|
“Soy un buen católico: voy a misa todos los
domingos y en las fiestas de guarda, estoy en un grupo de oración, doy limosna,
me confieso y comulgo, no robo, ni tampoco he matado a nadie...”
Si a esto se reduce ser un buen católico, Cristo ha perdido su venida. Porque
no fue por estos por quienes ofrendó su vida en la cruz. Él se dirigió a los
pecadores, rechazando a los fariseos, los buenos de la época, los que iban a
las sinagogas y oraban exponiendo sus virtudes. Zaqueo y Mateo habían
robado, Pedro utilizó su espada hiriendo a un soldado y Pablo participó en el
asesinato de cristianos. En el Antiguo Testamento vemos como Dios se valió de
idólatras como Abraham, de asesinos como Moisés y David, de engañadores como
Jacob.
Para poder saber si se es un buen católico y, en definitiva, un buen cristiano,
hay que responder afirmativamente algunas preguntas mas profundas:
¿Amo a mis enemigos?
¿Pongo la otra mejilla cuando me atacan, o me defiendo o contraataco porque me
siento vulnerado?
Cristo, Dios Hijo, en la cruz no se sintió vulnerado ni exigió sus derechos
Divinos. Desde su pasión sólo escuchamos “Padre... hágase tu voluntad” (Lc 22,
42).
Cuando doy limosna, ¿doy de lo que me hace falta?
La Viuda del
relato bíblico (Cf. Mc 12, 41-44) dio poco, pero dio todo cuanto tenía. El
joven rico partió triste cuando comprendió que para seguir a Cristo necesitaba
vender todos sus bienes y dar el dinero a los pobres (Cf. Mc 10, 17-22).
No me hago buen cristiano dando las sobras de mi vida. Estamos llamados por
Cristo para dar hasta nuestra propia vida. Así que vender todos los bienes es
poco si no estamos dispuestos a ofrendar nuestras vidas (Cf. Mt 11, 37-39).
¿Me he convertido a Cristo? ¿He dejado que Dios penetre en mi vida, he abierto
mi corazón para que en él nazca continuamente Jesús? La conversión es un
proceso continuo. Me convierto continuamente, día a día, momento a momento.
Porque hay uno que continuamente quiere engañarme, que me grita al oído que
Dios no existe, o que Dios no me ama, que no es posible que Dios haya creado un
mundo con pobres, con injusticias. Que es imposible que Dios me ame si se
enferman o mueren mis seres queridos, si mis hijos han caído en la drogadicción
o si no puedo realizar mis proyectos. Hay uno, el demonio, que te incita a
defenderte, a realizarte al margen del plan de Dios. Es por eso que el
verdadero cristiano está en permanente conversión.
¿He sentido la acción de Dios en mi vida? ¿He sentido el paso de Jesús en mi
historia? En otras palabras, ¿tengo un memorial válido que me permita ser
testigo de Cristo? Vemos cómo de todos lados nos llegan personas con las
Escrituras en las manos hablándonos de citas y citas, como una lección
aprendida, una ley sin vida. Porque allí falta lo esencial: la Palabra de Dios es una
espada de dos filos que penetra a lo más profundo del ser para sanar: corta y
sana. Y si sana es porque deja un efecto visible en nuestra vida, algo que no
sólo yo siento, sino que puedo mostrar y que los demás pueden ver. Si estoy en
conversión, es porque Dios ha actuado en mi vida, y si Dios ha actuado, tengo
un testimonio para mostrar al mundo. Porque Dios llama a cada uno a ser su
testigo, a mostrar cómo su amor nos transforma, cómo la historia que tiene para
nuestra vida, para mi vida en concreto, ha estado bien; para manifestar cómo, a
través del sufrimiento o de la felicidad, Dios se ha hecho el encontradizo
conmigo, permitiéndome que le encuentre.
En esta página no verás buenos católicos. Jesús le dijo [al joven rico]:
«¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc. 10, 18). Pero
encontrarás testimonios de conversión. Encontrarás seres humanos pecadores que
pueden manifestar cómo Dios ha transformado sus vidas, rescatándolos de la
muerte del ser, de la muerte por el pecado, y haciéndoles presente desde ya la
vida eterna; hombres que necesitan, más que nunca, seguir en conversión.
Hombres débiles a quienes Dios hace fuertes.
|