantener su especificidad, pero dentro de una profunda unidad con la Iglesia particular, no sólo de fe sino de acción. Mientras más se multiplique la riqueza de los carismas, más están llamados los obispos a ejercer el discernimiento pastoral para favorecer la necesaria integración de los movimientos en la vida diocesana, apreciando la riqueza de su experiencia comunitaria, formativa y misionera. Conviene prestar especial acogida y valorización a aquellos movimientos eclesiales que han pasado ya por el reconocimiento y discernimiento de la Santa Sede, considerados como dones y bienes para la Iglesia universal.” (Num. 313, documento conclusivo de la V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE. Aparecida, 13-31 de mayo de 2007).

En consonancia con estas palabras, después del "reconocimiento jurídico formal" y de hacerlo "patrimonio universal de la Iglesia", el Camino Neocatecumenal es acogido y valorado con especial interés por la Jerarquía de la Iglesia. Y para todos los fieles es una garantía de que su actuar se corresponde con el Magisterio de la Iglesia.

TuPortalCatolico.info felicita y se congratula con todos los fieles que han encontrado su conversión en este camino y agradece a sus fundadores, Kiko Argüello, Carmen Hernández y Padre Mario Pezzi por su labor incansable y su entrega al servicio de la Iglesia.


HÉCTOR E. ROLDÁN H.

14 de junio de 2008

                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]

007 - 04 de Mayo de 2008

NECESITAMOS URGENTEMENTE UN PENTECOSTÉS

Hay un peligroso diálogo que entablamos con el demonio cuando nos afectan los sinsabores de la vida, un peligroso diálogo que nos arroja en una vertiginosa espiral de caída hacia la desazón, hacia el sinsentido de la existencia.

Porque una cosa sabemos cierta: sin una esperanza, la vida no tiene ningún sentido, sin la esperanza cristiana, este lapso de unos cuantos años en que tenemos conciencia de nosotros mismos es un absurdo, sin una esperanza escatológica esta aparición de nuestro ser es totalmente ilógica. ¿Qué sentido tiene vivir para morir? ¿Qué sentido tiene que el universo cree o invente un ser con conciencia de su existencia para que solo dure un infinitesimal instante y luego desaparezca? ¿Qué sentido tiene que formemos parte de un orden establecido por unos seres intrascendentes, moribundos, sin otro objetivo que la muerte, qué sentido tiene que cumplamos con un trabajo, con el respeto a unas normas, que tengamos que mirar cómo unos pocos disfrutan de riquezas y que los demás deban conformarse con ser sus servidores, cuando lo que nos espera a todos es el mismo destino de desaparecer en pocos años? Esto, ciertamente, es un absurdo. Esta es la razón que encuentran los suicidas para desdeñar la vida: el sinsentido.

Cuando estamos frente a un momento de desesperación, quizás de tristeza o de angustia, comienza este diálogo con el demonio. Porque él tiene una misión, la tarea que se impuso por su soberbia: borrarnos el amor de Dios. Cuando sufres llega a ti con sigilo y te plantea la pregunta: ¿cómo puedes creer que Dios te ama si te deja en medio de este sufrimiento? En definitiva, es la misma pregunta que en el Génesis plantea la serpiente: ¿Cómo puedes creer que Dios te ama, si no puedes ser como Él, si te pone a sufrir prohibiéndote comer del árbol del bien y del mal, si te limita?

Cuando le das cabida en tu corazón a este interrogante, se desata inmediatamente la espiral de dudas que conduce a una encrucijada de sombras y de muerte. ¿Por qué esto me pasa a mí? Y esta experiencia la viven con más fuerza los que están en la misión de extender la Buena Nueva de la Salvación. Porque allí ha habido una vida de renuncia, de entrega: ¿Si yo he dedicado toda mi vida a difundir el Evangelio, por qué mi hijo está en las drogas o por qué mi hija ha caído en la prostitución? ¿Por qué mis hermanos o parientes, o qué se yo, mis allegados, caen en desgracia o se enferman, si yo soy tan bueno? ¿Por qué me atormenta la concupiscencia y la lujuria si quiero ser sal y luz para el mundo? ¿Acaso no sirve de nada todo cuanto he hecho o todo aquello a lo que he renunciado? ¿Es que Dios no valora mi esfuerzo?

No se, son muchísimas preguntas que pueden surgir desde el fondo de nuestra desesperación cuando abrimos nuestra mente a este diálogo mezquino. No entiendes, por ejemplo, cómo otros van a creer en lo que difundes si tu hogar está zozobrando. Y entonces crees que cuanto has hecho no tiene sentido: el demonio te borra el amor de Dios. Esa es su misión: decirte que Dios no te ama, que estás solo, que eres un fracasado, que el mundo ha tenido razón, que no has tenido éxito, que si hoy no tienes pertenencias, que si tu trabajo es inestable y no ves cerca una buena pensión, que si los que te rodean no han seguido tu ejemplo, eres un fracasado y tu vida no tiene ningún sentido. Su misión es conducirte a la desesperanza, llevarte al desaliento,  sembrarte el pesimismo, sumergirte en la muerte óntica. Porque el demonio sólo puede ofrecerte la muerte, la misma que te ha entregado en el pecado.

¿Qué hay frente a esto? Si no hay un Pentecostés en tu vida, es realmente muy difícil reaccionar. Porque se necesita la luz del Espíritu Santo para romper este diálogo perverso. Cuando la persona que está desesperada clama a Dios y desde el fondo de su alma le grita “Si verdaderamente existes, sálvame”, es el Espíritu el que inunda el ser y le rescata. Hemos escuchado muchas historias de estas: drogadictos, asesinos, prostitutas, desesperanzados de todas las clases que han clamado desde el fondo de la sin-salida, después de luchar infructuosamente toda la vida, y han obtenido una respuesta que las ha transformado porque algo superior a ellos ha venido a su rescate.

Esa es la fuerza que necesitamos, la fuerza del Espíritu Santo, el Paráclito que prometió Jesús:

…y  yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. (Jn 14, 16-17)

¿Le conocemos realmente? ¿Hemos tenido un Pentecostés en nuestra vida? Sólo por la acción del Espíritu Santo podemos reconocer el amor de Dios. Si no es así, estaremos bajo el engaño del demonio, dando por cierto que lo que el mundo nos ofrece es todo a cuanto podemos aspirar: confort, riqueza, éxito, y pare de contar.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.(Jn 14,26)

¿Qué nos ha dicho Jesús?: algo totalmente diferente a lo del mundo: “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces, nos invita a dejarlo todo por su amor. El Espíritu tiene la misión de recordarnos todo cuanto Jesús nos ha dicho. Y lo que Jesús nos ha dicho no es palabra muerta, es palabra viva. Sin lugar a dudas, Jesús nos ha hablado en nuestras vidas. A cada uno de nosotros ha hablado. En algún momento nos ha llevado al desierto y allí ha sido claro. Pero necesitamos la fuerza del Espíritu para reconocerle y recordarle, para ver. Porque hemos andado como ciegos, no vemos el amor de Dios presente en nuestras vidas. No reconocemos que en la enfermedad, en la cárcel, en la quiebra, en ese desierto, Jesús nos ha despojado de los ídolos y nos ha mostrado su rostro para que le reconozcamos como nuestro único salvador. Hemos tenido mil desiertos y no le hemos visto, le hemos dejado pasar de largo, no hemos clamado como Abraham: “Si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor” (Gn 18, 3). Abraham reconoció al Señor y le clamó. Nosotros le dejamos pasar de largo. Necesitamos un Pentecostés.

Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. (Jn 15, 26)

Necesitamos un Pentecostés, necesitamos que el Espíritu de testimonio de Jesús. Porque el demonio nos tiene bajo su engaño.

Señor, quiero ver. Estoy ciego, Señor, devuélveme la vista. Porque en esta ceguera sólo veo lo que el demonio me muestra: que nada tiene sentido, que no tengo el amor de Dios; no veo el amor de Dios. Señor, se que tú has actuado en mi vida, pero pronto lo he olvidado. Envíame tu Espíritu para que Él me recuerde siempre lo que has hecho, para que me permita tener presente el amor de Dios que ha estado por siempre. No pases de largo, detente en mi puerta. Te daré lo mejor, todo cuanto me has dado es tuyo: mis bienes te pertenecen, todo eso lo desprecio por tenerte a ti.

Con el Espíritu Santo, Jesús me ha regalado memoriales, sólidas manifestaciones del amor de Dios, sellos indelebles, que permanecen intactos en medio de la tormenta, testimonios del amor de Dios para romper el diálogo que el demonio me presenta. Así, la tarea de engaño del demonio es más difícil.

…y cuando él [el Paráclito] venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia  porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. (Jn 16, 8-11)

Cuando el engaño del demonio obra, se borra el amor de Dios, no lo vemos, nos invade la duda y no creemos en Cristo. La vida pierde su sentido y nos inunda la convicción de que no es justo vivir así, de que esta existencia es injusta; se nos borra Cristo, olvidamos su redención y ya no le vemos. Y caemos en la desgracia del juicio, porque quedamos juzgados con el que nos ha engañado: al hacer las obras del mundo y al conformarnos con la visión que nos presenta Satanás, nos unimos a su destino de condenación.

Necesitamos urgentemente un Pentecostés en nuestra vida, que el Espíritu Santo pase recordándonos los memoriales que el amor de Dios ha sembrado en nuestras vidas. Un Pentecostés que nos manifieste el amor de Dios, que contrarreste la catequesis del demonio.

Frente al “Dios no te ama” que te susurra Satanás, está la palabra que llevan los que anuncian la Buena Nueva: “DIOS TE AMA. Hay un sentido para tu vida, Cristo te ha redimido, ha dado su vida por ti, ha pagado con su sangre. No sigas anclado a tu pecado; levántate, toma los memoriales que Dios te ha regalado y combate contra el enemigo.”

Hay un combate. Es cierto que hay un combate. Y es contra un enemigo que es más fuerte que tú. Pero no estás sólo, tienes el aliado que tiene garantizada la victoria, acepta su alianza y vencerás con Él.

 

HÉCTOR E. ROLDÁN H.

04 de mayo de 2008

                                             [  Regresar al inicio  ]   [ Principio de Página  ]

006 - 12 de Abril de 2008

JESÚS... EL BUEN PASTOR
   

He pasado por mi existencia juzgando sobre lo humano y lo divino, sintiéndome con el derecho de opinar y controvertir sobre las acciones de cada hombre. Eso es lo que he hecho todo el tiempo. Así, he condenado al guerrillero y al paramilitar que han matado, al narcotraficante que ha destruido la juventud, al que ha fornicado y al que ha adulterado, al que me ha incumplido, al que no me ha entendido, al que no ha estado de acuerdo conmigo, al que no me ha permitido hacer lo que he querido, al que me ha cobrado y al que no me ha prestado, al que no me ha obedecido, al que me ha querido enseñar y al que no ha querido aprender lo que le he enseñado, a mis jefes que no valoran mi trabajo y a mis subalternos que desprecian mis órdenes, a mis hijos y a mi esposa (y a todos los que me rodean), que no son como yo quiero que sean...

Es una lista muy grande, con la cual he acumulado lo peor de mi vida: tristeza e insatisfacción. Esa es la razón por la cual no he podido ser feliz; he estado atado a tantas cosas que no me permiten ver al projimo como Creación de Dios, sino que, por el contrario, me lo señala como el impedimento para la realización de mi voluntad. En definitiva, durante todo el tiempo he antepuesto mi voluntad a la voluntad de Dios, mientras que repito, de boca, "hágase tu voluntad..."

Me he llenado de bienes, he acumulado riquezas. Además de lo material, he cargado sobre mí un ego impresionante, que no puede ser vulnerado, una serie de razones, de principios y de valoraciones inamovibles, títulos, logros, posición social, reconocimiento, jerarquía, gustos, apetencias e inclinaciones; es decir, he forjado mi riqueza sobre una base endeble, incapaz de trascender la muerte. He levantado tan alto el poder de mi criterio que el otro simplemente tiene que sucumbir, anonadarse, morir, desaparecer, diluirse en lo que yo soy. He levantado una torre tan alta que oculta el cielo a quienes están frente a mí. En este reino no hay espacio para el otro: es el reino de la soledad, del infierno desde ahora.

El Señor me invita a despojarme de mis bienes, a descargar todo este edificio que llevo sobre mis espaldas y que no me permite levantarme. Él me dice "Levántate, coge tu camilla y no peques más". Y me ayuda con acontecimientos. Porque permite que mi sabiduría se vea pisoteada, que mi nombre se vea mancillado, que mi reputación cojee, que mis hijos se equivoquen, que todo cuanto hago vaya contra lo que he planeado, que, finalmente, se haga su voluntad y no la mía. Todos mis juicios se han devuelto contra mí. Me quiere devolver la vista poniendo barro sobre mis ojos.

Todos estos acontecimientos me dicen claramente: "Jesucristo te devuelve la salud: levántate, y arregla tú mismo la cama"(Cf. Act 9, 31-42). Porque el peso de todas mis pertenencias me ha tenido postrado, quejándome de los demás, lamentándome por mi suerte. Mis juicios me han aplastado. Ahora debo levantarme y arreglar la cama, tenderla y adornarla para que no quede en ella muestra alguna de mi postración. Mi hacienda está erigida sobre mis juicios. Para poder remover mis juicios es necesario que me despoje, que renuncie a mi hacienda: “anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Porque no puedo seguir a Cristo mientras tenga ese peso encima, mientras esté postrado. Primero necesito arreglar mi cama.

El Señor se ha metido conmigo y me quiere sanar. Ha dado ya la orden para que me levante. Ahora todo depende de que yo crea que tiene el poder y de que acepte su orden. Ahora tengo una esperanza, veo la luz al final del túnel.

Jesús es el Buen Pastor. Él, conocedor de la naturaleza humana, bien conoce mi debilidad. Porque desde la Creación supo que acepté del demonio la oferta de querer hacerme dios y juzgar, decidí tomar del fruto del árbol del bien y del mal y me erigí como juez implacable. Esa, hermano, es nuestra mayor debilidad. Jesús nos ve tendidos, destruidos, abatridos por el enorme peso de esos juicios que brotan y se multiplican, que nos apartan del amor de Dios porque, entre otras cosas, también a Él lo juzgamos. Jesús, el Buen Pastor nos muestra la puerta por la cual el mismo entra y sale del redil. Es la puerta del amor extremo: la caridad que todo lo da y nada exige, que no juzga, que perdona, que tiende siempre la mano para ayudar al que lo necesita, que da limosna sin preguntarse a quien ni para qué, que da la vida a pesar del oprobio y del rechazo, despojado Él mismo del oprobio y del rechazo.  Él ha entrado y salido por esa puerta. Todo el que no utilice esta puerta no viene de parte de Dios, sinó del diablo. 

Jesús, el Buen Pastor, nos ha sanado con su vida. Está en nuestras manos aceptar esta sanación.

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005 - 30 de Marzo de 2008

Y DESPUÉS DE LA PASCUA... ¿QUÉ?
 

El saludo de la Iglesia después de la resurrección del Señor es un corto diálogo:

 -   Cristo, El Señor, ha resucitado.

-    Verdaderamente ha resucitado. Aleluya.

 Hermano, espero que hayas resucitado con Cristo. Él ha dado La Vida por ti y por mí. Y no solamente su vida, lo cual ya es muchísimo, sino La Vida, toda La Vida. Porque Él, con su muerte y resurrección ha creado un nuevo lazo que reemplazó aquel roto por el pecado, lo que nos había conducido a la existencia en esta concupiscencia temporal y a la muerte, destino escatológico del pecador.

Si los dolores que padeces en tu cuerpo y en tu alma son el reflejo de tu meditación en la Pasión de Cristo, muy seguramente es Él mismo quien ha pasado por tu vida rescatándote de la frivolidad, del egoísmo, de la muerte.

Es muy frecuente que, mientras meditamos en la Pasión, o mientras vemos una de tantas películas que nos remontan a aquellos momentos en que se condena al Señor, sintamos algún tipo de aversión, de rechazo por la turba que gritaba “crucifícale, crucifícale”: unos hombres engañados, entre ellos los más santos de la época: los fariseos y el Sanedrín en pleno. ¿Cómo pudieron aquellos hombres santos buscar, presionar, azuzar y exigir la crucifixión de nuestro Señor?

Entonces, nos sentimos como apartados, como alejados de aquella circunstancia. Nos parece que, de haber estado en ese lugar, nosotros no hubiésemos comulgado con esos hombres y, con toda seguridad, hubiésemos gritado “libérale, libérale”. Pero los hechos de la vida nos muestran otra cosa.

Al borde de algún conflicto, ¿cuántas veces hemos gritado “bombardéale, destrúyele, mátale”?. Nos hemos sentido como los “buenos” de aquella época, poseedores de la razón, y hemos condenado al otro. Y en esa condena hemos sentenciado a Cristo.

Eso es lo que me ha dejado la meditación de esta Semana Santa. Yo, que he sentido alegría por la muerte de otro, del que me estorbaba, del que era mi contradictor, del que hacía las cosas usando los métodos que yo no acepto, he sentido alegría, entonces, por la muerte de Cristo, porque en ese prójimo he matado a Cristo. Baste con recordar a Mt 5, 21-22: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.”

Yo, que he llamado a mi hermano “renegado”, “irracional”, “insensato”, ya se de qué soy culpable ante el Señor. Porque el Señor mismo, desde la cruz, no condenó. En su lugar, perdonó y oró por quienes le condenaron: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34). No condenó Él mismo a quienes le quisieron destruir, ¿quién soy yo para destruir al otro? Mi único derecho es el derecho a morir sin defenderme, como Cristo, si es que creo en Cristo. Por supuesto, no es fácil. Nadie quiere ser mártir. Sin embargo, todos nos sentimos buenos.

Mt 5, 20: Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.”

Cristo nos quita este velo, este barro que no nos deja ver: Él es el agua viva que da la vida, que permite nuestro lavado. En su fuente lavamos el barro que nubla nuestros ojos, que no nos deja ver.  Él nos muestra que no hay uno bueno, que todos merecemos la muerte, pero que nos dio su vida, la vida del santo, para restaurar nuestro derecho a la santidad, para regalarnos la vida eterna.

Ahora, en esta etapa entre la pascua y el Pentecostés, la Iglesia celebra, junto con la resurrección del Señor, el inicio de la comunión de los cristianos, el nacimiento y la maduración de las primeras comunidades cristianas que todo lo compartían, que todo lo tenían en común porque vivían el amor con que Dios quiere que nos amemos: la caridad. Un amor tal que todos se hacen siervos, ofrendas de sal y luz para los demás. El regalo de la Pascua es la comunión. Así, habiéndonos descubierto pecadores, reos de muerte, la comunidad viene a nuestro rescate, como apoyo para aliviar nuestra debilidad. La comunidad de los que conforman el cuerpo de Cristo, por la que nos podremos santificar. La comunidad fundada por Cristo, su Iglesia, instrumento de salvación que nos acoge y dispensa los sacramentos para nuestra salud espiritual, para curar nuestra hambre de amor, nuestra sed de justicia, con una justicia nueva, con una paz nueva, no como la del mundo (Cf. Jn 14, 27).

Estamos, entonces, ante una nueva experiencia, ante una nueva forma de ver el mundo, una manera radical, que exige compromiso, que comporta nuestra conversión momento a momento, que requiere tener  siempre presentes las victorias de Jesucristo en nuestras vidas para no perder el rumbo, para no dejarnos seducir por el maligno, para no desanimarnos por nuestras caídas.

Ánimo, pues, que Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Tiene poder sobre la vida y la muerte. Él es quien tiene el poder de rescatarnos.

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004 - 20 de Marzo de 2008

¿QUÉ ES LA PASCUA?
 

Todos los años, el pueblo católico celebra la Pascua. Es esta una celebración que heredamos del pueblo Israelita. Pero, ¿qué es? ¿Qué significado tiene?.

Quizás hemos escuchado muchas veces que “Pascua” significa “paso”, pero esto por sí solo nada o poco nos dice. La pregunta recóndita que surge, aunque nos de un cierto temor plantearla, es ¿cómo ha pasado Dios por nuestras vidas para que celebremos una Pascua? ¿Por qué celebramos una Pascua en términos religiosos, acudiendo a Dios, pretendiendo acercarnos a Él?

Lo primero que hay que decir es que al comienzo de la Creación, cuando el hombre estaba en su estado de gracia ante Dios, hubo uno que pasó destruyendo: el demonio se metió con el hombre y con su paso por la vida de Adán destruyó la unión con Dios que le daba al hombre la vida. Esta pascua del demonio nos trajo la muerte, porque elegimos escucharle y romper nuestra alianza, nuestro pacto de criaturas fieles con Dios. Creímos que Dios nos limitaba, que no nos dejaba ser como Él. Desde entonces hemos querido ser los dueños de nuestro destino y obrar como dioses. Y como no logramos ser dioses, entonces nos viene el sufrimiento. Continuamente nos chocamos con nuestra incapacidad por cambiar el mundo, con nuestra impotencia para lograr que las cosas salgan como queremos, con la irracionalidad de juzgar que las cosas son como pensamos que son. Porque hemos usado nuestra razón para juzgar al mismo Dios y a nuestros hermanos.

Estando en muerte ninguna esperanza había para el hombre. Por nuestras propias fuerzas no podemos reconstruir la relación con Dios rota por nuestra voluntad. Es como un astronauta que ha decidido separarse de su nave: no tiene como regresar a ella. Está perdido, a menos que desde la misma nave se inicie su rescate. Y, por fortuna, esto es lo que ha pasado: Dios ha decidido iniciar la búsqueda. Él ha tomado la iniciativa para rescatarnos de la muerte en el infinito de la nada, de la muerte de nuestro ser. Y para mostrarnos su voluntad nos ha regalado signos que nos han hecho presente esta alianza. Así hizo su pacto con Noé, con Abraham y con Moisés. Mediante sacrificios que sellasen esta alianza, Dios nos ha hablado de su voluntad de cambiar nuestro estado, de pasarnos de la muerte a la vida. Con Noé hizo un pacto de vida para no destruir a la creación por el pecado, con Abraham hizo un pacto de vida al prometerle una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo o como la arena del desierto, con Moisés, y con el pueblo israelita todo, hizo un pacto de vida al rescatarlos de la esclavitud de los egipcios, abriendo el Mar Rojo y cerrándolo detrás de ellos, alimentándolos con maná, codornices y agua abundante en el desierto. Y con la humanidad entera ha sellado su pacto de vida al enviarnos a su Hijo, a quien crucificamos y matamos. Pues ha sido Él, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, quien con su muerte nos ha restaurado la Vida. Porque si todos los pactos del Antiguo Testamento se sellaban con la muerte de un cordero, este se selló con la muerte del Cordero de Dios. Con su resurrección se selló el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el pecado, de la misericordia de Dios sobre la soberbia de sus criaturas.

Bien, pero esto no tiene ningún significado si no experimentamos la pascua en nosotros mismos. No se trata de una salvación lejana, que no podemos sentir, que no pueda ver cada uno de nosotros en su propia vida. Se trata de la salvación que Dios ha hecho contigo y conmigo, de lo que ha hecho en ti y en mí. Porque si no lo veo, ¿qué pascua puedo celebrar?

Es claro, si no he experimentado el poder de Dios en mi vida, si no he experimentado su rescate, no tengo nada que celebrar en estos días. Pero una cosa es cierta: si no lo he experimentado no es porque Dios no haya pasado por mi vida. Si no lo he experimentado es porque mi soberbia no me deja ver la obra de Dios en mi historia. Si no lo he experimentado es porque estoy ciego, y ciego de nacimiento. Por eso rechazamos el sufrimiento, por eso nos escandalizamos del dolor, por eso creemos que es justa la eutanasia cuando alguien sufre sin esperanza, por eso creemos que es justo el matar a un indefenso cuando el embarazo no es esperado. Pues, hermano, Jesús desde su cruz no pidió la eutanasia. Jesús, el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre, aceptó la Voluntad del Padre y la llevó hasta el extremo. Y María, cuando le concibió sin ni siquiera haber tenido una relación con hombre alguno, no se desesperó y buscó el aborto. No, ella simplemente dijo al Padre, “hágase tu voluntad”, en un amén que nosotros repetimos despojándolo casi siempre de todo el sentido de trascendencia que lleva. Así, en el sufrimiento de María, en el sufrimiento de Jesús, Dios hizo grandes cosas, proezas inmensas: por el sufrimiento de María nos fue entregado el Redentor, por la muerte de Jesús nos fue entregada la Redención. ¿Puedes creer ahora que tu sufrimiento no tiene ningún valor? ¿Puedes creer ahora que cuando has estado enfermo, que cuando has estado en una cárcel, que cuando te han violado, que cuando has estado sin trabajo, Dios no ha estado haciendo una obra maravillosa contigo? Pues, verdaderamente allí el Señor ha pasado por tu vida, allí el señor ha querido doblegar tu soberbia para que le mires, para que aceptes su redención, para que te vuelvas a Él y sientas su amor, para que te despojes de tu razón que todo lo juzga y te lances a la experiencia de amar hasta el extremo. Despojándonos del juicio que nos trae la razón entramos en el descanso, realizamos la voluntad de Dios que es el amor:

“Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas”  (Rom 2, 1).

 
Así, estimado visitante de esta página, que esta Pascua signifique para ti descubrir el paso de Dios por tu vida, ver como Dios ha hecho maravillas en ti y las sigue haciendo, aún si estás en tu lecho de enfermo, o sin trabajo o en medio del sufrimiento. Allí el Señor te está rescatando de la muerte y te está amando profundamente.

 

Feliz Pascua de Resurrección.




HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS
20 de marzo de 2008


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003 - 12 de Marzo de 2008

¿HAY SIETE NUEVOS PECADOS CAPITALES?
 
Esta semana la prensa, en todas sus formas, ha lanzado una nueva afirmación que se ha difundido como una explosión:

- Los nuevos pecados capitales (Periodistadigital)
- Quien no recicle basura irá al infierno: (El Mundo)
- Vaticano hace lista de nuevos pecados capitales: (laprensahn)
- Siete pecados capitales para nuevos pecadores: (lomas)

Estos titulares se han repetido por todos los medios de comunicación, con largas encuestas y opiniones de los oyentes, muchas veces “ahondando” en discusiones teológicas de quienes nunca han cogido una Biblia.

En definitiva se ha querido presentar, desde la privilegiada tarima del periodismo, utilizando el desconocimiento, la desinformación y citando fuera de su verdadero contexto algunas declaraciones, a una Iglesia preocupada por crear elementos de condenación. Esto, por supuesto, va contra la verdadera función de la Iglesia, la cual es “instrumento de salvación”. Algunos han llegado a afirmar que “Ahora el Papa Benedicto XVI se moderniza y apuesta por pecados más sociales, muy de moda con la globalización que hoy vivimos.” (lomas)

LAS FUENTES DE LA INFORMACIÓN

El diario oficial del Vaticano, "L'Osservatore Romano", publicó una entrevista a Monseñor Girotti, Obispo franciscano, regente de la Penitenciaría Apostólica del Papa,  al concluir un seminario de una semana que se llevó a cabo en el Vaticano.

En dicha entrevista, el alto prelado de la Iglesia Católica no hace una presentación de nuevos pecados capitales, sino que enumera "nuevas formas de pecados sociales", entre las cuales cita:

- Pecados en el área de la bioética,  "en la cual no podemos dejar de denunciar violaciones de los fundamentales derechos de la naturaleza humana, a través de experimentos y manipulaciones genéticas"
 
- "Otra área propiamente social es la de la droga, a través de la cual se debilita la psiquis y se oscurece la inteligencia, al dejar a muchos jóvenes fuera del circuito eclesial".

- Pecados en las áreas social y éconómica, que conducen a grandes desigualdades: "los pobres son cada vez más pobres y los ricos siempre más ricos, alimentando una insostenible injusticia social"

- Pecados en el "área de la ecología, que hoy tiene una relevancia muy interesante".

Monseñor Girotti destacó que para determinar qué es pecado siempre hay un mismo punto de referencia: "la violación de la alianza con Dios y con los hermanos". Agregó, además, que "Si ayer el pecado tenía una dimensión más bien individualista, hoy éste tiene un valor, además de individual, sobre todo social, debido al gran fenómeno de la globalización".

Por tanto, no se trató de hacer una presentación de “Nuevos pecados capitales”, sino de enumerar “faltas modernas, consecuencia del proceso de globalización que vivimos hoy, pero que en rigor de verdad ya están contempladas no sólo en el Catecismo de la Iglesia Católica (de 1992), sino también en el último Compendio de Doctrina Social de la Iglesia Católica (2004) y en varias encíclicas de Juan Pablo II”, como bien lo concluye el diario La Nación, de Argentina.


¿CUÁL ES, ENTONCES, LA VERDAD DE DICHA INFORMACIÓN?

Hemos conocido la enumeración de los supuestos nuevos pecados capitales:
- No realizarás manipulaciones genéticas.
- No llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones.
- No contaminarás el medio ambiente.
- No provocarás injusticia social.
- No causarás pobreza.
- No te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común.
- Y no consumirás drogas.

La verdad es que dicha lista fue presentada con el carácter de “actitudes pecaminosas”, que la percepción popular tiene como situaciones que afectan los derechos individuales y sociales. Y más, como referencia a pecados mortales, que la prensa profana ha confundido con “pecados capitales”.

Los pecados capitales son los mismos de siempre: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, y los pecados mortales (los relacionados en dicha lista y los demás) están enraizados en aquellos.

Así, la manipulación genética y la realización de experimentos con seres humanos (incluidos embriones) cae en el campo de la soberbia, por cuanto nos hacemos dioses abrogándonos el derecho de manipular la vida. La contaminación del medio ambiente, la injusticia social, el causar pobreza y el enriquecimiento hasta límites obscenos están todos ellos enraizados en la avaricia, por cuanto obedecen al afán de usar los bienes que Dios ha dispuesto para el bien común, con la exclusiva función de poseerlos en beneficio propio. Es claro que todo pecado, aunque se puede identificar dentro de uno de los pecados capitales, tiene raices en  los demás, porque, finalmente se trata, como ya se dijo, de un atentado contra la alianza con Dios y con los hombres. Por eso, la manipulación genética también se puede interpretar dentro del pecado de la avaricia, por cuanto obedece en muchos casos al interés de enriquecerse con el usufructo de estos nuevos conocimientos, más allá del debido respeto al ser humano, a su dignidad y a su integridad. Igual en los demás casos. Asi también sucede con el consumo de drogas, para el cual, a simple vista, es más difícil encontrar un pecado capital directo que sea su raíz. Obviamente, atenta contra el derecho exclusivo que tiene Dios sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. Al consumir drogas atentamos contra nuestra propia integridad, arrebatamos a Dios el derecho que tiene sobre nosotros, y nos erigimos como nuestro propio dios. Por tanto, cae en el campo de la soberbia. También tiene que ver con la lujuria y la gula, por cuanto quien consume drogas busca exclusivamente el placer, sin considerar las consecuencias para su integridad y la voluntad de Dios.

CONCLUSIÓN

Es evidente que no hay nuevos pecados capitales y que, mucho menos, la Iglesia dicta pecados por decreto o por bula. La Iglesia tiene una doble misión: anunciar y denunciar. Anunciar a Cristo, anunciar la salvación, anunciar el amor de Dios. Pero también está obligada a denunciar todo aquello que atenta contra el cumplimiento de la Alianza. Enriquecerse no es un nuevo pecado. Baste para ello recordar las palabras de Jesús al Joven rico:

«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos»  Mt 19, 21-24.

Y es también entendible que quienes se han enriquecido sientan miedo y quieran rechazar a la Iglesia cada vez que se denuncia esta actitud. Nuestra condición concupiscente y el engaño al que estamos sometidos por el demonio nos llevan a despreciar y refutar a quienes nos muestran nuestra condición de pecadores.


HÉCTOR EMILIO ROLDÁN HOYOS
12 de marzo de 2008


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002 - 24 de febrero de 2008

La Iglesia es instrumento de Salvación

El evangelio correspondiente al tercer domingo de cuaresma (Jn 4, 5-42) nos trae entre muchas enseñanzas una frase cargada con un profundo significado. Le dice Jesús a la Samaritana: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos”. Tantas veces Jesús predicó con palabras duras contra los escribas y fariseos, líderes de los judíos, y sin embargo ahora reconoce que ha sido voluntad del Padre que la salvación provenga de ellos.

Estas palabras son esenciales hoy, cuando tantos alejados de la voluntad de Dios lanzan diatribas contra la Iglesia. “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Para extender su Iglesia Jesús se escogió once discípulos a quienes mostró que Él era el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Y de estos hombres, uno le traicionó entregándole, otro hirió a un soldado (traicionando su evangelio de amor) y le negó más tarde, aquel mismo día, y otro más no creyó inicialmente en su resurrección, sin contar con que todos salieron despavoridos cuando fue hecho cautivo. Así, a vuelo de pájaro, el treinta por ciento de sus elegidos le falló. No por eso Jesús destruyó su Iglesia, antes bien, sobre hombres débiles, incluyendo aquellos que se arrepintieron de su traición, envío luego el Espíritu Santo. ¿Quién tiene el derecho de llamarla “ramera”, “nueva Babilonia”, o de negar que, a pesar de estar fundada sobre hombres débiles, es precisamente la Iglesia de Cristo? 

Es cierto, desde el principio y hasta el fin estará compuesta por fieles que pecamos, que dudamos del amor de Dios, que tenemos endurecido nuestro corazón porque nos creemos dioses, porque estamos acostumbrados a hacer nuestra voluntad y no la del Padre. Pero es precisamente sobre estos hombres sobre los que actúa Dios para seguir revelando su amor. Como sobre Pedro, quien al final murió también en una cruz, del mismo modo en que murieron casi todos los apóstoles, o como sobre Pablo, que después de haber sido perseguidor del Señor, se convirtió en adalid de esta Iglesia, débil en los hombres pero fuerte en Cristo, para morir decapitado por la causa de Cristo.

En efecto, también quienes persiguen a la Iglesia, como lo hizo Pablo, están llamados a la conversión y a la unidad. La Iglesia no fue fundada por Jesús contra los judíos, sino con los judíos. Y así como de ellos viene la salvación, ésta pasa directamente por la Iglesia destinada por Cristo para ser precisamente “instrumento de salvación”. Dentro de la Iglesia podemos decir “nosotros adoramos lo que conocemos”, porque ella es Madre y Maestra, en ella está la verdad y ella transmite la verdad de Cristo, ella es el cauce por el cual corren los ríos de agua viva hacia cada uno de los bautizados, todos miembros de un mismo cuerpo, el cuerpo místico de Cristo.

Si los sacerdotes pecan, no es menos cierto que cada uno de nosotros peca. Y, siendo así las cosas, ¿quién puede tirar la primera piedra? Igual que a la mujer adúltera, Jesús no nos condena: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» (Cf. Jn 8, 11). Cristo no nos condena, son los pecados los que nos condenan. Todo lo contrario,  Cristo nos salva por el misterio de la conversión.

Así que, ánimo, tengamos confianza plena en que nuestra Iglesia, la Iglesia de Cristo, nos hace presente el Reino de Dios y nos comunica la Salvación. Y quienes persiguen a la Iglesia, ánimo también, ella los espera con los brazos abiertos: que la conversión de Pablo los anime, porque él, de perseguidor, pasó a ser testigo del amor de Dios, abanderado de la causa de Cristo, en comunión con Pedro y con los demás apóstoles. A pesar de las discrepancias, no fundó una iglesia aparte. Por el contrario, lucho por su unidad (Vosotros no pertenecéis ni a Apolo ni a Cefas ni a Pablo: "Vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios" [1 Co 3, 23]).

Héctor E. Roldán
24 de febrero de 2008
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001 - 13 de febrero de 2008

Controversia por palabras de Su Santidad Benedicto XVI sobre el infierno

La reiteración de que el infierno existe por parte del Papa Benedicto XVI es aprovechada por la prensa al servicio de la masonería para sembrar el desconcierto.

¿Qué ha dicho Juan Pablo II?

“El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios, manantial de vida y alegría. Así resume los datos de la fe sobre este tema el Catecismo de la Iglesia católica: «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» (n. 1033)” (Juan Pablo II, Audiencia del 28 de julio de 1999, [enlace con el documento completo aquí]).

Esta fueron las palabras de S.S. Juan Pablo II cuando dedicó sus catequesis a hablar sobre el cielo, el infierno y el purgatorio. ¡Qué diferente es esto a la mentira que difunde la masonería y, al unísono con ella, los medios de comunicación, interesados en desprestigiar y derrumbar nuestra Iglesia! Nunca negó el Papa que el infierno fuera un lugar. Quiso explicar que tal “lugar” no se puede entender como comprendemos los lugares en la tierra: espacios definidos por un volumen y un tiempo. Porque, entre otras cosas, ¿qué volumen ocupa un espíritu?

Quiso decir el Papa, también, que el infierno es un estado al que se llega por elección voluntaria, es la consecuencia de morir en pecado, separados de Dios, autoexcluidos de su comunión. No hay ninguna contradicción con las palabras de Benedicto XVI.

De otro lado, la expresión “el infierno es un estado” puede tener una connotación no inmediata si nos referimos al Estado que define una nacionalidad: es la nación de todos los que han muerto en pecado, en ruptura absoluta con Dios, separados de su amor y, por ello, confinados al  lugar común de los que no ven a Dios y sufren las consecuencias de su ausencia.
 
¿Qué ha dicho Benedicto XVI?
 
"el infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno para los que cierran su corazón al amor de Dios" (Cf. Benedicto XVI, Fiesta de la Presentación del Señor - Jornada de la Vida Consagrada - Discurso al final de la misa) , Sábado 2 de febrero de 2008, [enlace con el documento completo aquí]).


 
Estas palabras tampoco lo identifican como un lugar. Es evidente que no hay ninguna contradicción, sino la simple afirmación de la doctrina de la Iglesia.
 
Es importante que descubramos cómo los medios nos someten a engaño, cómo transmiten mensajes sin investigación y profundidad, exhibiendo, cuando menos, un total desconocimiento de lo que expresan, aprovechando el sensacionalismo y buscando destruir la unidad de una Iglesia que ha perdurado y que tiene garantizada su permanencia en el tiempo. Fue Jesús mismo quien anunció: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Para atacar la “infalibilidad” del Papa la masonería pretende presentar los actos del Papa como contradictorios con los de sus antecesores. Otro recurso que utiliza es pretender que la Iglesia tiene que adaptarse a las necesidades de los hombres, a su moda cambiante. Por supuesto, la Iglesia es vigía de la Palabra de Dios, que no cambia, que ya está dicha.  Así que no nos dejemos engañar, vamos a las fuentes y andemos con los oídos bien abiertos.

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