Me
sorprende evidenciar la ignorancia que me invadía cuando, en otro
tiempo, me atreví a criticar a la Iglesia y a su jerarquía. Desconocía
con cuanto amor me amaban y con cuanta sabiduría estaban dispuestos a
guiarme. Me duele haber desconocido cómo esa Jerarquía está compuesta
por hombres inteligentes, abnegados, estudiosos, preparados e
iluminados, y cómo yo, que apenas leía los Evangelios por pedazos y eso
esperando encontrar apoyo a mis ideas mediante citas fuera de contexto,
trataba de justificar mis pecados llamándola "obsoleta", "desenfocada",
"desactualizada", "conservadora". Pero es tanta la sabiduría y la
misericordia del Señor que esos mismos retazos, acumulados en el
tiempo, fueron tomando su unidad, aclarándose y complementándose entre
sí, confirmando que la Iglesia contenía toda la Verdad intacta y,
además, iluminada por la tradición. Una Iglesia ciertamente compuesta
por hombres pecadores como yo, pero asistida y santificada por el
Espíritu de Dios.
Un día, por la gracia de Dios, se cayó el
barro que me había enceguecido y pude ver cómo muchos hombres habían
dedicado su vida a evangelizar sin otro interés que responder al
llamado de Dios.
La Iglesia, Madre y Maestra, anunciada por
Cristo en Cesaréa de Filipo con Pedro como cabeza y fundada desde la
cruz, con su autoridad garantizada por la sucesión apostólica, con una
sabiduría inmutable iluminada por el Espíritu Santo. La Iglesia, no
aparecida en ningún siglo posterior ni dependiente de la reforma de
hombre alguno diferente a su fundador, Jesucristo. Porque la Iglesia de
Cristo no le debe nada a ningún hombre ni depende de la inspiración o
de la meditación o de los sueños de criatura alguna. No, intacta e
inmutable desde Cristo, sobreviviente a los errores humanos y a los
ataques del demonio, según la promesa de Jesús, es una, universal y apostólica.
La
Iglesia de Cristo no se acomoda a los deseos ni a las pretensiones de
quienes dominan los medios masivos de comunicación, ni se somete a la
dictadura de la democracia que pretende confundir la historia del
hombre con valores que mutan según el deseo de las mayorías que huyen
despavoridas de la realidad por el miedo al sufrimiento, sin darse
cuenta de que, en su alocada carrera, se arrojan sobre un sufrimiento
mas grande: el sinsentido de la vida, la muerte óntica.
Si rechazas a la Iglesia como sacramento de salvación es simplemente porque no ves cómo ella ha sido fiel al mandato del Señor: "Id y anunciad el Evangelio a todas las gentes".
No podemos pretender que la Iglesia se convenga con nuestros pecados:
no puede ella negar ni cambiar la Verdad, contenida toda ella en las
Escrituras. Por eso no tiene ningún sentido la existencia de
autodenominaciones que la niegan como "católicas abortistas" o
"católicos pro eutanasia" o católicos que apoyen matrimonios o
relaciones homosexuales. Simplemente se es o no se es. Se convertiría
la Iglesia en "sacramento de condenación" (caso hipotético imposible
por la garantía del Espíritu Santo), si no denunciara el pecado
¡No
os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los
borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de
Dios. (1 Co 6, 9-10).
Le
resulta muy fácil al alejado de la oración, del ayuno y de la limosna,
a quien no se alimenta con regularidad de las Escrituras, a quien ni
siquiera las tiene por libros iluminados, revelación de Dios, hablar
cualquier cosa, sostener hipótesis pseudo-humanitarias, pretender
supuestos derechos que olvidan el derecho fundamental de Dios sobre
nuestras vidas. Hace poco escuchaba una propaganda a uno de estos
derechos: el derecho a la felicidad. ¡Qué falacia! ¿tienes derecho a
ser feliz? Mientras tengas la carne que tienes, carne que se descompone
segundo a segundo, instante a instante, carne que muere
permanentemente, ¡Cómo puede ser un derecho la felicidad!. Mientras
tienes tu confianza
en el dinero que nunca te colma, o en quienes amas, que nunca serán
como tú quieres que sean; mientras esperas en el futuro que nunca llega
como has soñado, que no puedes manejar a tu antojo; mientras te
construyes planes que no se hacen realidad; mientras a pesar de que tu
logras surgir otros se derrumban a tu alrededor, no podrás ser feliz,
por mas que nos definan la felicidad como un derecho. Eso es una
mentira, un sofisma más de esta sociedad que nos quiere borrar el
sufrimiento. Borrarlo, pero de mentiras, porque el sufrimiento sigue.
La felicidad no es un derecho, es un Don un regalo de Dios que llega
con la santidad. Y
esto es lo que la Iglesia está dispuesta a denunciarte siempre: es
mentira que puedes acomodar la Verdad a tus deseos para ser feliz.
Porque el homosexual sufre por su realidad antinatura, pero cubre su
sufrimiento con una capa de diversión , de "orgullo" falso; el que
asesina cubre su falta con la dureza, pero en la soledad sufre cuando
evidencia que se ha erigido en verdugo; el que va contra los
mandamientos, el que, en definitiva, falta al amor cubre su desamor con
desdeño, con indiferencia, negando la existencia de la misma falta,
pero sufre porque lleva en su interior la culpa que le impide
sentirse amado. Sufrimos porque el pecado hace parte de nuestra
cotidianidad. La Iglesia te pone de frente con esta realidad: es verdad
que sufres por el pecado, pero Dios te ama a pesar de ese pecado.
Porque aunque Dios condena el pecado, ama profundamente al pecador, y
tratará por todos los medios de atraerlo para liberarle de esa
esclavitud. Es por eso que la Iglesia no se puede acomodar al pecado:
perdería su sentido. Ella está hecha, entre otras cosas para
denunciarlo, para mostrar el engaño del demonio, prolongado en los
hombres desde aquella falta original en la que el hombre, por su
soberbia, rechazó a Dios como el centro de la vida, y se constituyó en
centro de su propia vida. Por
eso la Iglesia, con su Jerarquía estará en pie, cumpliendo su deber de
mantener intacta la Palabra de Dios depositada en ella para la
Salvación de los hombres.
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